Motoviajeros en la Patagonia Motoviajeros en la Patagonia
FacebookTwitterWhatsAppEmailMasFacebookTwitterWhatsAppEmailMas Meses antes de morir, Stephen Hawking advirtió que el ser humano debe encontrar un nuevo hogar en el universo si quiere sobrevivir. El... Motoviajeros en la Patagonia

Meses antes de morir, Stephen Hawking advirtió que el ser humano debe encontrar un nuevo hogar en el universo si quiere sobrevivir. El físico más famoso del mundo pronosticaba que en 200 años nuestro planeta será un lugar donde soplarán vientos de 300 km/h. Dos siglos parecen mucho, pero no son nada si lo comparamos con los 4.400 millones de años que tiene nuestro planeta. Para irnos acostumbrando, el “Guionista” –Charly Sinewan dixit- tiene en la Tierra un espacio donde el Creador y los hombres están haciendo las prácticas: Patagonia, una tierra extrema azotada por el viento, marcada a fuego por indómitas montañas, donde la naturaleza impone su ley.

¿Acaso puede existir una tentación más bella y seductora que recorrer en moto estos espectaculares escenarios? Atravesar el Estrecho de Magallanes, adentrarnos en Tierra de Fuego y llegar hasta el fin del mundo; contener la respiración ante la grandiosidad del glaciar Perito Moreno; rodar por la mítica Ruta 40 de Argentina y la Carretera Austral chilena, rodeados de bosques, picos nevados y ríos de un turquesa imposible; recuperar energías con un suculento asado patagónico; sentir la soledad de las enormes extensiones; enfrentarse al ripio en los pasos que se adentran en la cordillera de los Andes… ¿Hay algo en el mundo comparable a esto?

En la Patagonia, allá por donde vayas te topas con nombres que evocan, en sinonimia, la aventura, la exploración y el desafío: ahí están la cordillera Darwin, el pico Fitz Roy, el canal Beagle, las huellas de Ernest Shackleton en su conquista del Polo Sur… Esta tierra ha ejercido como un gigantesco imán para el ser humano en su afán por llegar hasta el último confín, la última frontera, esa cancha en la que Dios ha decidido preservar, como dentro de una gigantesca gota de ámbar, el inicio -y tal vez el final- de nuestro planeta y las especies que en él habitan.

Motoviajeros en la Patagonia

Alquiler de motos en la Patagonia

Sí, no hay duda. Hay que descubrir la Patagonia en moto. Y si es este año, mejor que el siguiente. ¿La razón? El asfalto poco a poco va devorando a bocados la sensación de heroicidad y romanticismo de antaño. En la última década, la modernización y accesibilidad han ido ganando terreno. Es un proceso inexorable. Necesario para el progreso, por supuesto. Pero contrario al desafío del aislamiento. No obstante, todavía quedan infinidad de tramos donde podemos sentirnos únicos, fundidos a esta porción salvaje de mundo. Bien los conocen Wilfredo Yaconis y Francisco Cortés, responsables de MotoRentAdventure. Desde España hay dos formas de explorar la Patagonia: o con moto propia, o alquilando moto en Sudamérica. La primera opción es muy costosa y solo se antoja práctica para un viaje de larga duración; además, asumimos el hecho de deteriorar muy considerablemente nuestra máquina. El arriendo de motocicleta en la Patagonia es una alternativa perfecta y MotoRentAdventure una opción ideal. Lo es por su emplazamiento, con sede en Coyhaique, Chile (equidistante a todos los lugares de interés); lo es por contar con una flota de motocicletas que cumplen con nota los requerimientos para este tipo de aventura; y lo es porque su profesionalidad y trato siempre amigable les convierte en garantes de un aval imprescindible a la hora de planificar y desarrollar el viaje.

Wilfredo Yaconis y Francisco Cortés, de MotoRentAdventure.

Para un reto de esta naturaleza, resulta esencial contar con unas motos que estén en perfectas condiciones de mantenimiento. También tener la tranquilidad de que toda la documentación, tanto de las motocicletas como lo relativo a las gestiones de aduanas, pasos fronterizos y seguros, estará preparada correctamente, y saber que en caso de requerir ayuda o asistencia, la empresa responderá con celeridad y eficacia. MotoRentAdventure se ajusta a todos estos parámetros. Allá donde los recursos y posibilidades no son como en Europa –dicho sea sin desdoro-, el contar con un referente así vale un potosí.

Gracias a estos detalles, básicos pero esenciales, Patagonia es un sueño al alcance de la mano. Más de lo que pudiera parecer. En aspectos concretos, más accesible en tiempo y dinero que hacer un Cabo Norte. El vuelo de ida y vuelta ocupa dos noches; en caso de que Morfeo pierda la batalla frente al nerviosismo, los aviones ofrecen comodidades y servicios multimedia para combatir el insomnio (películas, música, juegos…) y el compás de espera se hace llevadero. Y lo más importante: en 15 días es posible completar un itinerario que incluye lugares tan imperdibles como Ushuaia, Parque Nacional de los Glaciares, Torres del Paine, todo ello a través de la Carretera Austral y la Ruta 40. También en términos presupuestarios el alquiler de las motos y el coste de cada jornada arrojan un monto inferior al de Nordkapp. Y tiene ventajas: compartimos idioma y el euro saca músculo. Pero es que además la sensación de aventura es incomparable y muy diferente a todo lo conocido. Las pistas de ripio cordilleranas no tienen parangón en nuestro continente. El cono sur aún es un desafío, Europa no tanto. El hombre, en la Patagonia, tiene perdida la batalla. Hace falta mucho más que una capa de alquitrán para conquistarla. Se trata de un imperio inalterado y casi inalterable, donde aún podemos sentirnos exploradores de parajes vírgenes: con apenas 1,9 hab/km2 existe una infinidad de lugares descontaminados de zonas industriales, aglomeraciones y ruidos.

Rodando con las Yamaha XT660Z Tenere.

La Patagonia, territorio compartido por Chile y Argentina, tiene por pies un enjambre de islas entre la que destaca la más grande de Sudamérica: Tierra del Fuego, llamada así por la visión que tuvieron de ella los primeros exploradores de sus costas, que divisaban desde sus barcos constantes hogueras, la manera en que tenían de protegerse del frío los aborígenes Selk’nam y Yámanas. El mítico Cabo de Hornos continúa enfrentándose con sus Cuarenta Rugientes a los osados navegantes que intentan unir en travesía los dos océanos más grandes del mundo. Más allá solo está el paso de Drake y la Antártida. Aparcar las motos en el puerto de Ushuaia y ver partir los barcos en busca de este vasto desierto helado produce arrebato.

Punta Arenas
Nuestro viaje por la Patagonia comienza en Punta Arenas, capital de la provincia chilena de Magallanes. Hasta la apertura del canal de Panamá en 1914, la ciudad fue el mayor centro de comercio y abastecimiento de los navíos que conectaban los océanos Atlántico y Pacífico, de ahí su actual aspecto europeo y cosmopolita. Para las cifras poblacionales que se registran en el hemisferio sur, Punta Arenas es un núcleo populoso que supera las 130.000 personas censadas. Su plaza de Armas es el centro neurálgico de la ciudad, y la escultura en bronce dedicada a Magallanes uno de los monumentos más fotografiados. Cuenta la leyenda que todo aquel que bese o ponga su mano en el pie del indio del monumento volverá a Punta Arenas. Nosotros lo desgastamos de tanto tocarlo. Lo tuvimos claro.

La figura de Fernando de Magallanes resulta imprescindible para comprender la historia de Punta Arenas.

También merece la pena visitar el Museo Naval, que conserva parte del patrimonio histórico naval y marítimo de la región de Magallanes y Antártica Chilena, la catedral, el Museo de la Nao Victoria, donde se exhibe una réplica a escala real de la primera embarcación en dar la vuelta al mundo, el monumento al Ovejero en la avenida Bulnes y el cementerio municipal, cuya singular arquitectura de sus mausoleos y jardines relata silenciosamente la historia colonial que eclosionó en la península de Brunswick. A través de la Costanera del Estrecho de Magallanes encontramos, como esqueletos espinados de viejos peces, los restos de antiguas embarcaciones. La actividad portuaria fue incesante, y cientos de marineros surcaron las aguas para recorrer el mundo desde este estratégico punto. Este paso bioceánico fue testigo de infinidad de expediciones de intrépidos navegantes, tanto españoles como ingleses, holandeses, y franceses. Durante los siglos XVI al XVIII se produjeron multitud de naufragios, y las figuras de Francis Drake, Pedro Sarmiento de Gamboa, Malaspina, James Cook y, por supuesto, Fernando de Magallanes, son nombres que han quedado grabados en la historia de la navegación y la exploración.

No es necesario alejarse mucho para alcanzar Isla Magdalena, cuya riqueza y diversidad biológica tiene su mayor expresión en la colonia de pingüinos magallánicos que anidan entre noviembre y marzo.

Descendiendo por la ruta 9 llegamos al Fuerte Bulnes, Monumento Nacional desde 1968 y recuerdo silencioso de la soberanía establecida en estas hoscas tierras. Las condiciones en las que vivieron los colonizadores en Puerto del Hambre –el nombre lo dice todo- y alrededores fueron tan duras, que desde su construcción, en 1843, apenas pudo mantener una población estable. El trayecto sobre nuestras motos, con el azul intenso del Atlántico siempre a nuestro lado, es el mejor entrante para un viaje superlativo. Los primeros cauquenes, con su precioso plumaje y su carácter hospitalario, parecen darnos la bienvenida.

Hacia el norte, el Aeropuerto Carlos Ibáñez del Campo favorece las comunicaciones con una ciudad que sorprende favorablemente a cuantos la visitan, y que es punto de partida, ni más ni menos, del circuito Antártico.

Interior del Hotel José Nogueira, Punta Arenas.

Dónde dormir
Hay un edificio que destaca por encima del resto en Punta Arenas, el Hotel José Nogueira, una mansión que encierra en su ADN parte de la historia misma de la ciudad, detrás de la cual pervive el suntuoso anhelo de la rusa Sara Braun, quien tras el fallecimiento de su esposo, el portugués José Nogueira, pasó a administrar la inmensa fortuna generada por el empresario con actividades navieras, la caza de lobos marinos y la ganadería. Parte de la herencia fue destinada a construir esta exuberante vivienda, convertida en un palacio de estilo neoclásico que alberga en la actualidad un exclusivo hotel. Tanto la construcción como buena parte de los edificios que la rodean han sido declarados monumentos nacionales.

Además de la singularidad arquitectónica del inmueble y el buen gusto en la decoración de las 22 habitaciones del hotel, hay un espacio donde la cerveza austral sabe como en ninguna otra parte: el Bar Schackleton, inspirado con su fina decoración clásica y estilo europeo en la figura del pionero explorador británico. Anexo encontramos el Restaurant La Pérgola, que sirve los más selectos platos de la gastronomía local, y cuyo menú es posible degustar reservando con 24 horas de antelación. También el desayuno tiene lugar aquí, bajo el emparrado por el que se filtran los primeros rayos de sol. No hay mejor modo de comenzar el día.

Navíos que naufragaron para siempre, camino del Fuerte Bulnes.

Fin del mundo, principio de todo
Desde Punta Arenas, a través del cruce por el ancho Estrecho, un transbordador nos lleva hasta Porvenir, un insignificante pero imprescindible porción cuadrangular con el aspecto de un cordaje de raqueta, que alberga alguna que otra tienda donde los perros hacen guardia y marcan territorio sobre los benditos Conti. Hasta aquí llegaron chilotes y croatas en busca de oro. Y bautizaron al asentamiento de manera optimista.

Porvenir. Qué nombre más quimérico. Aunque nunca se sabe, tal vez algún día, cuando los 150 kilómetros de polvo que lo unen a San Sebastián se transformen en una costra negra invencible… Tal vez sí lleguen más vehículos. Y más gente. Y más dinero. Y más negocios. Y más turistas. Y se forme el bucle. De momento, solo es un lugar del que despedirse en busca del fin del mundo.

En apenas dos horas estamos rodando en superficie insular. La gran isla de Tierra de Fuego se abre ante nuestros ojos con sus cielos infinitos y nuestro primer ripio. Para quien no lo sepa, el ripio es piedra molida, cantos rodados apelmazados de manera más o menos compacta, y el único “asfalto” conocido durante años en estas inhóspitas zonas del extremo sur continental.

Los TKC70 de Continental, en las "autopistas" patagónicas.

Patagonia y ripio, inseparable binomio. Uno entra en él como a una relación a los 40: con recelo, dudas, pausas y miedo a pasarlo mal… Al poco, ese temor se convierte en una pasión desbocada de juventud, y te ves flotando entre millones de piedras a más de 90 kilómetros por hora, feliz como una perdiz, desmelenado y sin miedo a nada. También ayuda el contar con los mejores neumáticos que se han creado para uso mixto: los TKC 70: leales, seguros, duraderos… Máximo agradecimiento a Continental por conseguir que la conducción resulte más fácil y segura, y más cuando estás a 12.000 kilómetros de casa. Ni un solo pinchazo. Ni un solo susto. Dopamina contra el ripio.

El pilotaje sobre guijarros tiene sus reglas. Pero también sus recompensas. Te obliga a mantener la tensión todo el tiempo. A no abandonar las roderas. A estar concentrado manteniendo el empuje y la inercia adecuada. Lo habitual es que el viento se sume a la fiesta, y dé un plus de adrenalina a esta relación de amor-odio. Y también los guanacos, que observan imprevisibles desde su conspicua atalaya de piel rubia. Cuando le pillas la gracia al ripio, el asfalto te parece un rollo patatero, y solo estás deseando que llegue el momento de abandonar los modernos pavimentos para reencontrarte, en furtiva cita, con esos cantos rodados que tanto animan las jornadas de conducción. Aunque a veces, cuando te cruzas con pesados camiones, la densa nube marrón que se levanta convierte el encuentro en una ruleta rusa. Conduces a tientas, aguardando el final del efecto Doppler, confiado en tu sentido de la orientación y en alguna estampita de San Cucufato que tu tía la monja (todos hemos tenido alguna tía monja, ¿no?) te regaló cuando eras pequeño, por si acaso su efecto es aplicable en tierras tehuelches. Y entre nube de polvo y nube de polvo, chaparrón. Pero jugamos con ventaja. El traje Rukka Energater se ha confirmado infalible: ya puede caerte un diluvio encima, que no cala. El laminado tricapa de Gore-Tex expulsa a empujones el agua. Como si un equipo de béisbol en miniatura batease endiabladamente una por una cada gota de lluvia. Eliminar del equipaje los abultados y engorrosos impermeables lo cambia todo. De las protecciones y calidades de Rukka no es necesario añadir nada. Igual de eficaces se mostraron los guantes Rukka Virium y los Held Twin y Tonale. En honor a la verdad… contar con un equipamiento de tantísima calidad es como un dopaje contra las adversidades. Llegar mojado hasta los huesos y congelado de frío un día sí y otro también no es sostenible. Te puede amargar el viaje e incluso crearte situaciones poco seguras. Por eso, sin ninguna duda una de las cosas que resaltaría del viaje es el equipamiento. No ha fallado nunca: práctico, cómodo, seguro, aclimatable a todas las situaciones meteorológicas y.. todo sea dicho de paso, con una estética actual que, manteniendo el sello inconfundible de la firma finlandesa, lo aproxima más al gusto trail moderno que al corte touring de siempre. El Rukka Energater es un acierto pleno. Gracias infinitas al equipo de Dynamic Line.

Una parada obligada.

En cuanto al equipamiento de la moto, Shad ha creado unas novedosas y resolutivas bolsas sobredepósito con sistema de fijación ultrarápida: las Pin System han sido puestas a prueba bajo todo tipo de condiciones durante 5.500 kilómetros y han pasado el examen con nota. El carácter expandible de la E-16P es altamente funcional y su estructura semirrígida todo un acierto. La bolsa impermeable con la que podemos cubrirla en caso de lluvia no flamea y se ajusta a la perfección, incluso en altas velocidades. Tiene salida para el cable USB, ventana con pantalla táctil para el smartphone y una práctica correa de transporte. Otro acierto más. Y uno más: contar con un buen seguro de viajes -imprescindible-, como el de Pont Grup… aunque lo mejor de los seguros, es no tener que necesitarlos.

Pisando asfalto
Ya en territorio argentino, la Ruta 3 se convierte en una alfombra atezada junto al inmenso mar. El viento sigue soplando. Las nubes se desplazan ferozmente. Y los guanacos corren a nuestro lado, despreocupados en exceso, como cuando nosotros volamos por el ripio, aunque los pequeños santuarios del Gauchito Gil nos obligan a detener el ritmo y abrazar por un momento las místicas creencias de este personaje popular que tantos favores concede a los conductores.

Ya sé que son historias de abuelo cebolleta, pero al pasar por Río Grande no puedo evitar pensar en cuánto ha cambiado todo desde que en 2011 estuviese por primera vez en la Patagonia. Creo que es el maldito asfalto. ¡Le estoy cogiendo una tirria! Aunque tengo guardadas en la retina imágenes imborrables: recuerdo la dermis negruzca que asoma en la costa con bajamar, ¡eso no ha cambiado! Y los pequeños ríos que surcan esta planicie inabarcable, como capilares azulados, ajenos a los pozos petrolíferos que expulsan bocanadas de fuego desde las entrañas de esta tierra yerma y viva al mismo tiempo. McBauman se detiene en una señal a pie de carretera. Peligro: viento. Y sopla para crear un selfie ingenioso. Mc hace magia, y crea hologramas increíbles allí donde los demás tan solo vemos anodinas secuencias del día a día.

Estrecho de Magallanes.

La misma carretera que nos abriga sin sobresaltos alcanza Tolhuin. ¡Qué sonoridad tiene esta palabra! Hablando de sonoridades… más o menos a la misma altura cartográfica, pero pegado al Atlántico, hay algo llamado El Quique. ¡Y venimos de Punta Arenas! ¡Guiños cómplices!

Poco a poco la visión esteparia desaparece y comienzan a emerger de la nada tupidos bosques, castoreras y picos nevados. El lago Fagnano marca ese punto de inflexión. La temperatura desciende y abrimos gas para escalar por el paso Garibaldi rodeados ya por un horizonte de montañas. Puede sentirse. Ushuaia aguarda al otro lado, casi en la noche que se nos viene encima, como un puma amaestrado. El pulso se acelera y… ahí están, las dos torres que dan la bienvenida al fin del mundo. No puedo evitar pensar en mi amigo Óscar Horacio Díaz, al que le prometí volver. En su memoria tengo una BMW R 1150 GS Adventure exactamente igual a la suya. La misma que pudimos ver al día siguiente en su casa, cuando su familia nos invitó a cenar. Allí estaba la moto, también dormida para siempre, bajo una manta, casi humanizada, también inerte. Y allí estaban amontonados recuerdos imborrables de toda una vida. Solo puedo decir una cosa: Sonia, Mariana y Martina, gracias por vuestra amistad. Óscar nunca se irá del todo.

Los viajes también son los amigos. No todo es avanzar, conducir, pasar. Hay personas, lugares y recuerdos que quedan para siempre, y que germinan como impulsos renovados para continuar jugándonos el tipo haciendo aquello que amamos.

Bahía Lapataia.

Estamos en Ushuaia, fin del mundo, principio de todo. Una emoción indescriptible recorre el cuerpo. Debería ser una especie de punto final para un viaje, pero en nuestro caso es casi el inicio, y aunque no sentimos la lógica gratificación del triunfo, sí notamos un bullicio interior de alegría revitalizante. Nos sentimos felices por estar aquí. Hay tanto por ver, que estamos realmente impacientes por alojarnos en el Hotel Canal Beagle, recuperar energías y descubrirlo todo a la mañana siguiente.

Las noches australes tienen estrellas desconocidas. La Cruz del Sur preside la gran bóveda. Cuántos exploradores, cuántos navegantes, cuántos científicos y cuántos aventureros habrán alzado su vista al cielo sobrecogidos desde este icónico lugar… Al fondo nos observan silentes el Monte Olivia y el Glaciar Martial. La noche y el cansancio caen sobre nosotros hasta sumergirnos en un profundo sueño.

Con Marcelo Aliendro, presidente del Motoclub Latitud 54 Sur, que organiza anualmente el Encuentro de Motoviajeros.

Ushuaia también es una referencia para los motoristas de todo el mundo. De hecho, el Motoclub Latitud 54 Sur organiza cada año una concentración internacional, encuentro al que cada año acuden más viajeros, y cada vez procedentes de lugares más lejanos. Su presidente, Marcelo Aliendro, nos recibe con una inconfundible sonrisa de camaradería, y ejerce de fantástico cicerone por las pistas que nos conducen hasta Lapataia. Rodamos entre bosques de lenga, y descubrimos el lago Acigami y la ensenada Zaratiegui, en cuya bahía el septuagenario Carlos de Lorenzo continúa estampando su vetusto e incunable sello en nuestros pasaportes. Sus níveos bigotes prusianos forman parte del atractivo turístico que atesora su oficina postal.

Al igual que ocurre con la legendaria Ruta 66 norteamericana, donde todo lleva la muletilla relativa a la “mother road”, en Ushuaia todo es del “fin del mundo”. Como el Ferrocarril Austral Fueguino, o la cárcel, o incluso el cartero de Zaratiegui. Y para una cosa que los turistas repiten como un mantra, que es el faro del fin del mundo, resulta que no existe. Y lo que es más curioso aún: lo confunden con el Faro les Éclaireurs (los exploradores), cuya plácida excursión marítima -un safari fotográfico-, no tiene desperdicio alguno.

El Faro del Fin del Mundo solo ha existido en el imaginario de Julio Verne, que basó su libro homónimo en el fanal levantado en la isla de los Estados, el faro de San Juan de Salvamento. En la costa atlántica francesa se encuentra una réplica, construida sobre pilares, frente a la costa de La Rochelle. En Ushuaia también existe una reproducción, que puede ser visitada junto al Museo Marítimo y del Presidio de la ciudad.

Los faros son cosa de Mc. Por eso la navegación hasta la isla de los Lobos y les Éclaireurs, en el canal Beagle, resultó especialmente emotiva. Nuestro agradecimiento para la naviera Tolkeyen Patagonia, que ofrece una travesía repleta de comodidades para que la experiencia resulte inolvidable. La sensación de acercarnos en catamarán hasta el hábitat natural de lobos marinos, pingüinos, cormoranes y otras aves es realmente indescriptible, y nos deja como saldo un álbum de fotos para enmarcar. Es como estar dentro de un documental de naturaleza.

Todo aquí desprende un magnetismo genuino. Dan ganas de no marcharse jamás. La Estancia Haberton, las innumerables actividades de turismo activo, la oferta gastronómica de la ciudad… invitan a abrir un paréntesis infinito. Haciendo multitud de cosas. O tal vez no haciendo nada en especial. Siendo dueños de nuestro propio tiempo. Viviendo, con todas las letras. Sin más. El Hotel Albatros acoge nuestros sueños.

Pero hay que continuar. No podemos quedarnos. Una opción para no repetir el paso del Estrecho es regresar a Punta Arenas por el cruce de Primera Angostura, que hilvana con rapidez el transbordador que parte de Bahía Azul rumbo a Punta Delgada. Apenas 4 kilómetros de brazo de mar donde es habitual ver a las toninas overas saltando y jugando al escondite, en el único circo de animales que debería estar permitido, allí, en su medio natural. Dejamos atrás el Estrecho de Magallanes, vamos en busca del Pacífico. Pero antes, hacemos noche nuevamente en Punta Arenas. Es una delicia regresar al Hotel José Nogueira. Aunque no encuentre mis pantalones de vestir y tenga que bajar a recepción con la ropa interior térmica de Held, cual Nuréyev patagón. Todo sea por garantizar el agua caliente de la ducha…

En Tierra del Fuego.

Última Esperanza
El español Juan Ladrilleros capitaneó la primera expedición colonizadora que visitó esta zona. Fue enviado por el Gobernador de Chile, en 1557, con el fin de encontrar el Estrecho de Magallanes. Los historiadores deducen que el moguereño bautizó con el nombre de “Última Esperanza” al fiordo donde actualmente se ubica Puerto Natales –fundada en 1911-, ya que ésta fue su “última esperanza” de encontrar el Estrecho. Posteriormente se convertiría en el primer explorador en conectar los canales patagónicos en ambos sentidos.

La capital de esta provincia no ha parado de crecer. Rodeada por un paisaje de postal, Puerto Natales es la puerta de entrada al Parque Nacional Bernardo O’Higgins y los glaciares Balmaceda y Serrano, Parque Nacional Torres del Paine y Cueva del Milodón, un herbívoro de grandes dimensiones, extinguido hace unos 10.000 años, y cuyos restos aparecieron en 1896 en estas cavernas ubicadas a 24 kilómetros al norte de la ciudad.

Atardecer en Puerto Natales.

Nadie debería perderse un atardecer en Puerto Natales. Un imponente cordón montañoso flanquea las adormecidas aguas del Canal Señoret. Los colores del cielo, las paredes de roca y nieve del horizonte y el mismísimo agua cambian cada minuto. Sobre los desvencijados postes de madera del muelle viejo empiezan a tomar posiciones infinidad de aves, encandiladas por la luz del ocaso. Alrededor, cisnes de cuello negro, patos, cormoranes y flamencos compiten, entre suaves ondulaciones, por acaparar la atención de los turistas. Es una visión hipnótica.

Se cumplen 140 años desde que llegase a la Patagonia la primera “turista” conocida, Lady Florence Caroline Dixie, escritora, corresponsal de guerra y pionera de los derechos de la mujer, quien junto a otros aristócratas ingleses decidió promover una expedición para visitar “la tierra de los Gigantes”. Su experiencia quedó reflejada en el libro “A través de la Patagonia” (Ed. Continente).

Mucho ha cambiado desde entonces. Y hoy en día es posible disfrutar de una oferta de servicios amplia y acorde a un país, Chile, que ha sido seleccionado por Lonely Planet como el mejor destino turístico “Best in Travel 2018”.

Dentro de esta oferta subrayamos el Hotel Casa de la Patagonia, ubicado en el 407 de la calle Bulnes, en el centro comercial de la ciudad y a escasos metros de la plaza de Armas y numerosos restaurantes donde poder degustar la exquisita gastronomía regional. Es un alojamiento de reciente creación, tranquilo y confortable, que cuenta con seis habitaciones modernas y espaciosas. También dispone de un espacio bajo cubierto donde poder guardar las motos, algo siempre muy a tener en cuenta. Gracias a Arturo Baez y, muy especialmente a SERNATUR de Puerto Natales, por su inestimable ayuda.

Torres del Paine.

Torres del Paine
Dentro de la región de Magallanes y la Antártica Chilena destaca un escenario único en el mundo, el Parque Nacional Torres del Paine. Parece imposible que pueda existir un lugar así. Y más imposible aún que sea accesible por vía terrestre, en cualquier época del año, porque eso nos permite adentrarnos con las motos hasta el mismísimo corazón de un decorado natural inimaginable.

Reconocido por la Unesco como Reserva de la Biosfera, sus desafiantes picos, glaciares y lagos, así como sus variaciones climáticas y la riqueza de flora y fauna silvestre, confieren a este parque un carácter impetuoso y prístino. La visión de los Cuernos y las Torres del Paine, los farallones de granito que nominan al parque, es tan sobrecogedora que uno solo puede sentirse privilegiado por tener la oportunidad de alcanzar lugares tan extraordinarios. Abajo, en la tierra, los guanacos campan a sus anchas. Están por todos lados. En el cielo, los caranchos y cóndores aprovechan las violentas corrientes de aire para sobrevolar un reino irreal. Y el lago Pehoé nos regala una de las fotografías más bellas de todo el viaje. Las aguas inundan un paisaje esculpido violentamente. Los lagos Grey, con su fastuoso glaciar, Nordernskjöld, Sarmiento, Dickson, Escondido, Paine; el conjunto de lagunas Verde, Calafate y Honda, pero también las lagunas Baya, Marco Antonio, Lakal, Azul, Linda… El agua, en estado líquido o sólido, abraza, perfora o se incrusta en cada rincón. También baja de los cielos. A veces de forma torrencial: en 2018 se han inundado amplias zonas del parque. Otras veces, las gélidas temperaturas tiñen de blanco los crespones negruzcos de las cumbres, que superan los 2.500 metros de altitud. Tan formidable resulta adentrarse en este paraíso terrenal con tiempo apacible como amenazante.

Un guanaco observa desde su atalaya; en la Patagonia habita su depredador natural, el puma.

En moto, una incursión de un día nos permite inspeccionar los lugares más icónicos del parque. La pista está muy compactada y existen numerosos puntos donde poder detenernos para disfrutar de cuanto nos rodea. Los amantes del trekking pueden adentrarse en circuitos más ambiciosos, e impregnarse con su diversidad de ecosistemas. Una red de senderos –el más famoso es el de la “W”, de 76 km-, conecta los puntos, refugios, macizos y miradores más espectaculares. Con algo más de tiempo, unos ocho días, es posible alcanzar las zonas más elevadas, como el paso John Gardner, y tener bajo nuestros pies el campo de Hielo Patagónico Sur, la tercera superficie de hielos continentales más grande del planeta. Casi la superficie de toda Eslovenia. Acongojante.

Perito Moreno
Cambiamos de país a través del Paso Río don Guillermo. Y nos adentramos, de lleno, en la Ruta 40 argentina. Vital echar combustible, la tan apreciada nafta, en el surtidor de Tapi Aike, una especie de árbol de Teneré en el desierto. Después, sin duda, hay que mantenerse en la 40 acortando el trayecto hasta El Calafate. Ripio “del bueno”. Aunque a estas alturas, ¡no hay ripio malo! Cae la tarde y rodamos solos, en paralelo, rápidos y confiados, esquivando zorros y algún ñandú despistado. La noche nos entrega las luces de la ciudad, al fin, y la inagotable hospitalidad de Rossana Poinsot y Eduardo Arabarco, ‘motoquero’ apasionado, excelente conocedor de la Patagonia y el mejor anfitrión posible para una noche de largas conversaciones viajeras, hermanamientos y también agradables recuerdos de las visitas de Vitín y Xuancar, motoviajeros españoles que han pasado por su casa.

Glaciar Perito Moreno.

El Parque Nacional Los Glaciares se ubica en el sudoeste de la provincia de Santa Cruz. Fue declarado Patrimonio Mundial por la Unesco en 1981. Glaciares como el Upsala, el Viedma y el Spegazzini se integran en sus dominios. Por encima de todos ellos sobresale el Perito Moreno, una masa móvil del tamaño de Buenos Aires que cada ciertos años -2006, 2008, 2012, 2016- registra un fenómeno que despierta la fascinación del mundo entero. Al contrario que ocurre con otros glaciares, que están en regresión, desde al menos 1947 el Perito Moreno avanza permanentemente hasta conectar con la península de Magallanes, formando un muro natural que bloquea el paso del agua desde el Brazo Rico hasta el Canal de los Témpanos, dividiendo el lago Argentino. Tan solo dos días después de nuestra visita, el dique de hielo que conectaba la lengua del glaciar con la península colapsó. Ocurrió de noche, el pasado 11 de marzo. Esta vez no hubo testigos, pero durante días centenares de personas se congregaron en las pasarelas para contemplar cómo el agua perforaba el glaciar formando un túnel, mientras se sucedía el desprendimiento de enormes bloques.

El glaciar tiene una altura media de 75 metros, 30 kilómetros de largo y un frente de unos 5 kilómetros. El blanco y las distintas tonalidades de azul se funden y compactan para crear texturas imposibles. No solo se ve. También se oye: los crujidos del hielo al deslizarse o fracturarse causan un estruendo difícil de olvidar. El Perito Moreno atrae cada año a más de un millón de visitantes. El entorno es absolutamente abrumador. Tras la Antártida y Groenlandia, el Campo de Hielo es la mayor reserva de agua dulce del mundo.

Un bloque de hielo se desprende del glaciar.

Es difícil proseguir cuando el listón se queda tan alto. Pero aún nos queda enamorarnos del intenso color del lago Viedma en su discurrir hasta El Chaltén. Las nubes nos impiden disfrutar con la visión del Cerro Torre y el Fitz Roy. Toca resignarse, una vez más la naturaleza manda. Buena onda.

Carretera Austral en moto

Un millar de kilómetros. Una ruta escénica incomparable. Un estallido de vida y diversidad paisajística. La carretera austral se inicia en Puerto Montt y se extingue en Villa O’Higgins, al sur del sur, rodeada de glaciares. En ocasiones, se hace imprescindible utilizar trasbordadores para poder avanzar, como en Puerto Yungay.

En la Carretera Austral puedes detenerte a contemplar o probar tus límites, buscar los pasos cordilleranos más remotos o sentir la hermosa virulencia de ríos como el Baker y el Neff, cuya confluencia desata uno de los estallidos sensoriales más intensos de Chile.

Confluencia de los ríos Baker y Neff.

El cruce desde Argentina a través de Rodolfo Roballos es, es… ¡la caña! Viniendo desde Gobernador Gregores y la Ruta 40 es imprescindible repostar en Bajo Caracoles, un ¿pueblo? de película. Repostar… o al menos intentarlo, porque no siempre hay combustible, y el camión de abastecimiento pasa cuando pasa. Lo que sí hay son dos surtidores del pleistoceno, que si hablaran… ¡la de historias que contarían! A cambio, muchos de estos protagonistas fugaces han fijado sus adhesivos hasta en las mangueras de suministro. Y es un pasatiempos como otro cualquiera buscar logotipos y nombres conocidos. Por aquí también pasó Agustín Ostos (Soy Tribu), un llerenense que se subió a la moto para dar la vuelta al mundo y compartir sus reflexiones y magníficos vídeos con los demás. La pegatina de Motoviajeros se sumó al collage cromático. Desde Gregores hasta Cochrane, ya al otro lado de la cordillera, 430 kilómetros después, no hay ningún otro resto de civilización. Salvo el paso fronterizo, donde unas cuantas gallinas picotean el suelo en busca de alimento mientras los gendarmes aprovechan las horas de luz solar, al carecer de suministro eléctrico en el puesto. Así pues, Bajo Caracoles no deja de ser un bote salvavidas en mitad de la nada. Y también un superviviente de sí mismo y su austera lejanía. Como también lo son los perros extendidos en la explanada de la gasolinera, que han perdido todo interés por la vida, porque no hay nada que se pueda hacer en kilómetros a la redonda. Sopla el viento.

Adentrándonos en el Paso Rodolfo Roballos.

Horadar los Andes y olvidarse del asfalto durante unas cuantas horas es el mejor entretenimiento que uno puede plantearse en estos pagos. El lago Ghío y centenares de guanacos diseminados por doquier aguardan, pacientes, la llegada del viajero. Un desvío señalizado al despiste marca el camino a seguir. Son 90 kilómetros hasta la Gendarmería Nacional. De ripio y disfrute. Y 70 más atravesando la cordillera, entre picos majestuosos y vientos atrapados. Rapaces imperiales y valles de ensueño, como el Chacabuco, donde el multimillonario conservacionista Douglas Tompkins (fundador de North Face y la marca Patagonia) estableció una de sus estancias más conocidas.

La ruta fue una recomendación expresa de Wilfredo Yaconis y Francisco Cortés. Las motos de MotoRentAdventure volvieron a ser, una vez más, las mejores aliadas posibles. Qué delicia pilotar por estos lugares. Qué sensación adentrarse en las entrañas de estas solemnes montañas. Qué emoción superar nuestras propias dudas interiores y disfrutar de este minúsculo, pero intenso éxito. Somos insignificantes. Lo somos en cualquier situación, objetivamente. Aquí, en mitad de esta cicatriz del mundo, donde la tierra se retuerce y en ocasiones se revela fatalmente.

Rumbo a Villa Santa Lucía.

Como en la pequeña Villa Santa Lucía, al norte de la Ruta 7, donde las intensas lluvias y el desprendimiento de un glaciar provocaron en diciembre de 2017 un terrible “aluvión” que sepultó al pueblo bajo un torrente de lodo, rocas y árboles. Fallecieron 21 personas. A escasos kilómetros de Chaitén, otra pequeña población a los pies de un volcán homónimo, que en 2008 despertó de su letargo arrasando todo cuanto había alrededor. La erupción y los subsiguientes desastres naturales convirtieron al Chaitén en un pueblo fantasma, invadido por la ceniza volcánica. Aquí la naturaleza es insuperablemente bella, pero también implacable si se lo propone. Tal vez sea parte de su hipnótico poder de atracción.

Atravesando los Andes en moto.

La Patagonia chilena, siendo una verdadera joya natural, dista mucho aún de ser devorada por el turismo masivo. Por suerte. La oferta de recursos y servicios ha aumentado -también aquí el asfalto va conquistando territorios-. Pero las distancias siguen siendo muy grandes, el acceso no resulta sencillo, el lazo del gaucho continúa recortando el aire para adiestrar animales salvajes y… ¡aún queda ripio! tabla de salvación y diversión en unos casos; ahuyentador de sibaritismos en otros.

Eso sí, cuando descubres el magnetismo de esta carretera, no puedes evitar caer rendido ante su grandiosidad. Toda ella es una reliquia venerable. Y en ella encontrarás esa agradable mezcla de aire europeo y estadounidense que te hace sentir como en casa, tan lejos de casa. Y también a una gente acogedora, extraordinariamente amable, educada y sonriente. Razón más que suficiente para no querer marcharte jamás. Y también su deliciosa gastronomía, variada y saludable. ¡Qué bien sienta brindar con un pisco sauer al final de la jornada!

Nalcas gigantes en la carretera austral chilena.

Las aguas turquesas de Futaleufú, santuario de pesca; la vitalidad de Coyhaique; el aire marinero de Puerto Aysén; el fiordo imposible de Puyuhuapi, rodeado de volcanes; el póster a tamaño natural del ventisquero colgante en el Queulat; la búsqueda del huemul, el huidizo ciervo endémico; el reconfortante calor de las cabañas en ruta; aquella pizza inmejorable en un diminuto chiscón de Puerto Bertrand… Uff, esta porción de Chile deja huella profunda.

A veces, como sacado de un cuento, pueden ocurrir cosas mágicas. Puedes parar a tomar unas fotos cerca del “Bosque encantado”. Estás rodeado de vegetación y glaciares dormidos. Una especie de selva tropical observada por picos nevados. Los saltos de agua caen por todas partes, y una imbricada red de ramas y hojas de vivo verde generan un telón de fondo inexpugnable. Las nalcas lo invaden todo. Y ahí, mientras esperas para subirte a la moto una vez que tus compañeros de viaje han pasado frente a ti para inmortalizar el momento, de repente, crees ver un fugaz movimiento a tu costado, acompañado por un sonido casi imperceptible. Bajo la lluvia, entre asustado y expectante, giras la cabeza en dirección a los arbustos. Es un colibrí. A escasos dos metros de ti, como flotando en un sueño. Introduciendo su pico entre los sépalos de rojo intenso de un chilco (Fuchsia magellanica). Se evapora en la espesura en un abrir y cerrar de ojos. Qué maravilla. Qué momento tan indescriptible. El bosque está vivo. Y tú eres privilegiado testigo. No es solo la moto, es todo lo que ocurre en torno a ella. Es todo lo que la moto te regala.

Ventisquero colgante, Parque Nacional Queulat.

Y así podríamos seguir y no terminar jamás, escribiendo líneas repletas de matices, giros interiores, imágenes que dejan boquiabierto a cualquiera. Lo mejor es que tú, querido lector, compañero, motorista, amigo, te sacudas los miedos y te animes a explorar este paraíso. No te arrepentirás. Quizá, quién sabe, hasta nos encontremos hablando en un futuro sobre la inclasificable experiencia de adentrarse en barca hasta las capillas de Mármol, en el lago General Carrera (el mismo que atrapó letalmente a Tompinks en sus encrespadas y gélidas aguas), o compartiendo pista encaramados al Paso las Llaves, bajo el vuelo de los cóndores, rumbo a Chile Chico, porque esta vez se quedó sin hacer… Sí, compartiendo pista, porque una cosa está clara: Patagonia hay que conocerla; una vez que la conoces, no tengas ninguna duda, regresarás. Recuerda, este año mejor que el siguiente. Antes de que el asfalto se apodere de todo. Antes de que sea demasiado tarde. Aún estás a tiempo, y es una de esas oportunidades que no se pueden dejar escapar.

Texto y fotos: Quique Arenas // Acción: Quique Arenas, McBauman, Wilfredo Yaconis, Francisco Cortés.

 

Quique Arenas

Director de Motoviajeros, durante más de 20 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR), embajador de Ruralka on Road y autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

No hay comentarios hasta el momento.

Ser primero en dejar comentarios a continuación.

Deja un comentario

CLOSE
CLOSE