Transfagarasán, la reina de las carreteras de montaña Transfagarasán, la reina de las carreteras de montaña
FacebookTwitterWhatsAppEmailMasFacebookTwitterWhatsAppEmailMas En 2009, el programa de la BBC “Top Gear” se adentró en Rumanía en busca de una carretera que atraviesa el corazón de... Transfagarasán, la reina de las carreteras de montaña

Los grandes espacios de los Cárpatos.

En 2009, el programa de la BBC “Top Gear” se adentró en Rumanía en busca de una carretera que atraviesa el corazón de los Cárpatos: la Transfagarasán. Calificada por muchos como una de las más espectaculares de Europa, Jeremy Clarkson no se arredró mientras contravolanteaba con su deportivo de alta gama: “es la carretera más increíble que he visto en mi vida”. Extasiado por el frenesí de curvas, el controvertido periodista británico lanzaba sin titubeos: “¡Estábamos equivocados, es mejor que el Stelvio, esta es la mejor carretera del mundo!”. El vídeo del capítulo en cuestión tiene más de 3 millones de visualizaciones en YouTube, lo que da una buena idea de la expectación que despierta esta mítica carretera. Rodamos hasta Rumanía con Travelbike Tours y Chema Hernández como roadleader, en un magnífico viaje de 5.000 kilómetros que tiene como principal atractivo la conquista de la DN7C, pero también de la no menos fascinante Transalpina, una carretera que compite en altitud y sensaciones.

La Transfagarasán representó un desafío monstruoso de ingeniería con un alto coste económico y de vidas humanas: se calcula que se emplearon unas 6.000 toneladas de dinamita tan solo en la vertiente norte. Más de 40 personas fallecieron durante su construcción. El resultado, una carretera que sortea los picos más altos del país, Moldoveanu y Negoiu, entre las ciudades de Pitesti y Sibiu, para completar un serpentín de infinitas curvas.

La Transfagarasán en moto

En su discurrir durante más de 150 kilómetros entre las regiones de Valaquia y Transilvania, la DN7C se retuerce entre densos bosques, poderosas cumbres y numerosos torrentes de agua. En su tramo central, puede decirse que durante 90 kilómetros no hacemos otra cosa que enlazar curvas. Sí, 90 kilómetros de frenéticos giros. Las tornanti que ascienden hasta el lago Bâlea parecen sacadas de un circuito.

Pero no solo de conducir vive el viajero. Quizá por ello otra de las razones que mayor fascinación desprende esta carretera es su enclave geográfico y la posibilidad de ver osos pardos en su hábitat natural: se calcula que la zona cuenta con una población que supera los 6.000 ejemplares. Y aunque no siempre hay suerte, la fortuna estuvo de nuestro lado y pudimos ver a estos majestuosos animales a escasos metros de distancia. Un encuentro excitante que pudimos grabar y fotografiar.

Oso en la Transfagarasán.

Los Cárpatos se extienden durante 1.600 kilómetros, desde Bratislava (Eslovaquia) hasta Orsova (Rumanía), formando un enorme arco. Separados de los Alpes por el Danubio –el segundo río más largo de Europa con 2.850 kilómetros-, forman una ciclópea barrera natural que divide Rumanía de norte a sur y de este a oeste. La Transfagarasán, solo accesible desde junio hasta octubre, escala hasta los 2.034 metros de altitud. Cuenta con el túnel más largo de todo el país, el Căpăţâneni, un agujero de 884 metros de longitud sin ningún tipo de iluminación que produce más miedo que la visita al castillo-fortaleza del Conde Drácula –la residencia de Vlad Tapes se encuentra en la cara sur de la DN7C, cerca de Arefu-.

Transalpina, un tándem perfecto junto a la Transfagarasán.

Dos consideraciones: las intensas nevadas y la acción del deshielo rompen cada año el asfalto de la Transfagarasán. Dependiendo del tiempo que haya pasado desde la última reparación, el pavimento se encuentra en mejor o peor estado; hay que tenerlo en cuenta, ya que no resiste comparación en cuanto al mantenimiento que presentan otros puertos alpinos, como los más celebérrimos de Suiza o Italia, por solo citar.

Por otra parte, si queremos disfrutar de una conducción sin aglomeraciones, lo mejor es acometer el trazado a primera o última hora del día, evitando así las retenciones que se forman para alcanzar el parking del lago Bâlea, un espacio a todas luces insuficiente para albergar el alto número de vehículos que se dan cita durante la “temporada alta” de la carretera, en los meses de julio y agosto. La acumulación de autobuses, camiones, autocaravanas, ciclistas, motos y vehículos de todo tipo es tal, que las retenciones en la Transfagarasán recuerdan al Nudo de Manoteras.

Adentrándonos en los bosques de Rumanía.

En sentido norte-sur, tras superar el túnel, los atascos desaparecen por completo, y aunque la cara norte es la más fotogénica, los picos y valles que dibujan la orografía hasta la presa de Vidraru son igualmente fabulosos. Con una ventaja: en esta vertiente hay más osos que coches. La belleza de los paisajes que recorremos con nuestras motos es incuestionable, y hay muchos tramos donde el bosque nos engulle durante kilómetros sin ver una sola casa. No es broma, es más probable citarnos con un plantígrado que con un turista.

La construcción de la Transfagarasán
La historia de la Transfagarasán está ligada indefectiblemente a Nicolae Ceaucescu. Aunque comenzó a ejecutarse en 1970 y se prolongó durante 4 años, la génesis de este paso montañoso hay que buscarlo en 1968 y en un país vecino del Bloque del Este. En agosto de ese año, miles de soldados y tanques del Pacto de Varsovia –capitaneados por la URSS, pero también con contingentes de Polonia, Hungría, Alemania Oriental y Bulgaria- liquidaban la llamada “Primavera de Praga”. La invasión de Checoslovaquia, a la que se opuso el mayor general, le despertó tantos temores que ordenó construir una carretera que permitiera un rápido acceso militar a través de la cordillera de los Cárpatos. Esa carretera fue, y es, la Transfagarasán.

Paso de San Boldo, Italia.

Al final, inapelables caprichos de la Historia, no fue la Unión Soviética la que acabó con el ‘conducător’, sino su propio pueblo. En la Navidad de 1989 se producía un levantamiento contra el régimen que ponía fin a dos décadas de tiranía. Un mes antes había caído el muro de Berlín; el desmoronamiento de los gobiernos comunistas era inexorable.

Ceaucescu permanecía ajeno a los vientos del cambio, sumido en el culto a su personalidad. El 21 de diciembre de 1989, durante uno de sus habituales baño de masas desde el balcón del faraónico Palacio Presidencial de Bucarest, escuchaba abucheos por vez primera. La perplejidad del viejo dictador, que estaba acompañado por su mujer Elena y miembros de la Securitate –la sanguinaria policía secreta responsable de la muerte de miles de personas-, quedó registrada por las cámaras que en ese momento retransmitían su discurso. Una alocución plagada de solemnes palabras, enérgicas intenciones y realidades inventadas: prosperidad, independencia, libertad…

El autoproclamado “Genio de los Cárpatos” prometía con su retórica exiguas subidas del salario mínimo, subsidios para millones de niños y aumento de las pensiones, pero el pueblo vivía en la más atroz de las opresiones, subdesarrollado y sumido en la pobreza mientras el clan de los Ceaucescu amasaba una fortuna que algunas fuentes cifran en 400 millones de dólares. La televisión se afanaba por mostrar planos de pancartas y fotografías pro-régimen. Pero los abucheos detuvieron y desconcertaron al dictador. Ya nada sería igual.

Entrando a Rumanía.

Cuatro días antes había ordenado aplastar una manifestación en Timisoara. Centenares de personas habían perdido la vida –fue imposible hacer un recuento oficial-. Pero el pueblo dijo basta y una parte del ejército apoyó el levantamiento popular. Durante seis días la nación estuvo sumida en el desconcierto, con vacío de autoridad y al borde de una guerra civil. El presidente intentó huir, pero fue interceptado en Târgoviște y condenado a muerte por un tribunal militar. El siniestro dictador y su mujer fueron ejecutados por un pelotón de fusilamiento. La imagen dio la vuelta al mundo. En diciembre de 2019 se cumplieron 30 años de un episodio que cambió el curso de la nación.

Strada de Alba Iulia, la singular calle de los paraguas de colores de Timisoara.

Timisoara es una ciudad que simboliza a la perfección la mezcla de pasado y futuro, pionera en la introducción del tranvía (en 1869 tirado por caballos; hoy en día por modernos vehículos eléctricos): los edificios monumentales como la gran catedral ortodoxa comparten protagonismo con la calle de los paraguas, cuyos colores pintan un horizonte alejado de la oscuridad que representó para el pueblo rumano el implacable régimen de Ceaucescu.

En moto por la Transalpina.

El viaje de Travelbike Tours nos ha llevado precisamente hasta esta preciosa ciudad, que cambió la tenebrosa cotidianidad de aquellos días por un futuro de aperturismo y libertades. Aquel país ahogado en la pobreza, asustado, resignado y sometido, tres décadas después intenta sacudirse definitivamente los estereotipos y la huella de un pasado cada vez más lejano. Queda mucho por hacer, sin duda. Pero Rumanía busca un hueco internacional con su propuesta de historia, cultura, gastronomía y escenarios naturales. Unas propuestas que Chema Hernández ha sabido condensar en su aproximación a un país que en ciertos aspectos recuerda a un Marruecos del Este; a veces sin orden ni concierto, a veces decadente, a veces sucio, a veces indescifrable.

Curvas y más curvas.

Pero Rumanía mira hacia delante: cuenta con una oferta de servicios de primera calidad, con gentes sencillas, con un medio rural lleno de encanto, con unas carreteras de montaña que, aunque a veces están rotas como los descompuestos caminos del Atlas marroquí, precisamente enganchan por su aislamiento y el carácter de aventura que nos aportan. Fuera miedos; fuera prejuicios. Durante los días que pasamos en Rumanía no tuvimos ni el más mínimo problema. Todo fueron sonrisas, todo facilidades. En el hotel Popasul Regelui de Tau Bistra no suena la música romaní de Taraf de Haïdouks, suena Rosalía. No hay señores con rostros intimidantes, sino jóvenes camareras sonrientes que nos entienden, porque ven telenovelas en español y tienen puesto todo el día reguetón latino. Eso sí, los carromatos de madera desvencijados, vestigios vivientes del pueblo gitano, coexisten con potentes berlinas de nueva generación. Marruecos del Este. Lo dijimos.

Venecia, otro de los grandes atractivos del tour.

Un tour con mucha historia
El tour proyectado por Travelbike a la Transfagarasán es un apasionante viaje por la historia reciente de Europa. El siglo XX fue testigo de feroces guerras y cambios que transformaron el mapa geopolítico del viejo continente. Así, nuestras motos han rodado por escenarios que acogieron y contemplaron conflictos bélicos, como las Doce Batallas del Isonzo o la cruenta Guerra de los Balcanes. Por fortuna, aquellas escenas de desolación y terror se han transformado en prosperidad y nuevos tiempos, pero aún hoy sobrecoge llegar hasta lugares tan marcados como la torre del depósito del agua de Vukovar.

Torre del depósito del agua en Vukovar, Croacia.

El tour nos conduce a lo largo de Italia, Eslovenia, Austria, Hungría, Rumanía, Serbia, Bosnia-Herzegovina y Croacia. Durante 12 días, nos hemos adentrado en parajes de ensueño, como los Dolomitas, el lago Balaton, los Alpes julianos o los sorprendentes fiordos del Danubio. También hemos visitado ciudades como Venecia, Zagreb o Belgrado. Nos hemos sumergido en las entrañas de los Cárpatos y lo hemos pasado en grande haciendo rafting en las aguas azul turquesa del río Soča. Los integrantes del tour hemos formado una gran familia.

Fiordos del Danubio.

Durante algunas jornadas abandonamos la zona euro, pero no fue necesario utilizar ni lei, ni forinto, ni dinares. Todo se resuelve con tarjeta. También en las autopistas de peaje –aunque en muchas de ellas las motos no pagan; ¡Chema Hernández se las sabe todas!-. Muchos de los países que hemos recorrido tienen un SMI por debajo de España, lo que representa que los gastos del viaje son reducidos: mención especial para las comidas, se come barato y muy bien.

Rafting en Eslovenia.

Con semejantes credenciales, no es de extrañar que esta aventura hasta la Transfagarsán se haya convertido en los últimos años en una de las propuestas que más expectación genera entre los motoviajeros que buscan nuevas sensaciones, más allá de los tradicionales puertos alpinos. La consideración de “mejor carretera del mundo” tal vez sea tan excesiva como el propio Jeremy Clarkson. De lo que no cabe duda es de que el tándem que forman la DN7C y la formidable Transalpina (DN67C) representa un “must” para aquellos que desean conquistar dos de las carreteras más fascinantes de Europa.

Texto y fotos: Quique Arenas.-

Quique Arenas

Director de Motoviajeros, durante más de 25 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR), embajador de Ruralka on Road y autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

No hay comentarios hasta el momento.

Ser primero en dejar comentarios a continuación.

Deja un comentario

CLOSE
CLOSE