Por los campos de la Provenza Por los campos de la Provenza
Mpf! ¿Qué hace un machote como tú en un sitio como este? ¿Olores fragantes, pueblecitos medievales de postal? ¿Saquitos aromáticos? ¡¡Por favor!! Estoy aquí... Por los campos de la Provenza

Mpf! ¿Qué hace un machote como tú en un sitio como este? ¿Olores fragantes, pueblecitos medievales de postal? ¿Saquitos aromáticos? ¡¡Por favor!! Estoy aquí únicamente para satisfacer los delirios naifs de mi santa esposa… Mi masculinidad me lleva por otros derroteros más rudos, como ir a Nürburgring a pulir estriberas, castigarme el hígado en la noche previa al Bol d´Or, o pilotar por la trialera más salvaje, y orinar al mundo desde la cima de la montaña…

¿A quién pretendo engañar? Estoy mintiendo como un bellaco: lo mejor es tirar la toalla y rendirse a los encantos de la Provenza, uno de los rincones más bellos de Francia. Nunca será más literal la expresión de “estar como dentro de un cuadro”, porque gracias a Van Gogh, la Provenza se convirtió en lienzo, y el lienzo, en cotizadísimas obras de arte.

La Provenza está al Sureste de Francia, tiene mar y montaña; la parte marítima es sobradamente conocida, con ciudades que evocan exclusividad y glamour: Saint-Tropez, Cannes, Niza… Muy tentador, pero descartado por escasez de tiempo, y sobre todo porque lo que realmente nos interesa está tierra adentro: centenares de hectáreas de cultivos de lavanda, que en julio presentan su aspecto más “de postal”, a punto para su recolección y posterior destilación. Planta de uso esencialmente aromático, también tiene usos terapéuticos, e incluso como condimento.

Pero no sólo de lavandas vive la Provenza; durante nuestra ruta veremos y oleremos viñas, girasoles, cereales… Todo esto, unido al legado de diversas culturas, y su arquitectura medieval, lo convierten en lugar de inspiración artística, reposo “secreto” de estrellas de Hollywood… y objetivo de este viaje que ahora os explicamos.

Día 1
Iniciamos nuestra ruta en Arlés. Estratégico cruce de caminos, el imperio romano dejó su huella aquí en forma de construcciones imponentes como Les Arenes, el anfiteatro mejor conservado de Francia, actualmente utilizado para celebrar corridas de toros -de gran aceptación aquí-.

Cerca del anfiteatro, el Teatro Romano mantiene algunas columnas en pie, además del foro, que en su día podía albergar hasta 10.000 personas. Hoy sigue utilizándose para celebrar representaciones al aire libre.

El resto de la ciudad antigua es una gozada para perderse por sus calles, contemplando palacetes y otras construcciones regias.

Vincent Van Gogh plasmó Arles en más de 300 cuadros, pintados en un solo año de locura creativa, entre 1888 y 1889; se puede realizar un circuito a pie para conocer los lugares inmortalizados en sus pinturas.

Volvemos a la moto. Las autopistas han quedado atrás, la tarde avanza, y circulamos rodeados de viñedos. Saint-Remy de Provence es una típica villa provenzal, que vio nacer a Nostradamus en 1506, y que también acogió a Van Gogh en la etapa terminal de su vida, cuando la demencia le hacía pintar un cuadro tras otro hasta que se suicidó de un tiro en la sien, en 1890. Por tamaño y servicios, nos parece un lugar perfecto para buscar alojamiento…

Una vez descargados los bártulos, nos hemos acercado hasta Les Baux de Provence, pequeña villa medieval. En la entrada, un monumento dedicado al geólogo Pierre Berthier, que en 1821 halló en este lugar un nuevo mineral, inédito hasta entonces, y lo bautizó con el nombre de bauxita.

Volvemos a Saint-Remy. Aparcamos la moto en el hotel, y damos un paseo para desentumecer las piernas del maratón motero. Veinte minutos más tarde estábamos sentados en una terraza para hacer una pronta cena, horario europeo manda… La camarera que nos atiende es de abuelos toledanos, entiende y medio habla español.

Las callejuelas adoquinadas y las luces de las farolas dan un ambiente romántico a nuestro paseo nocturno. Es un buen momento para acercarse hasta la casa natal de Nostradamus, datada de 1509.

Entrada la noche, observamos que toda la vida social se concentra en los alrededores de la parroquia de Saint-Marten. Están de fiesta mayor, y nos rodean unas atracciones infantiles, algunas casetas de feria, y un escenario donde una banda de música empezará a tocar tan pronto como acaben los fuegos artificiales.

Día 2
A las nueve de la mañana, tras un frugal desayuno a base de croissants, café au lait y pan con mantequilla, hemos cargado la moto, y de vuelta a la carretera.

Gordes es uno de los pueblos más retratados de la Provenza. Es día de mercado, por lo que todo está muy animado. Unas gitanas españolas venden ajos. A mediodía, el pueblo empieza a desbordarse de gente; una horda de jubilados alemanes acaba de bajarse de un autocar y se diluyen en el gentío como una mancha de aceite, centenares de coches se arrastran por el atestado aparcamiento para conseguir un cuadrado libre… Es un buen momento para marcharse de allí.

A las afueras de Gordes, hay que recorrer pocos kilómetros para llegar hasta la abadía de Senanque. Por fin vemos los primeros campos de lavandas… Decenas de japoneses pululan por la zona, fascinados por el paisaje.

Cerca de Gordes, Roussillon nos saluda con sus diecisiete tonos de ocre: en las laderas de la montaña, en las paredes de las casas y en las figuras de arcilla que se venden en las tiendas de recuerdos. Hemos comido en un restaurante con vistas al valle. La camarera es de Valencia y desoxida su catalán con nosotros.

Hacemos una pequeña kilometrada non-stop para llegar hasta la meseta de Valensole, meollo de las grandes extensiones de lavanda… Ahora sí, por fin estamos dentro de esa postal de lavandas, tantas veces soñada. Una cosechadora está en plena recolección, Isabel recoge varias flores desparramadas por el suelo, y el cofre de la moto pasa automáticamente a despedir un intenso olor, tan característico como efímero.

Hemos decidido pernoctar en Valensole, pero no contábamos con que están en plena temporada alta, y lo tenemos crudo para encontrar una cama… En la oficina de Turismo, una de las empleadas nos ofrece una habitación de su propia casa; un poco violentados, preferimos dejar la propuesta como último recurso.

Finalmente, encontramos “la última habitación” en un hotel decadente de Allemagne-en-Provence, a 14 kilómetros de Valensole. Tirando del “más vale pájaro en mano”, nos hemos hospedado en una habitación que olía a humedad y polvo.

El paseo vespertino por Allemagne-en-Provence ha sido completado con inaudita rapidez, ya que son cuatro casas situadas a medio camino de cualquier otra parte, y sus habitantes no parecen interesados en pescar turistas. En las afueras, un pequeño chateau indica que es “visitable a horas convenidas”, pero también que es de “propiedad particular”, y que “no se moleste fuera de horas”. Pues nada, au revoir.

En el único bar del pueblo, tomamos unas copas que después empalmamos con una cena ligera: tampoco teníamos otra cosa que hacer, aparte de irnos a dormir.

Día 3
A primera hora de la mañana, ya estábamos encima de la moto, sin entretenernos ni siquiera en desayunar.

La primera parada ha sido Moustiers-Sainte-Marie, preciosa villa situada a los pies de un farallón del que se precipita una cascada. Encaramada en la pared de la montaña, la capilla de Notre-Dame de Beauvoir vigila el pueblo.

Cerca de allí, una divertidísima carretera nos lleva a las gargantas del Verdon, un cañón excavado por el río del mismo nombre. El paisaje no admite pasarlo de largo, y cada curva es una tentación para bajarse de la moto y tirar unas cuantas fotos. En las aguas de las gargantas, navegan decenas de piraguas.

Hay cierto tráfico, pero sin apreturas. En uno de los miradores, hemos coincidido con unos harlystas checos.

De vuelta a la meseta de Valensole, hemos parado en Riez con la intención de estirar las piernas y comer. Es día de mercado, compramos unas cerezas con pinta de anuncio, y algún cachivache más que hemos comprimido en el último hueco libre de las motomaletas.

Nuevamente en las mesetas de Valensole, hemos hecho la última sesión fotográfica antes de volver definitivamente a casa.
Para Motoviajeros, texto y fotos: Manel Kaizen
http://hoysalgoenmoto.blogspot.com

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Quique Arenas

Director de Motoviajeros, durante más de 25 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR), embajador de Ruralka on Road y autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

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