

El pequeño poblado de Sauraha vive del turismo que visita el Parque Nacional, ofrece diferentes alojamientos, lugares donde comer y oferta de diversas excursiones. Salgo a cenar después de contratar la excursión que empezará a las 7 de la mañana del día siguiente. Dos días caminando por el Parque con trayectos de 20 a 25 kilómetros diarios. El viaje hasta aquí ha empeorado mi estado y la enfermedad se ha manifestado con fuertes dolores de cabeza y en el pecho justo después de cenar. Por la noche apenas puedo dormir. Los medicamentos alivian mi malestar ligeramente, pero no es suficiente. Me planteo no hacer la excursión, pero quedarme en el hostal metido en la cama tapado hasta la cabeza y luchando contra el dolor y la humedad es una idea que no se puede comparar con la de caminar por la jungla.
Comenzamos navegando 45 minutos en una pequeña canoa río abajo, hasta el corazón de la jungla. Luego, empezamos a caminar entre la maleza húmeda bajo un cielo que amenaza con desplomarse sobre nuestras cabezas.
Los guías que me acompañan, en caso de un ataque de rinoceronte, van provistos de un palo y un mechero. Sostienen que con eso es suficiente para defenderse. Caso contrario, me sugieren que corra en zigzag a través de la jungla, o en su defecto trepe al árbol más cercano. La única duda que me surge en este instante es a qué velocidad corre un rinoceronte, a lo que responden sin vacilar que a 45 km por hora. A partir de ese momento solo me dedico a examinar la forma de los árboles, descubro que a muchos de ellos ni siquiera el hombre araña podría trepar, y que sus ramas comienzan más arriba de lo que me gustaría. Así son mis primeros kilómetros caminando por la jungla.
El mayor de los guías tiene alrededor de 40 años, un tipo cauteloso y atento, sabe que en cualquier momento puede surgir una situación de peligro, Ranik lleva muchos años caminando por el parque y su experiencia es notoria, mientras que el otro guía, Nitin, con sus 20 años, disfruta como un niño. Le divierte al máximo estar aquí, es ágil, habilidoso y observador, dice que la selva es su casa y no deja de aprender de su compañero. El que completa el reducido grupo soy yo. Un bicho de ciudad, con una cámara colgando de mi cuello y un estado de salud deplorable: el reflejo del turista abatido fuera de su zona de confort. Sin embargo, he llegado hasta aquí aventurándome en una moto y esto en cierta manera nos hermana. De repente, el presagio del cielo cayendo sobre nuestras cabezas se materializa. Un chaparrón que dura al menos una hora descarga sobre nosotros. Nos refugiamos bajo una torre de vigilancia hecha de madera que evita que el agua nos caiga directamente, pero se filtra bastante y poco a poco nos vamos mojando. Me olvido de la lluvia sólo en el instante que un oso cruza delante de nosotros, quizás también buscando refugio. El aguacero no cesa, pero disminuye en intensidad y podemos retomar el paso hasta llegar a un puñado de casas al otro lado de un río que pone fin a nuestro primer día de caminata. Ceno una sopa, bebo varios tés y tomo medicinas. El lugar es tan mágico como remoto, pero yo solo quiero irme a la cama. La velada es corta, no paro de toser, mi cabeza parece explotar y la fiebre empieza a subir.
A la mañana siguiente partimos sobre las 7:30 hacia la zona donde habitan los tigres de bengala. Se necesita mucha paciencia y largas horas de espera para poder verlos, la suerte no acompaña y no puedo ver ninguno, pero al menos no llueve y solo tengo que ocuparme de mi salud y no de ser devorado por uno de ellos. El día está despejado y claro, lo que hace que completar los 20 km del segundo día sea más fácil. Llegamos a otro poblado por la tarde, muy pequeño y aunque la tos sigue puedo disfrutar de esta noche. Nos refugiamos en la pequeña cocina de la aldea: entre cuatro paredes de adobe y un precario techo de chapas, nos sentamos frente a la fogata. El humo de la leña invade el lugar, las encargadas de cocinar preparan unos deliciosos currys y también las mejores “pakoras” que he comido en todo el viaje. El ambiente relajado da paso a historias y anécdotas contadas apasionadamente por los guías y que siempre terminan en incontenibles carcajadas. Una bebida local a base de ron pone el punto final a un gran día y una mágica noche.
El tercer día es el del retorno. Me despido de Ranik y Nitin con un fuerte abrazo.
Tenía pensado dejar Sauraha a la mañana siguiente, pero no me encuentro bien para conducir y lo postergo un día. Aprovecho para hacer soldar la parrilla que sostiene el equipaje, quebrada en varias partes, y también agregar tornillos y tuercas que han desaparecido.
La mañana que parto de Sauraha, la niebla (mi compañera infalible en Nepal) no se disipa con facilidad. Me dirijo a Lumbini, lugar de nacimiento de Buda en la región de Terai y mi último destino en este país.
Lumbini me recibe con mucho frío y mucha pobreza. Visito el sitio donde nació Buda, en el lugar hay un puñado de turistas, algunos monjes budistas en busca del Nirvana a través de la práctica espiritual, y la incertidumbre de que éste sea el lugar exacto donde Sidharta Gautama llegó a este mundo. El santuario fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997. Después de esto no hay más que ver en Lumbini, solo miseria y humedad.
Por la mañana voy al paso fronterizo de Sanauli, por donde entraré de nuevo en India y dejaré atrás la exótica República Democrática Federal de Nepal.
La salida del país es rápida, mientras que los trámites para entrar a la India llevan un poco más de tiempo. La frontera, que es la única que India abre (a su antojo para el suministro al vecino país), está abarrotada y kilométricas colas de camiones esperan para poder cruzar. Abandono la frontera y empiezo a adentrarme, entre campos de arroz regados por los afluentes del Ganges en un país diverso en su extensión, con religiones fuertemente marcadas, sometido y tenaz, un país espiritual de inquebrantable paciencia.
Atravieso pueblos y ciudades a un ritmo demasiado lento, y a estas alturas tengo un estado de ánimo muy sensible. Llegar a Varanasi demanda un gran esfuerzo. Recorro los 330 kilómetros en 11 horas, apenas he bebido un chai con dos bocados de comida. Conduzco bajo tensión desde el minuto uno, me choco con una bicicleta y algunas piernas que se cruzan delante de mi rueda. En un tramo en el que puedo viajar más cómodo, un caballo atraviesa la ruta a toda velocidad y casi no evito el desastre. Es el peor día de todo el viaje, mi paciencia cae por los suelos como un escupitajo de “paan”.
El “paan” es un preparado estimulante, psicoactivo, de hoja de betel combinada con nuez de areca y tabaco curado. Casi todos en India lo mascan, y el escupitajo es una costumbre muy arraigada en el país.
Cuando por fin llego a Varanasi aún me queda lidiar con el maldito atasco hasta encontrar un hostal entre las sucias callejuelas de la vieja ciudad. No tengo fuerzas ni para regatear el precio y a regañadientes acepto la inaceptable habitación, que abandono a la mañana siguiente a primera hora, aún con mis ojos irritados por la tierra del día anterior.
Varanasi es impactante, difícil de describir, es una seducción a los sentidos y a lo distinto. Sus “ghats” reflejan lo profundo de sus creencias y la intensidad con la que vive esta ciudad. El sagrado río Ganges se ha teñido de marrón al paso por Benares. Recuerdo su color azul turquesa entre las montañas de Rishikesh, pero hasta aquí ha acumulado suficientes desperdicios para convertirse en uno de los ríos más contaminados del planeta.
Me he propuesto vender la moto en esta ciudad, pero no puedo lograr venderla y tomo la decisión de volver hasta Pushkar, ya tenía un trato con Niru.
La aguda sinusitis con la que llegué a Varanasi desaparece pasados cuatro días. Para entonces, ya he caminado por los callejones de esta vieja ciudad, unas de las más antiguas de la humanidad, ya he surcado su sagrado río en un pequeño bote y he observado la ceremonia de cremación de los muertos, ya he asistido a la puja de la tarde, me he sentado largo tiempo en sus “ghats” y me he emocionado con sus cielos plagados de cometas remontadas al atardecer. Ya he quedado hastiado de sus muertos, de su gente, de su olor y suciedad. Cuatro días de viaje me separan de Pushkar, sólo deseo que el camino no sea como ha sido hasta llegar aquí. Lo hostil de conducir en este país ha rasgado el lienzo de mi paciencia.
La ciudad aún permanece en calma, aunque no por mucho tiempo: los primeros chai comenzarán a perfumar cada esquina de la ciudad, las bocinas y el caos volverán a adueñarse de las calles, la intensidad llegará con la actividad de sus habitantes y todo volverá a ser normal a medida que me alejo. Al atardecer ya he llegado a Agra, esta vez haciendo escala de camino a Pushkar. Al día siguiente completo los 240 km hasta Jaipur, y al otro me desvío 300 km al norte, hasta Bikaner, la última ciudad por conocer.
Esta ciudad del siglo XV, al igual que Jaisalmer, se encuentra en el desierto del Thar. En la actualidad destaca por sus artesanías de piel, además de ser una alternativa a los safaris de camello de Jaisalmer.
Su calle principal es un mercadillo de enérgicos vendedores lanzando ofertas a los cuatros vientos, de bicicletas buscando abrirse paso entre “rickshaw”, motos y personas, vacas hurgando en la basura y otras descansando en medio de la calle, carros ambulantes con grandes ruedas y ollas humeantes que fríen samosas. Toda esta atmósfera empieza a convertirse en un torbellino, llevo dos meses de viaje, y soy un poco susceptible a todo este carnaval. Trato de mantenerme al margen para evitar el agobio, pero es imposible escapar.
A 20 km al sur de Bikaner se halla Deshnok, un pequeño poblado donde se encuentra un templo que rinde culto a las ratas. El Karni Mata Temple está de camino a Pushkar. Controlo el aceite y la gasolina del depósito, luego aprieto el embrague, engrano primera y mi puño derecho da comienzo al último día de ruta.
Deshnok es un poblado en medio del desierto, es pequeño y sus habitantes dicen ser descendiente de ratas. El frente del Templo tiene una gran estructura de mármol, hay que descalzarse y atravesar las grandes puertas de plata, la entrada desemboca en un gran patio interior donde las ratas se pasean a sus anchas. Pasando el patio hay una gran sala donde se entregan ofrendas a la Reina Karni Mata. Viven en este templo unas veinte mil ratas, por lo que es difícil evitar que alguna pase por encima de tus pies, lo que hace que la estancia aquí dentro no sea prolongada. De todos los templos que he visitado este me parece el más peculiar y el que más me gusta.
Vuelvo a la moto y continúo el viaje a Pushkar. A medida que pasan los kilómetros, me alegro con todas las experiencias, emociones y sensaciones que deja este viaje. ¡Ha sido fantástico!
Esa misma tarde dejo las llaves de la moto en manos de Niru. Después de haber viajado dos meses y de recorrer 8.300 kilómetros entre India y Nepal, la Bohemia Oxidada escribía su punto final. Paso unos días en Pushkar hasta conseguir un billete de tren que me lleve hasta Bombay. Una vez allí tomo un taxi hasta el aeropuerto.
Esta vez, ni la música del coche, ni las ensordecedoras bocinas, ni el caos de la ciudad logran atravesar mi silencio.
Para Motoviajeros, Matías Rampón




























Rodrigo
13 febrero, 2023 #1 AuthorHola!! Estoy planeando un viaje por el sur de la India y con la intención de comprar una moto…Royal o Honda alguien tiene informacion o tips para llevar a cabo esta primer aventura que es comprar la moto para viajar muchos kilometros? Espero el milagro de recibir una respuesta gente ya que esta info se me hace dificil por donde vivo.
Saludos!!
Ivan
17 marzo, 2024 #2 AuthorHola, también estoy interesado en la compra de una moto en india. Conseguiste alguna informacion? Cuesta encontrar algo… Gracias de antemano 🙂