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El sanatorio Oza Cesuras El sanatorio Oza Cesuras
Es de suponer que el auténtico misterio de los lugares abandonados, radica en la mente de quien los visita y en la concesión que... El sanatorio Oza Cesuras

Es de suponer que el auténtico misterio de los lugares abandonados, radica en la mente de quien los visita y en la concesión que queramos hacer a lo que se nos escapa de la razón. En cualquier caso, lo importante es que cada cual saque sus propias conclusiones a la hora de evaluar lo que estos lugares le provocan. Esta es la crónica sobre uno de esos lugares que transmiten “algo”. El sanatorio de Oza Cesuras.

Es un lugar que murió antes de nacer. A principios del siglo XIX, el arquitecto Rafael González Villar recibió el encargo de construir un Sanatorio para tratar a tuberculosos. Diseñó un edificio modernista de tres cuerpos, donde cada una de las alas laterales estaba destinada a albergar de manera segregada a mujeres y hombres. También se plantearon varias rutas en los 200 ferrados de bosque que rodeaban el edificio. Estas rutas estaban pensadas para tratar diferentes afecciones respiratorias, plantando en cada recorrido las especies de árboles y plantas apropiadas en función de la dolencia a tratar. Todo parecía estar bien atado cuando pusieron la primera piedra en 1924, y nada hacía presagiar que seis años después las obras se paralizarían por falta de fondos. Por si fuera poco, la llegada de la Guerra Civil terminó de darle la puntilla y fue así como jamás llego a albergar a un solo paciente.

Con el tiempo, el Estado cedió la titularidad al Ayuntamiento de Oza (que en 2020 se fusionaría con Cesuras creando el actual municipio de Oza-Cesuras), a condición de que lo destinara a parque público y espacio educativo, pero el consistorio solo cumplió en parte esta demanda. Adecentó el entorno con una tala masiva de árboles, argumentando una plaga que habría acabado con el bosque entero de no haber tomado esta drástica medida.

En lo referente al edificio, eliminó parte de la vegetación que se lo estaba tragando, colocó unas exiguas vallas metálicas para disuadir a los curiosos de entrar, y consciente de la escasa eficiencia de esta medida, dispuso una placa que reza: “en caso de acceder al recinto, el ayuntamiento no se hace responsable de las posibles consecuencias”… y ya. Atrás quedaron diferentes propuestas para dar vida al sanatorio, como ubicar una residencia geriátrica, una escuela de hostelería o un área para autocaravanas.

El sanatorio Oza Cesuras

Al final, los únicos que han frecuentado este maravilloso edificio, son los curiosos y los amantes del misterio: estos últimos aseguran haber captado cacofonías, entes, y presencias vigilantes entre las sombras y los huecos que en su día pretendieron ser ventanas. En las fotos que pudimos hacer el día que mi amiga Fátima y yo salimos de ruta con nuestras motos para visitarlo, no aparece nada “sospechoso”, pero también es cierto que era un precioso día de primavera, soleado y con brisa fresca: de todos es sabido que los entes prefieren las noches de tormenta para manifestarse. Aún así, la presencia de este lugar resulta  imponente  a  medida que te vas acercando, y solo la amenaza de ruina inminente impide satisfacer la curiosidad de adentrarse en sus maltrechos muros.

Una pareja de jóvenes que pasea a su perro por la zona nos comenta que es habitual encontrar gente en el interior realizando algún tipo de ritual que implica el uso de velas, túnicas blancas y un pobre pollo ignorante de que va a formar parte de un sacrificio. Prueba de ello son los restos que quedan en algunas de sus estancias. Otro uso de este magnífico lugar es el de plató fotográfico. Los juegos de luces y sombras que se filtran por sus oquedades hacen de él un lugar atípico y cargado de energía, que parece mirarte con desdén, ofendido por haberlo descuidado, sin permitirle llegar a cumplir el magnífico destino para el que fue concebido el sanatorio de Oza Cesuras: curar a gente enferma.

 

Texto y fotos: Mónica Bernardos

 

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Quique Arenas

Director de Motoviajeros, durante más de 25 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR), embajador de Ruralka on Road y The Silent Route. Autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

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