Minas del Horcajo Minas del Horcajo
La carretera nacional 420, al sur de Ciudad Real, es amena de recorrer ya que serpentea junto al Parque Natural del Valle de Alcudia... Minas del Horcajo

Hasta mediados del siglo XIX, Minas del Horcajo no existía.

La carretera nacional 420, al sur de Ciudad Real, es amena de recorrer ya que serpentea junto al Parque Natural del Valle de Alcudia y Sierra Madrona; poco antes de llegar al límite con la provincia de Córdoba, un desvío hacia una anónima pista de tierra no debería haber llamado mi atención, sin embargo sí lo hizo un discreto cartel informativo: MINAS DEL HORCAJO, 7 KILÓMETROS.


”¿Minas?” Sea lo que sea, me vale esa excusa para recorrer una pista que, todo sea dicho, presenta un firme muy confiable para auparse en las estriberas y ver los 80 kilómetros por hora en el marcador; más allá del camino, multitud de encinas proporcionan una imagen esteparia de la mejor reserva de bosque mediterráneo de Castilla-La Mancha. No soy consciente de ello, pero estoy entrando en los dominios de lord Gerald Casvendish Grosvenor, sexto conde de Westminster, noveno conde de Grosvenor, vizconde de Belgravia y barón de Eaton, uno de los mayores terratenientes del mundo… y el hombre más rico de Gran Bretaña, con una fortuna 20 veces superior a la de la mismísima Reina Madre. También es el dueño de los terrenos que ahora recorro: la finca “Garganta” es probablemente el mayor latifundio de España, quince mil hectáreas de coto privado donde sólo se caza por invitación expresa. Allí fue donde, en 2004, el ahora emérito conoció a una tal Corinna.

La finca “Garganta” es probablemente el mayor latifundio de España.

Con semejantes amigachos, lord Gerald Casvendish Grosvenor podía sentirse libre de cometer cualquier tropelía, y así fue: para que no se escapen sus piezas de caza, no dudó en vallar todo el perímetro, desviar o eliminar multitud de caminos públicos, e incluso contratar a un grupo de guardas para que “informaran” a cualquier ciclista o paseante de que era una mala idea salirse del camino, o detenerse, o respirar demasiado fuerte, ya puestos.

Estos desmanes prepotentes del “lord” se vuelven imperdonables cuando se revuelven contra su particular grano en el culo: Minas del Horcajo, pequeño pueblo de glorioso pasado minero que ahora se asfixia rodeado por la finca del terrateniente. No hay asfalto que lleve hasta allí, cinco de sus siete caminos han sido anulados o vallados, y el acceso más directo es atravesando un viejo túnel ferroviario que mide poco más de un kilómetro. Al otro lado nos espera una historia de resiliencia.

A Minas del Horcajo llegamos a través de la N-420.

Hasta mediados del siglo XIX, Minas del Horcajo no existía; todo cambió con el descubrimiento de un importante filón de plomo y plata en el subsuelo de un inhóspito paraje en la sierra Madrona; la apertura de los pozos lo cambió todo, y rápidamente se asentó una comunidad que acabó siendo un pueblo con juzgado, hospital y casino. Minas del Horcajo vivió su máximo esplendor coincidiendo con el cambio de siglo, cuando llegó a tener casi 5000 vecinos, 900 de ellos directamente empleadas en la mina. En 1907, la inauguración de un ferrocarril de vía estrecha que comunicaba el pueblo con Puertollano y Peñarroya optimizó el transporte del mineral, hasta entonces penosamente transportado en carretas tiradas por mulas.

Del éxito a la desgracia, casi sin transición: en 1911, un súbito empobrecimiento de los filones combinado con la devaluación del plomo provocó el traumático cierre de las minas, y el consiguiente éxodo de muchos de sus vecinos, sin futuro en aquel remoto rincón donde sólo quedaba la alternativa del pastoreo o la explotación forestal. En 1951 hubo un intento estéril de “resucitar” los pozos, quedando éstos definitivamente inactivos en 1963. El tren de vía estrecha aún estuvo en servicio hasta 1970, y en él se fueron la mayoría de los pocos vecinos que aún quedaban.

Hoy, Minas del Horcajo tiene tan solo 8 habitantes que viven de manera permanente.

Minas del Horcajo entonaba su canto del cisne, que se aceleró aún más cuando, sin que el escritor haya sabido encontrar la razón, en 1975 entraron las excavadoras para arrasar las casas en las que no se vivía de manera estable, es decir, la inmensa mayoría. Solo quedaron “indultados” los castilletes de la mina, cinco o seis casas en la única calle transitable, y por supuesto la iglesia, que sobrevive precariamente junto a las ruinas del antiguo hospital. Poco antes de acabar el siglo XX, las obras del flamante AVE Madrid-Sevilla (que entra en el valle por un túnel y sale por un espectacular viaducto) utilizaron áridos del pueblo arrasado para los asentamientos.

Hoy, Minas del Horcajo tiene tan solo 8 habitantes que viven de manera permanente, más otra decena que vuelve en verano. El único “brote verde” es una casa rural a la que hay que llegar aprovisionado (el colmado más próximo está a 45 minutos de camino… y también el médico). Aislados, sin cobertura móvil -o por lo menos, yo no tenía-, sin médicos ni vida comercial, sólo les faltaba aquel inglés chulo y matón que corta caminos. Esa gente merece un monumento. Uno bien grande.

Manel Kaizen.-

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Quique Arenas

Director de Motoviajeros, durante más de 25 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR), embajador de Ruralka on Road y autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

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