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Farándula y reivindicación en Cala Castell Farándula y reivindicación en Cala Castell
Antes de que fuera descubierta por los turistas, la Costa Brava era imán para artistas y huerto de pescadores; cuando a mediados del siglo... Farándula y reivindicación en Cala Castell

Antes de que fuera descubierta por los turistas, la Costa Brava era imán para artistas y huerto de pescadores; cuando a mediados del siglo XX llegó la masificación estival, aquel idílico paisaje desdibujó  en parte una identidad labrada durante generaciones. El turismo fue la gallina de los huevos de oro y a la vez responsable de que el cemento sepultara al bosque, con alguna excepción: al norte de Palamós queda uno de los pocos lugares donde no ha llegado el especulador inmobiliario cabalgando una excavadora. Y esto no ha sido casual, sino fruto de una lucha social que empezó cuando estaba prohibido quejarse y concluyó con un referéndum. Esta es la historia de Cala Castell.

Retrocedamos cien años para conocer a dos individuos que revolucionaron una zona hasta entonces virginal: el pintor Josep María Sert y el empresario Alberto Puig Palau, tío Alberto.

Josep Maria Sert, nacido en 1874, fue un reconocido pintor y muralista. A partir de 1899 vivió entre Barcelona y París, donde se codeó con lo más granado de la generación postimpresionista francesa.

Conoció a Misia Godebska, musa de pintores, con quien se casó. Saltó el charco para atender encargos en Nueva York, pintando murales en el Rockefeller Center y el hotel Waldorf-Astoria. De vuelta a París, en 1926, conoció a Roussy Mdivani, una joven y adinerada noble rusa que se presentó en su estudio para perfeccionar su arte de escultora. El maestro y la discí- pula se convirtieron en amantes, y más tarde en pareja formal.

En 1926, Sert i Roussy fueron a pasar el verano en Palamós. Se alojaron en el hotel Trias, donde entablaron amistad con su dueña, María Trias. Fue ella la que les sugirió adquirir el “mas Juny”, magnífica edificación que prácticamente lamía la arena de cala Castell, lugar idílico porque en aquellos tiempos no se habían popularizado las playas como alternativa de ocio, de hecho el concepto “turismo” no existía como tal. Aquella casa pasó a ser un punto de encuentro para artistas, personas y personajes de todo tipo, desde Marlene Dietrich hasta Coco Chanel; muchos de ellos eran franceses, razón por la cual se conocía a cala Castell como “la playa de París”. En el sexenio 1929-1935, se sucedieron fiestas multitudinarias participadas por la alta sociedad más desfasada: nunca faltaron licores, opio y encuentros en las alcobas.

Cala Castell

El idilio de Josep Maria Sert y Roussy Mdivani con Cala Castell finalizó de manera abrupta el 1 de agosto de 1935: el príncipe ruso Alexis Mdivani, hermano de Roussy, falleció en un accidente de tráfico mientras conducía a toda velocidad su Rolls-Royce camino de Portbou, a la altura de Albons. En el asiento del pasajero iba su amante, la baronesa Maud von Thyssen, esposa del barón Heinrich von Thyssen-Bornemisza (padre del marido de Carmen Cervera). Las prisas con el acelerador se debían a que la baronesa debía tomar urgentemente un tren con destino a París porque su marido, reconocido colaborador nazi, estaba regresando de Alemania antes de lo previsto y ella tenía que estar en el hogar para que no se destapara el adulterio. La baronesa salió con vida de aquel accidente, aunque con la cara terriblemente desfigurada.

Viendo el atuendo de las víctimas y el lujoso vehículo accidentado, los lugareños no tuvieron ninguna duda:

-Seguro que vienen del mas Juny, llamad a Salvador, el hijo del notario, que también suele ir por allí.

Y así fue como Salvador Dalí identificó el cadáver del accidentado y también el que se encargó de telefonear al mas Juny para comunicar el terrible suceso. Se dio la circunstancia que, en los instantes posteriores al accidente, alguien robó las joyas de la baronesa, episodio que nunca fue aclarado; las gentes del lugar sospecharon de Josep Sunyer de Can Pou, el cual empezó a hacer una ostentación económica que hasta entonces no había tenido. Aún hoy, los vecinos de Albons sostienen que, de no haber estallado la guerra, aquel tipo habría sido llevado ante la justicia.

Roussy Mdivani perdió la cabeza por la muerte de su hermano y se marchó del mas Juny para no volver. Cuando tres años después murió víctima de los excesos con las drogas y la tuberculosis, nadie se acordó de ella porque España estaba en guerra consigo misma.

Cala Castell

Doce días después del accidente, Josep Maria Sert regaló al ayuntamiento de Palamós el cuadro “La República dels pescadors”, donde se contemplan unos pescadores remando, enmarcados por dos banderas: la senyera catalana y la tricolor de la República española. El alcalde Dídac Garrell (gran amigo de Sert), lo colgó en el salón de plenos.

Durante la Guerra Civil, el asesinato de varios clérigos próximos a Josep María Sert y la expoliación de sus propias pinturas en la catedral de Vic alejaron al pintor de los valores republicanos. Ni siquiera el fusilamiento del alcalde Garrell en 1939 le hizo cambiar de opinión. Poco antes del fallecimiento de Sert, en 1945, recuperó “La República dels pescadors” con el pretexto de “hacerle algunas reformas”, y lo devolvió con la bandera republicana repintada en rojigualda. Además, el autor decidió que aquel cuadro se llamaría “la barca de Catalunya”.

Tres años antes, en 1942, Sert había vendido el mas Juny al empresario y mecenas Alberto Puig Palau por un millón de pesetas. El día de la firma, el pintor se hizo acompañar por su amigo Josep Pla, al que le dijo: “no volveré, pero echaré a faltar esta luz… Aquesta llum!”

Alberto Puig Palau, tío Alberto, fue otro bon vivant de la época. Seductor y millonario, la actriz mexicana Dolores del Río le apodó “el hombre de la sonrisa del millón de dólares”. Estudió diversas carreras y no aprobó ninguna. Le chiflaban las motos, pese a que en 1928 tuvo un grave accidente que le dejó secuelas. Llegó a competir en algunas carreras de Fórmula 1 hasta que heredó el próspero negocio textil de su padre.

Los hermanos Puig Palau mantuvieron el glamour del mas Juny; en unos terrenos próximos, edificaron un palacete de inspiración italiana que Josep Pla definió como “probablemente la construcción más bella que se hizo en la Costa Brava durante aquellos tiempos”. La llamaron el “mas Castell”, y su inauguración se celebró por todo lo alto, con un concierto de la artista Imperio Argentina y una capea de vaquillas en el patio. Tío Alberto era un gran mecenas, especial- mente del flamenco llegando a montar un tablao en Palamós y proyectando la carrera de artistas como La Chunga  o Joan Manuel Serrat.

Las propiedades de los Puig Palau en Cala Castell continuaban atrayendo a lo más granado de la época: Walt Disney, Grace Kelly, Manolete, Lola Flores, Luis Escobar… La filmación de la película Pandora & the flying dutchman  en Tossa de Mar es responsabilidad directa del tío Alberto y sus contactos en el mundo del cine. Ava Gardner y James Mason filmaron algunas escenas en el mas Juny. De manera involuntaria, las excentricidades de los Puig Palau dieron un impulso estratosférico a la Costa Brava como destino turístico.

Salvador Dalí, recordemos amigo de Sert y habitual de Cala Castell, siguió visitando el lugar con asiduidad hasta el punto de que tío Alberto le construyó un pequeño estudio muy al gusto del pintor ampurdanés, con el quicio de la puerta inclinado. A día de hoy, la llamada “barraca d’en Dalí” se puede contemplar si sabes qué camino tomar.

Los años 60 marcaron el declive del negocio textil de los Puig Palau; ahogados por las deudas, vendieron el mas Castell. Eso no significó que el tío Alberto se alejara de la farándula, siendo miembro destacado de la gauche divine barcelonesa  hasta  su muerte en 1986. El mas Castell fue adquirido por un prestigioso cirujano barcelonés que no comulgaba con las fiestas de sol a sol… Después de cincuenta años, cala Castell y su entorno recuperaron una calma que resultó ser efímera.

A partir de la década de los 50, el turismo de playa inyectó billetes en la depauperada economía franquista; los antiguos planes de protección medioambiental de la Generalitat catalana fueron finiquitados bajo el rodillo de las recalificaciones urbanísticas. Los vecinos de Palamós empezaron a organizarse para proteger su paisaje… Y el primero en ser blanco de las iras fue el mismísimo tío Alberto.

Cala Castell

Como mencioné antes, Alberto Puig Palau compró el mas Juny en 1942. La masía estaba junto a cala Castell, inmediatamente por encima de un conjunto de casitas pesqueras a pie de playa, entonces una incómoda (y “alegal”) barriada alejada de Palamós y hoy una de las postales más preciosas del Mediterráneo. La cuestión es que aquellas casitas, situadas en la pequeña cala de S’Alguer, estaban tan cerca del mar que cualquier temporal anegaba las viviendas. Por aquel motivo, en 1949 los propietarios levantaron un dique de contención. A la familia Puig Palau, que tenían el muro del mas Juny a apenas dos metros de las casas de S’Alguer, no les pareció bien aquella construcción.

Requirieron a las autoridades para que derribaran el dique, y ya puestos, que ilegalizaran de una vez por todas las casas de s’Alguer. Consiguieron ejecutar la demolición de las construcciones más recientes, además del dique.

Los vecinos de S’Alguer, temerosos de que la piqueta volviera, intentaron regularizar la situación de sus casas; no solo no fueron escuchados, sino que en 1970 les condenaron a la desaparición amparándose en la ley de lindes públicas costeras. Les dieron cinco años para marcharse de allí.

Lejos de arrugarse, los vecinos de Palamós organizaron una movilización en una época en que, no olvidemos, estaba prohibido protestar. Finalmente, el ayunta- miento de Palamós recibió la notificación de que las excavadoras demolerían a S’Alguer el 20 de noviembre de 1975, precisamente el día que murió Franco. El derribo se aplazó sine die, y en ese compás de espera llevan casi cinco décadas.

Se ganó una batalla, pero la guerra continuaba, esta vez en la vecina cala Castell: aquel vasto espacio natural era demasiado goloso para los especuladores del ladrillo. Desde 1959, todo el entorno de la cala había estado protegido por una ley urbanística que el ayuntamiento modificó en 1985, dando pie a la posibilidad de “urbanizar con baja densidad”.

En 1992, una nueva recalificación de cala Castell dio vía libre a dos empresas constructoras para presentar sendos proyectos residenciales. Aquel fue el detonante para la constitución del enésimo movimiento en defensa del territorio, “salvem Castell”. La asociación reunió 13.124 firmas para que el ayuntamiento preservara el paraje. El consistorio, atrapado entre la “aplicación de lo firmado” y la marea vecinal, propuso una solución salomónica: que el resultado lo decidiera un referéndum.

La consulta se celebró el 12 de junio de 1994; votó el 56% del censo, y por una mayoría de casi el 70% decidieron que cala Castell no se tocaba. Las constructoras alegaron ferozmente, y tuvieron que pasar ocho largos años para que se oficializara la catalogación definitiva de cala Castell como espacio natural protegido.

Hoy, el mas Juny se ofrece en una web especializada como villa exclusiva de alquiler, las casitas de s’Alguer siguen luciendo preciosas, aunque algunos vecinos se marchan y los que se quedan sienten que se les escurre entre los dedos una manera de vivir que ya no volverá. Por lo que respecta a cala Castell, el boca-oreja ha convertido el otrora lugar idílico en una playa que se llena como todas las demás.

 

Texto y fotos: Manel Kaizen / hoysalgoenmoto@gmail.com

hoysalgoenmoto.blogspot

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Quique Arenas

Director de Motoviajeros, durante más de 25 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR), embajador de Ruralka on Road y The Silent Route. Autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

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