Portugal: Descubriendo el Alentejo Portugal: Descubriendo el Alentejo
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El Alentejo es una extensa región portuguesa que ocupa la tercera parte del país. Se extiende desde el río Tajo hasta casi la región sureña del Algarve y debe su nombre precisamente a su situación: “alen Tejo” (por debajo o más allá del Tajo). La población es escasa dada su extensión, es una zona principalmente rural y con un gran patrimonio histórico, siendo Èvora claro ejemplo de ello como Ciudad Patrimonio, aunque no es la única, pues Elvas también goza de igual consideración. Otras dos ciudades destacadas son Portalegre al norte y Beja al sur (por cierto, Beja es la auténtica Pax Augusta; patronímico y gentilicio habitualmente atribuido a Badajoz).

Básicamente, la región es una extensísima dehesa llana como las existentes en la vecina Extremadura, con la cual, dada la proximidad y avatares históricos, existen muchas semejanzas; incluso en la localización de sus poblaciones, pues en tan vasta llanura dorada cubierta por alcornoques y olivos, de cuando en cuando surge una pequeña elevación con un pueblo y su correspondiente castillo o recinto amurallado.

Pero, además, el Alentejo tiene una bellísima costa atlántica dentro de su Parque Natural do Sudoeste Alentejano y Costa Vicentina; donde destacan su playas casi naturales y su escarpada costa.

Dicho lo anterior, en mi opinión, el Alentejo tiene varias opciones para recorrerlo. Puede ser visitado centrándose en su patrimonio cultural, donde una “ruta de los castillos” sería muy aconsejable y, además, extensa; pueden visitarse algunas aldeias históricas (Montsanto, Marvao o Idanha a Velha); puede ser seguido el recorrido denominado “Ruta dos Sabores” dada la rica gastronomía local; la costa vicentina con sus playas y sus acantilados también puede ser objeto de visita aparte.

Antes de narrar el recorrido decir que está basado en el libro “La frontera que nunca existió”, de Alonso de la Torre (Editora Regional de Extremadura) quien describe su viaje por el Alentejo hace unos 10 años. Sus vivencias y sensaciones son las que me han hecho diseñar mi viaje, adaptando el suyo. El libro ya es difícil de encontrar, pero su autor mantiene un estupendo blog con la misma temática: https://larayablog.wordpress.com

El itinerario es de aproximadamente 400 kilómetros y empleé unas nueve horas con muchas paradas y, en ocasiones, con breves recorridos andando por los pueblos. La distancia más larga entre dos paradas estuvo sobre los 35 km.

La ruta en sí parte desde Badajoz y pasa por Elvas como primer lugar alentejano. Baste decir que Elvas es Ciudad Patrimonio Mundial de la UNESCO, tiene sobre 30.000 habitantes y un rico patrimonio histórico; destacando su arquitectura militar, considerada como la mayor del mundo en cuanto a fosos y murallas; siendo, por ese motivo conocida y visitada por amantes de este tipo de arquitectura. Sin duda, merece ser recorrida, además de por lo dicho, por su casco histórico, sus fachadas y su gastronomía.

Desde Elvas tomo la N­4 hasta Borba, continuando hasta Vila Viçosa por una carretera bordeada de canteras de mármol; pues estamos cerca del centro de producción del afamado mineral portugués y eso se nota rápidamente; así, justo en la entrada de Vila Viçosa no hay más remedio que hacer la primera parada frente al suntuoso Palacio Ducal, o Palacio de los Duques de Bragança, quienes también fueron reyes de Portugal y eso se deja notar en el pueblo. Dejamos la moto en un extenso aparcamiento frente al palacio que tiene, por supuesto, el suelo de mármol. Al haber albergado la corte, hay viejas mansiones señoriales, pero lo que también hay es mármol por todo tipo de edificaciones; incluso modestas casas tienen algún detalle de mármol, y el suelo también en algunos lados, y en las fachadas de iglesias, etc. Vila Viçosa bien merece un paseo por sus calles típicamente alentejanas y, si llega el caso, un pequeño descanso en alguna de las terrazas de la Praça da Republica, con vistas a la entrada del castillo y a la iglesia de San Bartolomé.

Como dato práctico, decir que en las ciudades portuguesas su Praça da Republica es el equivalente a nuestra Plaza de España o Plaza Mayor; normalmente situadas en los centros históricos de las poblaciones; por tanto seguir las indicaciones para estas plazas, normalmente nos conducirá al centro. Lo mismo cabe decir sobre las frecuentes indicaciones que veremos sobre la Igresia Matriz. El siguiente destino fue Alandroal, pequeña población muy próxima a la anterior con unos dos mil habitantes. Como tantas otras poblaciones rayanas, dispone de su propio castillo, que sería el primero a visitar en esta ruta. En torno a él se ha constituido la Praça da Republica y en ella está el afamado restaurante A María. En todo el Alentejo es típico comer el “cocido alentejano”, contundente plato a base de garbanzos, hortalizas, carne y aromatizado con cilantro, así como las “migas alentejanas” a base de carne de cerdo y pan. A nivel nacional, puede pedirse en cualquier sitio una “sopa verde” como primer plato; de hecho, el menú portugués consistiría en pedir sopa de primero, un plato principal de carne o pescado y postre. Pero, eso sí, teniendo cuidado con el tamaño de las raciones; pues si bien las sopas suelen ser individuales, otros platos serían para compartir, con lo cual es conveniente informarse antes sobre su tamaño, sobre todo teniendo en cuenta que antes de la comida suelen servirse unos aperitivos (que luego facturarán) y que los postres también suelen ser de tamaño poco recomendables, como diría un nutricionista.

El bacalao es otro plato que siempre hay que probar en Portugal, en sus distintas variedades, destacando el “bacalao dorado”. Finalmente, para acabar este breve apunte gastronómico y dado que haciendo rutas es fácil que los horarios se alteren, casi en cualquier lugar puede hacerse una comida rápida pidiendo una “bifana” (especie de bocadillo de carne) y acompañándola de una cerveza local (Sagres o Super).

La ruta continúa retomándose la carretera que nos trajo a Alandroal, la N­255, y que ahora nos conduce hasta la pequeña y bonita población de Terena, donde se conservan las murallas de su castillo en un alto, en el centro del pueblo; pero siendo lo que realmente destaca la conservación medieval de sus calles y casas. Veremos arquitectura alentejana típica, con sus colores, con sus flores y con sus chimeneas. Es este un pueblo desconocido pero que merece la pena visitar, pues, a menudo, se pasa junto a él ignorando que estamos pasando junto a un pueblo casi de postal. Aquí no hay turistas, aquí hay visitantes que, como yo, acudimos porque alguien nos lo ha recomendado. Puede llegarse en moto hasta la misma entrada al castillo y dejarla allí para pasear brevemente por sus dos o tres calles principales cercanas. La subida al castillo se hará por una empinada calle empedrada, lo que habrá que tenerse en cuenta, sobre todo para bajar. El suelo empedrado es una constante en estos pueblos lo que, si bien puede dificultar la conducción, les hace ganar en originalidad y belleza.

Dejamos Terena, retomamos la N­255 y vamos a la siguiente parada: Reguengos de Monsaraz. Es esta una población grande en la zona, de unos siete u ocho mil habitantes. Es curioso ver que este pueblo es una mezcolanza entre lo moderno y lo antiguo; pues si bien tiene modernas infraestructuras, también conserva rasgos de otra época, y no tanto por su arquitectura como por el ambiente que uno percibe. Es fácil ver calles modernas con modernos coches circulando por ellas, al mismo tiempo que hay gente sentada en el poyete de las puertas, viendo pasar la mañana o que por la calle circula una antigua carrinha (la actual pick­up). Su iglesia matriz también proporciona una sensación semejante, pues junto a sus formas antiguas se aprecia su impecable aspecto con colores típicos de la zona (blanco y casi azul) que bien podrían formar parte de un moderno estilo de decoración. Cercano a la iglesia llama la atención la existencia de un cine, de los de pueblo, el Cine Monsaraz.

Destaca Reguengos también por su situación en las puertas de la zona de influencia del enorme pantano de Alqueva; por su entorno arqueológico estando próximos importantes monumentos megalíticos y por su entorno artesano, destacando la cercana población de Sao Pedro da Corval, pueblo alfarero por excelencia; pero, sobre todo, en su entorno sobresale la “ciudad museo” de Monsaraz. Es Monsaraz una pequeña villa medieval conservada perfectamente, a intramuros de su castillo y es, sin duda, un lugar de obligada visita, aunque teniendo en cuenta que, por ser como es, la afluencia turística en fines de semana es grande pero no teniendo problemas para llegar en moto puesto que a las puertas de la villa hay lugares acondicionados para el aparcamiento. Si Reguengos es la puerta del pantano de Alqueva, Monsaraz es su balcón dada las estupendas vistas que desde allí se aprecian.

Permítaseme un inciso en la narración para destacar la zona, antes mencionada, del pantano de Alqueva, el mayor embalse de Europa Occidental, situado sobre el Guadiana. Sin duda, la zona merece ruta propia.

El entorno del pantano, siendo aconsejable una ruta circular en torno a él que puede iniciarse en cualquiera de sus poblaciones cercanas de obligada visita. Aparte de la mencionada Monsaraz, destacan Morurao, Moura, Luz, Estrela, Alqueva… con incursiones hasta la orilla, donde hay modernas instalaciones para practicar deportes náuticos o pasear en barco. Que no parezca esta una ruta corta, pues dada la extensión del pantano, bordearlo puede suponer un trayecto de más de cien kilómetros.

Retomando el viaje, el siguiente destino es la población de Portel, la cual ya anuncia su presencia mostrando desde la carretera su prominente castillo, al cual, nuevamente, accedemos por empinadas calles empedradas, pudiendo dejar la moto cerca de su entrada y pudiendo ver, otra vez, la arquitectura típica de la zona, coincidente con la de pueblos anteriores en el blanco y azul de sus fachadas y en sus típicas chimeneas.

Dejamos el pueblo y vamos hacia otros dos muy próximos a través de una solitaria carretera. Llegamos a Vidigueira y Frades. Ambos están muy próximos entre sí y unidos por la carretera N­258. Quizás en ellos no se aprecien con tanta claridad los rasgos de las poblaciones cercanas, a pesar de ser ambas muy antiguas. Vidigueira es reconocida por sus vinos y la Vila do Frades por tener en su entorno los restos de la Vila Romana de San Cucufate, merecedora de una visita por sí misma pero que no pude realizar por tener unos horarios un tanto extraños para mí (de 10:30 a 12:30 y de 14:30 a 18:30, horario portugués). Cerca, en Vila Ruiva, hay un originalísimo museo, un “InsectoZoo” dedicado a los insectos sociales.

Seguimos por la N­258, poco transitada, atravesando la planicie alentejana, cruzando algunos pueblos más llegamos al pequeño Alvito, otro pueblo blanco con toques de azul y morado en sus fachadas y que, en esta ocasión, no está elevado, sino en el llano; cruzamos pasando frente a su “castelo­pousada”, advertimos el estilo manuelino en algunos de sus sitios de interés patrimonial y nos dirigimos a Viana do Alentejo siguiendo la misma carretera que traíamos y con la misma soledad que nos acompañaba. En general, durante el recorrido el tráfico ha sido escaso, no me he cruzado con ninguna moto y podía deducirse que el tráfico es local; pues, recordemos, que estamos fuera de las rutas turísticas señaladas en las guías.

En Viana do Alentejo se impone un recorrido por sus viejas calles y una visita a su pequeño castillo en el centro de la población. Cerca está Nuestra Señora de los Aires, un centro de peregrinación de la zona con el nombramiento de Monumento Nacional para su ermita.

Ahora la carretera que nos lleva a la siguiente parada, Alcaçovas, es la N­257; diferente nomenclatura para una carretera exactamente igual que la anterior: estrecha, con buen asfalto, poco transitada, muy recta y atravesando alcornocales y algunas viñas. En principio parece un pueblo más de la zona con sus características comunes, y así es; pero resulta que fue aquí, allá sobre el año 1500, donde se firmó un importante tratado entre Portugal y los Reyes Católicos y por efecto del cual quedó repartido el Atlántico, entre otras cosas. De aquí la actual adscripción de Las Azores, Madeira o Las Canarias. Aquí se impone una visita, cuando menos a la fachada de su preciosa iglesia.

La carretera ahora que nos lleva a Montemor o Novo es la mítica N­2, carretera de aproximadamente setecientos kilómetros que une norte y sur de Portugal. Actualmente, la red de autopistas y autovías ha dejado a esta carretera en segundo lugar; pero dado su recorrido y su trazado parece haber adquirido un cierto valor sentimental, de modo que recorrerla, toda o a tramos, es una ruta muy típica y muy frecuentada por motoristas portugueses. Aunque en los treinta kilómetros que yo realicé es casi una recta, más adelante, además de recorrer parajes con alto valor paisajístico, su trazado la convierte en una “carretera divertida”. Actualmente, se conserva un 90% de su trazado con firme variado.

Montemor es una población grande cerca del área de influencia de Lisboa. Se puede llegar a los pies del castillo en moto, pues hay un extenso aparcamiento junto a la puerta de entrada.

Para quien viaje desde Badajoz a Lisboa por carretera (lo más recomendable) Montemor es un excelente sitio para hacer una parada antes de adentrarse en la gran urbe y desde aquí, o desde la cercana Vendas Novas, es una buena opción tomar la autopista para evitar el gran tráfico y la intrincada red de autovías en las inmediaciones de Lisboa, ya sea al entrar o salir de ella.

A partir de Montemor, estratégicamente situada, como se dijo, dejamos la N­2 y tomamos la N­4 hasta Arraiolos. Esta carretera, ancha, con arcén y firme en perfecto estado, digamos que parte Portugal por la mitad, pues discurre entre Lisboa y Elvas (casi Badajoz). Es la opción que recomiendo para llegar a la capital portuguesa si se entra desde Badajoz en vez de la aburrida y cara autopista (con la salvedad que antes indiqué para entrar o salir de Lisboa).

Ya desde la lejanía vemos el castillo circular y las casas blancas de Arraiolos e intuimos el desnivel de sus calles. Así que se aconseja aparcar y recorrer el barrio antiguo, ascendiendo hasta el castillo por empinadas calles y viendo su pieza artesanal por excelencia: las alfombras bordadas, en sus tiendas de artesanía.

A poca distancia y, otra vez por carretera estrecha, se llega al último destino de la ruta: Pavia. Aquí no hay castillo, pero sí una iglesia almenada y otras dos cosas de interés: una capilla dentro de un dolmen en el centro del pueblo y un restaurante llamado O Forno, donde, en mi opinión, sirven el mejor cocido y postres alentejanos de la zona.
Para Motoviajeros, texto y fotos: Manuel Galano.
http://eltabuco.blogspot.com

Quique Arenas

Director de Motoviajeros, durante más de 25 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR), embajador de Ruralka on Road y autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

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