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Cuevas de Ajanta

Al día siguiente visito las cuevas de Ajanta que se encuentran a 80 km de Aurangabad en dirección noreste; y un día más tarde las de Ellora, 50 km al norte.

Las cuevas de Ajanta representan la historia del budismo y abarcan un periodo del 250 a. C. hasta el 650 d. C., mientras que las estructuras de Ellora, excavadas entre los siglos VII y XI, muestran la coexistencia entre el budismo, el hinduismo y el jainismo, antes de la llegada del islamismo.

En Ajanta tengo una mala experiencia. En mi visita a las cuevas conozco a dos hermanos que se muestran amables y serviciales, hablamos un rato; me recomiendan un hostal para pasar la noche y me animan a que conozca el poblado de Ajanta junto a ellos después de recorrer las cuevas. Acepto la invitación y tras un par de horas regreso junto a la moto y los hermanos. Uno de ellos me lleva hasta el poblado, a unos 11 km, y me deja delante del hostal que me han sugerido. El edificio se encuentra sobre lo que debía ser una carretera, pero que a su paso por el poblado se ha convertido en grava con restos de asfalto y manchas de alquitrán. El hostal no está mejor que el camino, más bien parece un reflejo del mismo. Está lejos de ser lo que me han dicho: es deplorable, la habitación está sucia y es imposible ducharse en ese baño infecto. Ni siquiera es posible cubrirse con la sucia manta que está sobre la incómoda cama. Pero ya estoy aquí y es tarde para pensar en volver a la ruta.

He bebido un chai con Hari, el mayor de los hermanos, mientras acordábamos la hora para visitar el poblado. Pasan a buscarme unas horas más tarde. Al doblar la primera esquina veo a dos niños que vienen caminando en dirección contraria a mí, uno de ellos lleva de su mano una soga con la que arrastra un perro muerto atado por el cuello como si se tratase de un juguete. Ríen con la naturalidad de dos niños que no llegan a los 10 años, mi mirada no se aparta de la escena hasta que se esfuma una vez pasan por mi lado. Mi cabeza intenta no perder la conversación y menos la orientación de mis pasos.

Parada para beber un chai

Nos adentramos en el poblado, la pobreza se equipara a la suciedad, por delante de mí cruzan cerdos que brincan en un barrizal de agua podrida. La gente me observa constantemente y giran rápidamente su cabeza cuando les miro. Empiezo a pensar que no fue buena idea meterme en este laberinto de callejuelas turbias. Trato de buscar puntos de referencia en cada esquina en la que giro para saber cómo salir de allí, la adrenalina va en aumento. Llegamos a la casa del anfitrión, es quien me presenta a su familia: madre, hermanas y sobrinos. Me saludan con timidez, o quizás vergüenza. Compartimos un té y hablamos de Ajanta, de sus vidas y un poco de mi viaje.

Por la noche prepararán una cena y quieren que cene con ellos, para su madre sería un honor, me dice Yamir, el menor de los hermanos, que insiste en la invitación una y otra vez. No la rechazo, pero esa insistencia, esa sed, enciende mis alarmas. Aún me quedan unas horas para pensarlo antes de que termine de oscurecer.

De regreso al hostal un hombre que pasa por mi lado murmura algo, pero no llego a entenderlo. Me despido de los hermanos y quedamos en juntarnos más tarde. Ya en el hostal repaso y evalúo la situación. Creo que no es buena idea volver allí, además cuando termine la cena será de noche, y aquello se convertirá en un lugar oscuro y en el que será muy fácil perderse. Viajo solo y hay precauciones que debo tener en cuenta, riesgos que no puedo asumir.

Espero fuera del hostal a que lleguen a buscarme para ir a cenar. Sentado al lado de la carretera con la firme convicción de no ir, observo sus maltrechas figuras al verlos llegar. Afirman que la cena está en marcha y que podemos irnos, a lo que respondo que no iré, que agradezco la invitación y que lo siento por su madre, pero que mi estómago no me lo permite (invento un malestar a causa del agua no filtrada de la cual bebí el té unas horas antes en su casa). Insisten, de no ir sería una ofensa para toda la familia, pero vuelvo a negarme y los pacientes hermanos ya no lo son tanto, sus caras empiezan a transformarse con gestos de ira. Las máscaras de amabilidad desaparecen por completo, se esfuman y dejan en evidencia sus verdaderas intenciones. Mis dudas de que no hay nada bueno en todo esto se disipan: ni siquiera existe la cena. Entonces recuerdo el murmullo de aquel hombre al pasar junto a mí, entiendo la vergüenza de la familia al saludarme, y por qué la gente giraba rápidamente la cara al verme. Parece que los hermanos son bastante conocidos por sus acciones en el pueblo, y al parecer yo era el desafortunado turista solitario. La situación comienza a tensarse al ver que no pueden convencerme, el tono de voz se eleva hasta que uno de ellos explota en cólera y confiesa realmente sus intenciones, algo que ya había adivinado: ¡robarme todo lo que puedan!

Les he hecho perder todo el día y no están dispuestos a irse con las manos vacías. Lidio con ellos durante algo más de una hora, y aunque en mis intentos de que se marchen sólo suelto 200 rupias me cuestiono el haberlo hecho. Cuando por fin se van, mis dudas se alivian con el consuelo de que aquellos papeles coloreados jamás justificarían lo que podía haber llegado a perder. Después llegaría la promesa de no volver a repetir el gesto: el “sucio papel” me hace falta para seguir viajando.

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Quique Arenas

Director de Motoviajeros, durante más de 20 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR), embajador de Ruralka on Road y autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

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