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El inesperado expreso de medianoche El inesperado expreso de medianoche
Manel, ¿tú eres de mente abierta, o de los que solo creen en lo que pueden tocar? -Soy terrenal y escéptico, amigo… -Bueno, pues…... El inesperado expreso de medianoche

Manel, ¿tú eres de mente abierta, o de los que solo creen en lo que pueden tocar?

-Soy terrenal y escéptico, amigo…

-Bueno, pues… Mejor lo dejamos aquí, ¿vale?

Y el muy jodido lo dejó allí. Plantó la semilla de la curiosidad y se batió en retirada sin dejar una miserable pista de lo que deseaba -y no osaba- decir… Así finalizó la conversación por mensajería instantánea más breve y misteriosa de mi vida.

Perplejo, insistí un rato después, pero mi interlocutor –un tipo muy respetado en las redes sociales-, seguía negándose a resucitar al gato muerto de curiosidad. No fue hasta un rato después que aceptó seguir conversando por teléfono:

-Ante todo, quiero que sepas que me considero, o me consideraba, tan cerebral como tú, y espero que no me taches de chalado cuando acabemos esta conversación…

-Arriésgate- le respondí.

Torre del Compte es un pueblo típico de la comarca turolense del Matarraña, con un perfil de casas de piedra sobre las cuales destaca el campanario mudéjar de la iglesia… Ah, y también atesoró estación de un tren efímero.

Estación abandonada de Torre del Compte

Los orígenes del “ferrocarril de la Val de Zafán” fueron más bélicos que de servicio público… En aquella época, se consideró muy conveniente que un ferrocarril discurriera paralelo al río Ebro, fenomenal barrera natural ante una eventual invasión del vecino francés: en el siglo XIX, todavía escocían las refriegas con los hoy amigos franceses. De manera paralela, y casi como un aspecto secundario, el ferrocarril también debía proporcionar al Bajo Aragón un puerto de mar, concretamente en Sant Carles de la Ràpita.

-Manel, la otra noche vimos pasar un tren en Torre del Compte.

Perplejo, carraspeé audiblemente y respondí:

-Amigo, sabes que eso es imposible porque allí ya no quedan ni los raíles…

Aquella conversación sentó los cimientos para quedar unas semanas después en el mismo lugar y a la misma hora para esperar la racionalmente imposible llegada del tren. Antes, dediqué varios días a documentarme sobre el ferrocarril de la Val de Zafán…

 

La estrategia bélica antes mencionada no fue precisamente un reclamo para que las sociedades invirtieran capital en su construcción: la actividad del Bajo Aragón en el siglo XIX se limitaba al cultivo agrícola, y la escasa densidad de población tampoco auguraba colas para comprar billetes. A regañadientes, las obras del primer tramo (La Puebla de Híjar-Alcañiz) empezaron en 1891, inaugurándose en 1895. A todo ello, el resto de la obra estaba empantanado en infinidad de trabas administrativas que indudablemente habrían sido mucho menores -o inexistentes- si aquel ferrocarril hubiera sido realmente deseado.

Huérfano de salida al mar, la explotación de la línea Puebla de Híjar-Alcañiz perdió el sentido de su existencia y de hecho se abandonó cuatro años después, asfixiada por un déficit apabullante. Veinte años más tarde, durante la dictadura de Primo de Rivera, se reactivó su construcción: en 1930 ya estaba completado el 60% de la obra.

Paradójicamente, la Guerra Civil aceleró frenéticamente los trabajos ya que aquel ferrocarril se preveía estratégico para mover armamento y tropas: finalmente, quedó demostrada la utilidad militar de aquel trazado, aunque nadie hubiera dicho que el enemigo vendría del sur y éramos nosotros mismos. Cuando los sublevados llegaron al Matarraña, las obras continuaron utilizando mano de obra esclava de las prisiones. Aquel ferrocarril fue importante para abastecer a los combatientes de la batalla del Ebro, y los trenes circulaban tan pronto se tendían los raíles. Algunos túneles se utilizaron como hospitales de campaña, polvorines o escondites techados.

Finalizada la contienda, la línea de ferrocarril se nacionalizó y pasó a ser gestionada por RENFE. Tras unos trabajos de adecuación, la línea entró en servicio en 1942, aunque finalizando en Tortosa: la explanación hasta Sant Carles de la Ràpita estaba hecha, pero por algún motivo inverosímil nadie consideró necesario acabarla.

Aquella línea, de vía única y nunca electrificada, languideció con todos los elementos en contra: sin más función que atender las necesidades locales, la mayoría de estaciones carecían de practicidad al estar a varios kilómetros de los núcleos habitados. En 1971, el hundimiento de un túnel entre Pinell de Brai y Prat de Compte fue la “excusa” para interrumpir el servicio y clausurarlo definitivamente dos años después.

Túnel por donde pasaba el tren hacía Torre del Compte

En 1985 se levantaron varios kilómetros de raíles para “renovar” otra línea claramente deficitaria, la Huesca-Canfranc; diez años después se desmanteló el resto. Actualmente, buena parte del recorrido ha sido reacondicionado como Vía Verde y las estaciones están en estado ruinoso excepto Cretas (“reciclada” en albergue), Benifallet y Torre del Compte (ambas son hoteles). En esta última pasó un tren fantasma a horas intempestivas, y así me lo explicó mi amigo, él y yo sentados en el mismo lugar, con un cielo estrellado y una botella de vino sobre la mesa:

-Era la una y media de la madrugada, y mi mujer y yo estábamos hablando de nuestras cosas mientras agitábamos sendos combinados que debían durar porque ya no quedaba nadie atendiendo la barra del hotel… De repente, mi mujer perdió el hilo de la conversación, movió la cabeza hacia  la oscuridad de sus espaldas y susurró: “¿Estás oyendo eso?”. Y yo no oía nada.

En este punto, mi amigo hizo una pausa para encenderse un puro; no sé si se lo tenía estudiado, pero el muy gañán eligió el momento álgido para hacer una pausa. Sacó otro puro para mí, y tras explicarme el ritual para su uso y disfrute (“¡Esto no es un pitillo, no me jodas!”), finalmente fue dinero arrojado a la basura porque yo no he fumado en mi vida y lo único que hice fueron muecas de asco entre volutas de humo. Impaciente, le urgí a retomar el hilo:

-Mi mujer empezó a decirme “camiones, son como camiones”, pero perdí el hilo de sus palabras porque  a mi vez escuché otro sonido: el de una locomotora de vapor bufando a cierta velocidad mientras hacía sonar una especie de bocina grave. Venía de izquierda a derecha, de mar a Montaña o de Tarragona a Alcañiz, no daba crédito a ese escándalo que amenazaba con devorarnos y de hecho me aferré a la “tablet” donde habíamos estado mirando fotos, muerto de miedo. Aquel ruido se volvió ensordecedor, pasó por donde se suponía que estaban los raíles (muy cerca de nosotros), y se fue apagando mientras se perdía en dirección Alcañiz.

-“¿Lo has visto?”, dijo mi mujer.

-“¿Ver qué?-le repliqué con un hilo de voz,- ¿Los camiones que escuchabas?”

-“No, unos bloques como translúcidos, pasando muy rápido de izquierda a derecha…”.

-“No he levantado la vista ni he oído los camiones”-le dije-“y creo que tú no has escuchado la locomotora de vapor”.

-“¿Qué locomotora?”

Mi amigo interrumpió el relato y escrutó mi mirada, buscando en ella indicios de escepticismo, desaprobación o sencillamente levantarme balbuceando que tenía necesidad de visitar a mi tía de Zamora y que partía hacia allí ahora mismo. Nada de eso ocurrió, así que concluyó:

-Oímos (y ella vio) cosas diferentes, pero en la misma fracción de tiempo y lugar. A la mañana siguiente hablé con el gerente del hotel y le insinué si algún otro huésped o ellos mismos habían oído “ruidos extraños” aquella madrugada, algo así como (ja, ja) trenes o camiones… No tenía constancia de ello, y por la manera en que me miró, buscando demencia o cachondeo detrás de todo aquello, no insistí más en el tema.

Nuestra conversación derivó hacia otros derroteros mientras la negra noche nos envolvía y el nivel de la botella de vino bajaba. Nunca dimos crédito a la posibilidad de que aquella noche volvieran el tren expreso o aquellos camiones que maniobraban en un muelle de mercancías que ya no existía, pero por si acaso tuve el oído avizor hasta que el sueño me devolvió a la habitación, quedándose mi amigo en compañía de su puro y sus cavilaciones.

Desde entonces, he vuelto varias veces a la línea ferroviaria de la val de Zafán, de día y de noche, incrédulo y a la vez incansable en la búsqueda de aquel tren imaginario. Me interné en uno de los túneles y apagué todas las luces, completamente a oscuras y absolutamente en silencio. Nada. Seguí la Vía Verde con la bicicleta y no fui arrollado. Volví a la estación de Torre del Compte y nadie perturbó la tranquilidad de la noche. Persigo un fantasma, y mientras crea que puedo hallarlo, nunca desaparecerá.

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Quique Arenas

Director de Motoviajeros, durante más de 25 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR), embajador de Ruralka on Road y The Silent Route. Autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

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