Túnez en moto: Operación Ras Angela Túnez en moto: Operación Ras Angela
Como en todos los viajes que programamos y realizamos, cuando empezamos a darle forma lo bautizamos con un nombre; probablemente para hacerlo más nuestro,... Túnez en moto: Operación Ras Angela

Túnez en moto.

Como en todos los viajes que programamos y realizamos, cuando empezamos a darle forma lo bautizamos con un nombre; probablemente para hacerlo más nuestro, más único; conforme vamos moldeando la ruta, ésta va tomando forma y poco a poco se va haciendo realidad. En esta ocasión la hemos bautizado “Operación Ras Angela” porque “Túnez en moto” no tenía mucho glamour; además, poca gente, a excepción de los mismos tunecinos, sabe qué es “Ras Angela”.


Cap Angela -o Ras Angela- se corresponde con el punto geodésico más septentrional del continente africano (su homólogo europeo es Nordkapp, al norte de Noruega). Pues bien, este desconocido se encuentra en Túnez –el país más pequeño del Magreb-, y nos propusimos tomarlo como punto de partida para, desde allí, en moto, descubrir el resto del país.

Montse y yo salimos de Barcelona; el ferry levó anclas tomando rumbo a la ciudad italiana de Génova. El viaje fue tranquilo, no había muchos viajeros y fuimos casi solos. En el puerto de Génova, después de una travesía que nos permitió contemplar el firmamento estrellado, hicimos transbordo de ferrys y tomamos el que nos llevaría a tierras africanas. En esta nueva embarcación todo cambió de repente: tanto pasillos, como cubiertas y camarotes, todo estaba completo; también la bodega del barco estaba llena de coches, autocaravanas y, por supuesto, motos. Unos volvían a su tierra; otros, como nosotros, anhelábamos la aventura en estado puro.

Ruta google Túnez en moto: Operación Ras Angela.
La travesía, de norte a sur, a través del Mar Tirreno, dejando a babor las islas de Córcega y Cerdeña, no duró más de 24 horas. En el momento de desembarcar, lo hicimos, como el resto de viajeros, con mucha calma; dejando vacías las entrañas de aquel ferry que nos había traído hasta la capital de la República de Túnez. Los trámites de la aduana no se los deseo a nadie; pero estábamos curados con la experiencia del viaje a Dakar; y, tras superar las cuatro horas de rigor –entre colas y papeleos- volvíamos a montarnos en nuestras queridas motos (“Perlanegra” y “Polvorilla”), que nos estaban ya esperando.

Túnez en moto

La primera etapa fue visitar los restos de lo que fue capital de uno de los mayores imperios del Mediterráneo en la Antigüedad: Cartago; que se encuentran próximos al puerto de La Goleta; sin embargo, los trámites aduaneros nos hicieron mella, y preferimos ir a buscar alojamiento en Sidi Bou Said; uno de los pueblos más pintorescos de todo el norte de África, caracterizado por sus casas pintadas de color blanco y las puertas y ventanas de color azul añil); pasear, en silencio, por sus estrechas y empinadas callejuelas fue muy gratificante, lo que nos hizo olvidar la agotadora burocracia del puerto.
Sidi Bou Said tiene el encanto de trasladarte en el tiempo y el espacio; es como una bombonera. Lo primero fue llegar al hotel, estacionar las motos, y luego salir a descubrir aquel firmamento de colores, aromas y sensaciones…
A la mañana siguiente, contemplamos desde la ventana un cielo caprichoso, donde las nueves jugueteaban con un sol tímido; con lluvias cortas, y un clima que no superaba los 14ºC. Después de desayunar, salimos hacia Ras Angela, el punto más al norte de África.

Túnez en moto: Operación Ras Angela.
La carretera nos sorprendió por la firmeza del asfalto (podríamos decir que es de lo mejorcito en todo el norte de África). Después de un centenar de kilómetros, abriéndonos paso entre pequeñas aldeas, reducidos bosques y campos verdes de olivos y otros árboles mediterráneos; quiero recordar que los tunecinos son verdaderos jardineros del paisaje. El tiempo nos respetó y un sol tímido nos acompañó; del verde de los campos, pasamos a la arena, antes de alcanzar nuestro destino.
El último tramo del camino para acceder al norte de África no era muy complicado; con paciencia y sin prisas fuimos avanzando, hasta que llegamos a una explanada, donde ya no podíamos avanzar más; estábamos a menos de 300 metros del pequeño monumento, que indica el lugar (el contorno del mapa físico del continente, y en su base la inscripción que te informa del lugar en donde te encuentras).

Ras Angela,, el "Nordkapp africano".
Cuando alcanzas un lugar así, es fácil ilusionarse al pensar que son bastante desconocidos y pocas personas han estado, y es cuando te sientes un aventurero o descubridor; aunque en el mundo actual cada vez quedan menos enclaves de esta naturaleza por descubrir. Sin embargo, tus propias vivencias son las que cuentan, y reconocemos que llegar a este punto ha sido algo especial para nosotros.
Dejamos Ras Angela a nuestras espaldas, y enseguida tomas rumbo a la mítica ciudad romana de Dougga, que se encuentra a unos 170 km de distancia. Teníamos que hacer un alto para comer, y el sol a las 17:30h se escondía… íbamos mal de tiempo.

A medida que avanzábamos por las carreteras del norte de Túnez, nos dábamos cuenta que las distancias eran más largas; especialmente cuando se atravesaba un pueblo; el tráfico, al no existir semáforos, se vuelve un caos y el ritmo se rompe por completo. Pero recordamos en nuestras mentes que debíamos de adaptarnos a aquel estilo de conducir, y olvidarnos de las manecillas del reloj, porque era preferible guardar la calma necesaria, a tener un desafortunado contratiempo.

Ras Angela.
Eran ya las 17:30h y el sol cayó de golpe en el firmamento. La temperatura empezaba a caer en picado. Estábamos a sólo 10 km de Dougga. Por ello, decidimos parar en el hotel y a la mañana siguiente sería otro día. No era conveniente circular de noche, y menos con el frío –la moto marcaba 8ºC en el ambiente-.
El hotel era grande y digno. No hacía mucho tiempo que fue inaugurado; aparcamos las motos en la misma entrada. Dejamos las maletas y todo lo demás en la habitación y nos pusimos al día en el hall del hotel, donde había wifi. Durante la cena, le preguntamos al camarero si quedaba muy lejos Dougga, y cuánto tiempo se tarda en visitar; nos respondió que estaba a un cuarto de hora, y podíamos estar allí toda la jornada; nos miramos extrañados, pensamos que no nos había entendido.
El día siguiente se levantó fresco; el sol seguía sin calentar y fuimos camino de Dougga.
Y a menos de 14 minutos de circulación, ya teníamos el destino enfrente mismo; era una carretera estrecha, pero de buen piso, que bordea la cara norte de una montaña, peinada de olivos; los restos arqueológicos estaban orientados al sur.

Túnez en moto.
Es importante remarcar que Dougga es impresionante en todos los sentidos; un anfiteatro de colosales dimensiones nos recibió; toda la ladera de la colina estaba cubierta con testimonios arquitectónicos construidos en el siglo II d.C. por los romanos, que, además, por su buen estado de conservación, forma parte del Patrimonio de la Humanidad desde el año 1997. Ante todo aquel espectáculo monumental, no tardamos en comprender las palabras del camarero cuando nos dijo que podíamos estar todo el día.
La visita a Dougga coincidió con la compañía de un chino (cómo no, están en todas partes!!!), y juntos fuimos descubriendo aquella fabulosa ciudad, calle a calle, mosaico a mosaico, templo a templo…, ¡¡¡una auténtica pasada!!! La película de Gladiator nos vino a la mente, al recordar el tráfico de esclavos.
Después de casi 4 horas, nos pareció poco tiempo la visita a Dougga; pero teníamos que partir, para poner rumbo a Sbeitla, otro importante testimonio de la antigüedad clásica, situado a 170 km. Y como que aquí las distancias se alargan como chicles y el día se encoje al ponerse el sol, al estar en pleno invierno y hacía bastante frío…
En ruta, el paisaje iba cambiando con frecuencia; el verde de las horizontales praderas se iba tiñendo de marrón suave, al tiempo que la tierra árida iba ganándole la batalla a la vegetación; íbamos hacia el sur.

Dougga es Patrimonio de la Humanidad.
Llegamos a Sbeitla, otras ruinas romanas, y después de alojarnos en el Hotel, decidimos salir a pasear para visitar parte de ese importante legado romano que queda en la zona.
Sin embargo, al final no llegamos a entrar a visitar este yacimiento; veníamos de la gran Dougga, y ahora el contemplar estas, mucho más modestas, nos supieron a poco. Ojo, no queremos desprestigiar el conjunto monumental de Sbeitla, pero es que después de ver la espectacularidad de Dougga, parecían más pequeñas.
El día amaneció frío, y el sol igualmente tímido. Nos pusimos en marcha en dirección al oasis de Chebika; ¡hoy pisaríamos el desierto!
El estado de las carreteras es relativamente bueno (con sus baches, parches, arreglos, obras y algunas hierbas); lo peor viene cuando tienes que atravesar pueblos y aldeas, donde la vida se hace en la calle, y lo mismo, sin darte cuenta, te encuentras atravesando el mercado semanal.
Son unos 240 kilómetros hasta alcanzar el área de los oasis de montaña; el paisaje progresivamente va cambiando el color verde, que pasa a un remoto recuerdo, por el marrón. Las largas rectas comienzan a aparecer y las montañas se vuelven cada vez más planas.
Sin darnos cuenta, teníamos delante algo diferente: una mancha verde, que, a medida que nos acercábamos, crecía en tamaño y en relieve; se trataba de un inmenso palmeral que se desarrollaba en medio de un manto de tierra marrón.
Estábamos en el oasis de Chebika, uno de los espacios naturales más interesantes del interior de Túnez. Tras aparcar las motos, nos dispusimos a visitar el pueblo nómada; las casas, de adobe, se levantaban en los espacios más áridos, porque los más fértiles se reservaban para plantar algún huerto y las palmeras datileras más famosas del mundo; a pocos metros, un río de agua dulce y cristaliza es el protagonista de aquel paraíso natural.

Oasis de Chebika.
Después de admirar una interesante cascada, entre grandes bloques de roca, y al no encontrar un lugar decente para comer, decidimos dirigirnos a Tozeur, donde no tuvimos problema. Con la barriga llena, buscamos un hotel. Esta jornada ha sido más corta, pero el atractivo ha sido, sin duda, el oasis de Chebika.
Después de desayunar, salimos de Tozeur; el sol hacía intentos de calentar, aunque sin suerte, y pusimos rumbo a una Galaxia muy muy lejana; aunque aquí es conocida como Mos Spa, mientras que en el firmamento astral Star Wars es Tatooine.
La carretera era algo estrecha aunque nos sorprendió que tenía el asfalto bastante nuevo, lo que nos daba a entender que este lugar era muy frecuentado por turistas de todas partes; es lo que tiene el universo Star Wars. El último medio kilómetro es arena, que nos lleva directamente a “Tatooine”, un poco más auténtica.
¿Pero quién mandó construir este poblado de cartón piedra en medio del desierto? Pues George Lucas, y hay que quitarse el sombrero, porque el escenario no puede más auténtico y las vistas espectaculares; lástima que no podamos ver un atardecer aquí, ¡porque debe de ser brutal!

Mos Spa, conocida como Tatooine en Star Wars.
Como todo lugar turístico, no faltaban varios puestos de souvenirs; pero nosotros queríamos entrar en Tatooine y, por un momento, sentíamos que estábamos accediendo a otra galaxia, muy muy lejana…
Sin problema alguno, entramos las motos hasta el interior de aquel insólito decorado; hicimos las fotos de rigor y nos fuimos. La carretera, de vuelta, se hizo menos larga, y pusimos rumbo al exterior de la Granja de los Lars; otro decorado de Star Wars, aunque en esta ocasión mucho más salvaje, puesto que se encuentra dentro de Chott el Jerid (el lago salado), donde no había caminos ni referencias; tan sólo las coordenadas indican el lugar (33º50’34,1”N 7º46’44,5”E), lo que significa que no es nada turístico.
Avanzamos por un salar, como un espejo de cristal, aprovechamos unas roderas y las seguimos, que nos llevó poco a poco en dirección a un iglú, en medio de la nada salada, que iba tomando cuerpo a medida que nos acercábamos, y la euforia nos invadió…
Ya estamos aquí; era un pequeño iglú de cartón piedra, en medio de aquel lago salado y de un desierto sin límites, que tan sólo se otea en el horizonte infinito. Supuso un subidón alcanzar este insignificante punto en el mapa, el cual parece virgen.

Mos Spa, conocida como Tatooine en Star Wars.
La foto de Luke, con el iglú a la izquierda mirando al horizonte, con los dos soles, es mítica, ¿quién no la recuerda en la saga Star Wars?
Después de aquella experiencia galáctica, volvimos a la civilización siguiendo las roderas sobre la sal que habíamos marcado al venir, y luego pusimos rumbo a Douz, la puerta del Sahara.
Para pasar de Touzeur a Douz es preciso atravesar el Chott el Jerid; una laguna salada con 7.000 metros cuadrados de superficie; se trata de la mayor área salada de todo el inmenso Sahara. La carretera está elevada y, conforme vamos avanzando, el paisaje cambiaba de color, del blanco, pasaba al verde claro, el púrpura…
Hicimos una pausa para disfrutar de las vistas y nos encontramos con un grupo de italianos que nos pidieron que les hiciésemos unas fotos, y lo mismo les pedimos a
ellos, en un ambiente de plena cordialidad.

La Granja de los Lars, en Chott el Jerid.
Al salir de los dominios salados de Chott el Jerid, la sal dio paso, de nuevo, al desierto, observando algún palmeral que otro salpicando el marrón constante del horizonte. Sin darnos cuenta llegamos a un edificio curioso; cuando planeamos este viaje fuimos buscando lugares para visitar, y nos encontramos con un enfriador de agua. A primera vista, parecía un edificio sacado de Chernobil, medio en ruinas, oscuro y con agua cayendo de sus paredes…; un lugareño nos explicó amablemente que se trataba de un manantial termal, donde el agua brota desde 10 metros de profundidad y sale a más de 80ºC. Entonces, el edificio estaba formado por unos pisos donde el agua se precipita desde el techo hasta el suelo, al tiempo que va enfriándose para poder ser utilizada. Nunca habíamos visto nada igual.
Después de aquella visita sorpresa al enfriador, llegamos a Douz, la puerta del Sahara.
Dejamos las cosas en el hotel y nos fuimos a dar una vuelta por la tarde montados en quad por las dunas del desierto.
Parece que las mañanas en estas latitudes son menos frías; era lógico porque nos hallábamos más al sur, y el tiempo se notaba a pesar de ser invierno. Luego pusimos rumbo a Matmata, el Hotel Sidi Idriss, donde se rodó el interior de la casa de Luke, en Star Wars.
La carretera era sinuosa, fuimos curveando, porque esta zona del sur de Túnez es más montañosa, aunque el marrón seguía siendo el color dominante.
La entrada al Hotel Sidi Idriss era estrecha, puesto que se trataba de una construcción troglodítica, excavada bajo tierra, como la mayoría de las viviendas de la zona. Resulta curioso ver cómo las gentes viven en estas casas –verdaderos hormigueros-, aprovechando el frescor natural para el verano, y la calidez para el invierno. Un decorado más de la saga Star Wars, donde el turismo forma parte del paisaje.

El anfiteatro de Djem es el mayor de África y el cuarto del mundo.
La siguiente parada era el Djem, a 260 kilómetros de distancia. Dejábamos el sur para ir subiendo, al tiempo que el paisaje volvía a cambiar, del eterno marrón, el frescor del verde recuperaba espacios, mientras avanzábamos.
El anfiteatro de el Djem es el mayor de África y el cuarto del mundo; tuvimos el placer y el privilegio de comer delante mismo de aquel magnífico monumento. Fue una de aquellas inolvidables cosas que suceden pocas veces en la vida.
Nos extrañó un poco que no había mucha gente, y la visita fue placentera, al no haber colas para sacar la entrada, ni el agobio de hallarse el aforo lleno; estábamos a nuestro aire, lo que hizo que el anfiteatro se mostrará más solemne todavía.
El viaje iba tocando a su fin. Llegamos a la capital, Túnez, para dormir, y al día siguiente subirnos al ferry de vuelta a Génova; aún nos queda visitar Kairouan, la ciudad santa para los musulmanes.
No queremos explicaros las carreteras, ni los pueblos y aldeas que atravesamos, puesto que sería un copy / paste de todo el viaje; algo que se iba repitiendo a lo largo de kilómetros por estos lugares.

Túnez en moto: Operación Ras Angela.
Llegamos a la ciudad de Kairouan, famosa por su monumental mezquita y los artesanos de alfombras. Dentro del casco urbano la cosa se complicó, el tráfico era intenso y el GPS tenía puesto como destino la plaza de J’raba, en medio de la Medina. Aquí se rodaron todas las escenas de la película “Indiana Jones en busca del Arca perdida”, diciendo que era la ciudad de El Cairo, cuando en realidad era Kairouan, en Túnez…, la magia del cine.
Aparcamos las motos, después de circular por callejones estrechos propios de la Medina de la ciudad, para poder deambular un rato y visitar sin prisas la Gran Mezquita, la cual, según la tradición musulmana, si la visitas siete veces te convalidan el peregrinaje a La Meca.
Tras perdernos por los rincones de Kairouan, pusimos rumbo a Túnez; después de pasar la noche, a la mañana siguiente nos fuimos con mucho tiempo de antelación al puerto para realizar los trámites burocráticos y embarcar en el ferry hacia Génova.
La travesía fue muy placentera, contemplando la inmensidad del mar y las islas de Cerdeña y Córcega a estribor. Llegamos a Génova a las 20 horas; pero hasta las diez de la noche no nos permitieron salir del puerto (el ferry iba lleno hasta la bandera, y salir del mismo fue toda una odisea). De camino al hotel empiezo a escuchar un ruido nada bueno y una vibración en el pie derecho; algo que no iba bien; tuve un mal presentimiento. Llegamos al hotel, y lo primero era descansar; mañana sería otro día.
Con el desayuno en el estómago, decidimos llamar a la asistencia para que repatriasen la moto, ya que algo se había roto y no podíamos hacer con la “Perlanegra” los más de 800 kilómetros que nos faltaban para regresar a casa.
Después de gestionar con el seguro la repatriación de la “Perlanegra”, volvimos a casa con la “Polvorilla “, la moto de Montse, y finalizamos este singular viaje que ha sido
precioso.

Texto y fotos: David Ávila & Montse Fdez. de Mateo

Mapa de la ruta >

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Quique Arenas

Director de Motoviajeros, durante más de 25 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR), embajador de Ruralka on Road y autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

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