El enemigo invisible (y el niño que lo vencerá) El enemigo invisible (y el niño que lo vencerá)
FacebookTwitterWhatsAppEmailMasFacebookTwitterWhatsAppEmailMasDetonamos bombas atómicas. Jugamos al ratón y al gato con la energía nuclear. Nos azotaron catástrofes naturales: terremotos, huracanes, ciclones, devastadores tsunamis. Descubrimos el... El enemigo invisible (y el niño que lo vencerá)

Detonamos bombas atómicas. Jugamos al ratón y al gato con la energía nuclear. Nos azotaron catástrofes naturales: terremotos, huracanes, ciclones, devastadores tsunamis. Descubrimos el agujero en la capa de ozono y miramos de soslayo a quienes nos advirtieron del cambio climático. Deforestamos nuestros bosques, ahogando cada vez un poco más al planeta. Diezmamos todo tipo de especies, vegetales y animales. Sobrevivimos a guerras mundiales y a la inexplicable maldad de nuestros semejantes, y también a las más terribles enfermedades. Asistimos aterrorizados a la expansión del Estado Islámico, temimos que una panda de fanáticos sanguinarios acabara con nuestra civilización. También nos enfrentamos a quiebras financieras globales… Y a pesar de todo, el ser humano se creía invencible, ajeno a la derrota, a salvo de la destrucción. Mirábamos al cielo, en busca de un asteroide gigante como el que hace 66 millones de años acabó con los dinosaurios. Y al final, la devastación estaba en el microscopio.

No es que el mundo nunca más volverá a ser igual. Es que ya no es igual. Ni siquiera quienes vivieron conflictos bélicos han pasado por un escenario semejante. Aquí no hay zonas de batalla, ni retaguardias, ni trincheras, todos estamos expuestos. El bicho mata a ricos y pobres y está acabando con una generación, la de nuestros mayores, que con esfuerzos construyeron un mundo mejor del que ellos habían encontrado, para que nosotros no tuviéramos que pasar por lo mismo. Por primera vez en la historia, la población tiene la obligación de permanecer confinada, privada de libertad de movimientos. Nunca se había conocido algo semejante. Todo el sistema se está desmoronando, como un castillo de naipes. Nos dijeron que la riqueza no era ser, sino tener.

En España, a fecha de hoy (23 de marzo de 2020), el 12% de los contagiados por coronavirus son sanitarios. Miles de profesionales, junto con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y todos los trabajadores que están redoblando esfuerzos, siguen en primera línea luchando para sacarnos adelante. Ellos son nuestros héroes y heroínas. Del otro lado están aquellos que han exhibido desde el primer día su insolidaridad y su egoísmo. Son seres repugnantes. Salvajes que han demostrado tener un nulo sentido de civismo, un desprecio absoluto por el bien común. Arrogantes que merecen el repudio de una sociedad que está atravesando el mayor de los peligros. Hay vidas en juego.

No todo el mundo está gestionando del mismo modo esta crisis. Están los que se lo han tomado a broma, los neuróticos, los indignados, los pasotas, los catastrofistas, los patrióticos, los quejicas, los pacientes, los reventados, los guasones, los optimistas, los nostálgicos, los oportunistas… Y luego están los niños.

Ayer, como en los días anteriores, como haré hasta que todo esto termine, a las 8 de la tarde salí a aplaudir a quienes están luchando por salvar nuestras vidas, exponiendo las suyas. A esa hora, la luz que hay en el vecindario no da para que podamos reconocernos. Al otro lado de la calle, hay un niño que siempre sale a aplaudir. No llega a la altura de la ventana, y le pide a su madre que lo coja en brazos para asomarse y poder unirse a ese canto de esperanza, a esa muestra de ánimo colectivo. Es entonces cuando pienso en la gente que arrasó en los supermercados a la primera de cambio, en los que se largaron a la playa, en los que salieron este fin de semana de puente. Y me doy cuenta de que mientras ese niño siga saliendo todos los días a aplaudir, el ser humano ganará esta batalla. Ese niño, al que no puedo verle el rostro, simboliza a todos los niños del mundo que en estos días viven junto a sus familias una guerra que se libra contra un enemigo invisible. Ese niño, que no falla ni un solo día a su cita, representa la fuerza entera de la humanidad. Venceremos.

Quique Arenas.-

Quique Arenas

Director de Motoviajeros, durante más de 25 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR), embajador de Ruralka on Road y autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

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