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Son las siete de la mañana. Entre la penumbra de mi tienda, mis ojos solo atisban a ver a pequeño halo de luz que... World around the Rogue

Son las siete de la mañana. Entre la penumbra de mi tienda, mis ojos solo atisban a ver a pequeño halo de luz que viene del exterior. A tientas y somnoliento consigo salir. Mis ojos se empiezan a acostumbrar a la luz, pero no a lo que están viendo. A lo lejos se oye un murmullo, no son los ruidos de la multitud caminando, el escándalo de las sirenas o el tráfico matutino. Es el viento que arrastra el polvo del camino. De pie me doy cuenta de que no estoy en Madrid, ni siquiera en Buenos Aires, El paisaje que ante mí se presenta es muy diferente. Estoy en pleno desierto de Mongolia.

Hace unos años, jamás imaginé que pudiera haber llegado hasta aquí, haber atravesado treinta y cinco países o realizado sesenta mil kilómetros a través de Europa y Asia. Todo esto no hubiera sido posible sin mi incansable compañera de aventuras. Ella no es otra que mi Kawasaki Vulcan 2000, la moto bicilíndrica más grande jamás fabricada.

En un mundo en el que lo más normal es encontrarse con viajeros conduciendo grandes “trail”, mi compañera y yo desafiamos los límites de la “cruiser” por caminos apenas transitables para estos pesados vehículos de dos ruedas. Desde el asfalto europeo, pasando por los olvidados caminos de Tayikistán, hasta llegar al desierto de Mongolia. En cada escenario supone un reto que realizo con fe ciega en mi montura y con el sentimiento y la emoción de superar cada etapa del camino día tras día.

Hemos recorrido dos partes importantes de este viaje. La primera parte por terreno conocido, lugares a los que, gracias a mi club, el Vulcan Owners Club Spain, he compartido buenos momentos y conocido a nuevos amigos, volviendo a recorrer durante tres meses Europa Central y los Balcanes. La segunda parte comenzaba en Finlandia, el último país que pisaría antes de adentrarme en terreno desconocido: Rusia.

Estaba listo para comenzar esta parte de la aventura, pero no todo vino rodado. En este tipo de aventuras es bueno contar con algún soporte externo. Y no me refiero sólo al dinero, sino también familiares, amigos, e incluso tu pareja. Gracias a ellos superamos el primer obstáculo: un visado para entrar en Rusia extraviado. Porque el destino lo quiso así, el visado llegó un par de días antes de salir de Polonia camino de Estonia. Llegó con el tiempo suficiente para que pudiese entrar en Rusia manteniéndome así en movimiento.

Por el camino encontré a diferentes viajeros, y con algunos pude compartir parte de la ruta. La primera fue Evgeniya, una chica rusa que viajaba hacia Tayikistán que encontré al llegar a Kostanai, Kazajistán. No entraba en mis planes irme mucho más al sur que Karagandá, pero acabé viajando con Evgeniya y lo que iba a ser una semana por el norte de Kazajistán se convirtió en casi un mes de aventuras por Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán. Sin duda, una de las experiencias que no olvidaré en este viaje.

Encontré a Max, un alemán proveniente de Colonia, parado en el arcén justo después de cruzar el puerto de Seminskiy en Altái. Con él pude tomarme un descanso y percibir el viaje de una manera diferente. Rodamos un total de dos semanas juntos en las que debimos superar un sinfín de problemas que no impidieron que llegásemos a nuestro objetivo: Ulaanbator.

Mongolia realmente supuso un reto. Yo pensaba que después de adentrarme en Tajikistán no iba a encontrarme con el entorno más extremo al que la moto se ha visto sometida hasta ahora. Diferentes personas ya me habían advertido que sería duro, pero, al igual que los lugareños, me consolaban diciendo: “no es lo que era, ahora todo es asfalto”.

Cruzar la frontera fue el primer obstáculo. Rellenar los formularios implicaba el mismo esfuerzo que en cualquier otra. A pesar de estar traducidos al inglés, en ocasiones es complicado entender qué datos son los que nos están solicitando. Nunca supimos por qué, pero nos retuvieron del otro lado de la barrera durante cuatro horas junto con otras tres motos que llegaron después. Todos nuestros papeles estaban en regla, pero no fue suficiente. Pasada la espera, recorrimos los primeros veinte kilómetros de tierra, de muchos más que nos quedaban por delante, antes de besar el asfalto.

Llegamos a Ölgiy de noche, pero después de nuestra aventura en la frontera nada nos previno del incidente que el destino nos tenía preparados para el día siguiente. Sólo a unos pocos kilómetros de la salida de la ciudad, Max rompe el amortiguador delantero y se precipita fuera de la carretera, cruzándose de un lado a otro en pleno corazón de Ölgiy. Un joven se acercó a nosotros, a pesar de la diferencia lingüística, y, a través de gestos y el uso del ruso aprendido en el colegio, habla con Max antes de emprender una cruzada en busca de un repuesto. En menos de veinticuatro horas, nuestro salvador había conseguido un amortiguador con el que un maestro soldador del pueblo pudo fabricar un repuesto que aguantaría el resto del viaje hasta la capital.

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“Desde aquí todo es asfalto”, nos dijeron. No recorrimos mucha distancia hasta encontrarnos con una empresa china construyendo la nueva carretera. ¿Construyendo he dicho? A ochenta kilómetros al Este de Ölgiy comenzamos una odisea a través de arena y tierra. Cada vez que vislumbrábamos un trozo de asfalto, simplemente lo cruzábamos de un lado a otro, dejándolo atrás como el polvo que levantábamos a nuestro paso.

La tierra y el asfalto se iban alternando en el camino hasta llevarnos a un río desbordado por las intensas lluvias que la zona centro de Mongolia había sufrido durante la semana. El río cortaba completamente la “carretera” que se había convertido en un lodazal. No habría sido fácil cruzarlo sin contar con la ayuda de Max. Él cruzó sin problemas. Yo, en cambio, me quedé atascado en los primeros diez metros. Dedicamos tres horas, y mucho esfuerzo, para llevar mi moto de una orilla a la otra. Cruzar el río provocó que los rodamientos de la rueda delantera fallaran. Tuve la suerte de encontrarme en Arvaikheer cuando ocurrió, pero, aún siendo unas piezas razonablemente estándares, me llevó un par de horas, y varias vueltas a la ciudad, encontrarlas. De nuevo, sin la ayuda de los lugareños me habría visto atrapado allí.

Después de tanto rodar he aprendido que la gente es valiosa por sí sola. Allá a donde he ido me han recibido con gratitud y hospitalidad. Me gustaría seguir contándoos mis aventuras, pero ¿qué voy a dejar para mi blog? Quizás el año que viene tenga la suerte de escribiros desde Japón. Quién sabe…

Mi compañera y yo seguiremos rodando hasta que el cuerpo aguante, o hasta que se agote el presupuesto. Aún no sabemos qué será lo primero. Con estas líneas me despido, saludando a todos aquellos viajeros que persiguen su sueño.

¡Nos vemos en la carretera!

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Quique Arenas

Director de Motoviajeros, durante más de 25 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR), embajador de Ruralka on Road y The Silent Route. Autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

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