Córcega, la isla de la belleza Córcega, la isla de la belleza
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Córcega, la isla de la belleza.

En ese momento antes de conciliar el sueño, bajo el confort de nuestro edredón en plena estación invernal, es cuando nos dejamos llevar e imaginamos el destino de las próximas vacaciones… Ese maravilloso lugar suele tomar forma de un mar de color azul turquesa, y una isla contorneada por una costa abrupta y salpicada de playas blancas; en su interior, dibujamos montañas de esbeltas cumbres, moteadas por bosques llenos de vida. Damos por hecho que habrá un buen clima, suficientemente caluroso para poder bañarnos, pero sin temperaturas extremas para disfrutar de un paseo por la naturaleza, o por pueblos cargados de historia. Y ya puestos a pedir, una buena gastronomía autóctona que pueda satisfacer nuestras debilidades culinarias.

¿Me dejo algo?… ¡Hombre, que somos moteros! ¡La adornamos pues con sinuosas carreteras con vistas espectaculares!

Nuestra parte más racional, a menudo derrotista, nos intenta convencer de que ese paraíso es utópico, está demasiado lejos, es inabarcable… Y sin embargo, está más cerca de lo que imaginas; los griegos la llamaron Kallisté (“la sublime”), los franceses “Isla de la Belleza” y actualmente recibe el nombre de Córcega.

Col de Bavella

Esta ínsula es realmente una montaña en medio del mar, con diversas cimas que superan los 2000 metros de altura, su cumbre más alta llega a los 2.710 m. Dos tercios son Parque Natural Regional, y muchos lugares han sido declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Además, los corsos son muy cuidadosos con su tesoro natural y no existen grandes complejos turísticos.

Córcega en moto

Primer día de viaje, ya de buena mañana, nuestro grupo de tres parejas se encontró en Medinyà (Girona) para iniciar la ruta; Joan & Asun en su Kawasaki Z1000SX, Julio & Emi a bordo de una BMW GS 1200 Adventure, y el que os escribe, con mi mujer Mon, en una GS1200 LC Adventure.

En ferry, Toulon.

“Ruteamos” más allá de la Jonquera, siempre con el mar a la vista, dejando atrás las lagunas de Leucata, la histórica ciudad de Beziers, y las lagunas en Seta. Después de un recorrido por vías rápidas francesas, llegábamos a Toulon para embarcarnos en nuestro ferry. Dejamos los trastos en los respectivos camarotes, para darnos una merecida ducha; Joan y Asun en la intimidad de su camarote doble, y los demás en la hermandad de un “espacioso” camarote cuádruple: perdón que paso… Un momento que me estiro en el catre para dejarte libre el pasillo… ¡Vaya golpe me he dado en la cabeza, la dichosa litera de encima está muy baja!… Esto podía haber acabado de muchas formas, pero en nuestro caso fue con un buen rato de risas.

A la mañana siguiente, la “melodiosa” megafonía nos informó de que se acababa la travesía, y que había que ir por faena… Efectivamente, al otro lado del “ojo de buey” de nuestra cabina, veíamos la bahía de Ajaccio (ciudad natal de Napoleón Bonaparte).

Ya en tierra firme, primera parada en una “boulangerie” para tomar unos cafés con tostadas; mientras estábamos en ello, un señor nos emplaza a mover las motos, con tan mala suerte que mientras bregaba con la BMW en parado, se me volcó en la acera. Ya teníamos la primera anécdota del viaje.

Primera parada, Iles Sanguinaires, que deben su nombre a la roca rojiza que se vuelve aún más intensa durante el ocaso.

Archipiélago de los Sanguinarios.

Continuamos costeando hasta Acqua Doria, donde nos desviamos hacia la D55. Una vía revirada, estrecha, bacheada e invadida por algún que otro animal autóctono. Este “padecimiento” tiene su recompensa en forma de vistas panorámicas de la bahía de Ajaccio, al pasar por Coti-Chiavari y Col de Cortene. Más adelante somos engullidos por la naturaleza en Maraton.

En la intersección de la D302, tomamos rumbo hacia Cognocoli Montici, tramo que parece diseñado por un motero. Parada en Petreto-Bicchisano, donde intercambiamos las primeras impresiones de nuestro viaje, y lo hacemos de forma tan pasional que nadie ve cómo el cielo, hasta entonces azul, se va cubriendo de apocalípticos cúmulo-nimbos; alguien exclama “¡no creo que se ponga a llover!”, justo antes de que resonara un gran trueno. Se acabó la tertulia, y en cuestión de segundos todos estábamos de nuevo sobre las motos. Optamos por recortar un poco la ruta bajando directamente hacia Sartene por la N196, corriendo el temporal, como dicen los marinos.

Llegada al “hotel Des Roches” ubicado en lo alto de un risco, con magníficas vistas sobre la bahía de Propiano, y muy próximo al centro histórico de Sartene (la más corsa de todas las ciudades corsas). Dedicamos la tarde a pasear por sus callejuelas impregnadas de historias de bandidos y vendettas. Al anochecer, broche de oro con una fantástica cena de platos y productos corsos en el restaurante “Roy Theodore”.

Sartene (Hotel Des Roches)

A las 8:00h del día siguiente, frente a un magnífico desayuno en la terraza panorámica del hotel, ya estábamos comentando la ruta, el “timing” y la previsión meteorológica, que afortunadamente tendía a estabilizarse.

Iniciamos ruta por la N196 hasta enlazar la mítica D81. Al pasar el Col de S. Bastiano, la carretera nos sorprende con unas espectaculares vistas del golfo de Liscia.

Llegamos a Cargèse, donde visitamos su pequeña iglesia griega decorada con bonitos frescos, y continuamos por la D81; vislumbrando la silueta del majestuoso Capo Rosso. Más allá de Piana, aparecen en escena Las Calanche, una de las mejores vistas que recuerdo sobre dos ruedas: el trazado es hipnótico, combinando acantilados de agujas rojizas con un bosque vivamente verde, contrastando en un mar profundamente azul.

Reserva Calanches

Arribada a Porto, pequeño enclave costero situado en el Golfo del mismo nombre, al norte de las imponentes Calanche y al sur de la hermosa reserva marítima de Scandola. Aquí estaba nuestro hotel, en el que hicimos un cambio de indumentaria para acercarnos hasta las cascadas de Aitone. De camino, nos desviamos hacia Ota y las Gorges de Spelunca (visita muy recomendable si os apetece dar una caminata por este tipo de entornos). La carretera nos empieza a brindar todo tipo de sorpresas “animales”, como cerdos salvajes, tortugas, e incluso una espectacular pugna entre dos machos cabríos.

Después de ese gran momento, y un centenar más de curvas, entramos en el frondoso bosque de Aitone. La temperatura, hasta entonces de unos 30ºC, ha caído en picado hasta los 14ºC; decidimos dejar de lado nuestras perspectivas de bañarnos en la cascada, y volvemos a la costa.

Tramuntana motards.

Al día siguiente, nuestro compañero de ruta Joan nos sorprende con unos sabrosos “croissants” de una “boulangerie” cercana. Desayunamos y bajamos hasta el puerto para embarcarnos en alguno de los barcos que recorren el litoral; tras barajar diversas opciones, nos hemos decidido a hacer una ruta por las Calanques. El patrón, un tipo simpático, nos mostró un sinfín de rincones e incluso alguna gruta.

Llegada la noche, nos dejamos llevar por el sonido de una música que se escuchaba muy cerca del mar, y que provenía de un garito que ofrecía música en directo. Una buena manera de finalizar aquel día.

La siguiente etapa empezó a una hora temprana: el primer tramo de la D81 está densamente transitado, y queremos evitar ritmos demasiado lentos. Nos dirigimos al Col de la Croix disfrutando del frescor matutino. A continuación, nos hemos desviado hasta la capilla de Notre Dame de la Serra, desde donde hay una preciosa panorámica de la bahía de Calvi -defendida por su ciudadela-, y del valle de Reginu. Cuenta la leyenda que quien observa estas vistas con su pareja desde este enclave permanecerán juntos para siempre. ¡Así que ya sabéis, en caso de que os animéis, elegid bien vuestra compañía!

Calvi.

Descendemos hasta la ciudadela de Calvi, construida por los genoveses en el siglo XV, y cuna según algunos de Cristóbal Colón. Más allá del medio día, cruzamos el Désert des Agriates, y sus dos espléndidas playas de Loto y Saleccia; se puede acceder a ellas alquilando una embarcación, o bien subiendo a algún pequeño barcolanzadera desde Saint Florent. El resto de la tarde lo dedicamos a degustar la calma de este pequeño enclave marítimo, dejándonos seducir por una cena a base de platos locales.

El día siguiente es el último de las tres parejas juntas, ya que Joan & Asun embarcaban esa misma noche en Bastia para volver al continente. Nos dirigimos al Col de Teghime por la D81, observando las dos vertientes del Cap Corse. Enlazamos la D64 y posteriormente la D31 para no perder altura, y de esta manera seguir disfrutando de fabulosas panorámicas. En el horizonte se divisa la isla de Elba, destierro de Napoleón, y más al norte la pequeña isleta de Capraia.

Erbalunga.

Descendemos de nuevo al nivel del mar para llegar a la población de Erbalunga, antiguo refugio de pescadores y rincón de artistas bohemios.

En Macinagio, dejamos la costa para iniciar un divertido ascenso serpenteante de buen asfalto. Llegamos a las inmediaciones de Ersa donde nos desviaremos hacia la parte más septentrional de Corsica por la D253. El descenso nos ofrece una imagen de postal, con la silueta de la isla de Giraglia.

Pasamos sin parar por Centuri, pintoresco pueblo de pescadores de langosta, pero desbordado a aquellas horas.

El lado oeste de la isla está dominado por altos acantilados salpicados de pequeñas aldeas. Una de ellas es Nonza, enclave de película, con su enorme playa de guijarros y su esbelta torre de defensa.

Sant Michele Murato

Al siguiente día, ya sin Joan y Asun, emprendemos la D82 hasta la iglesia de San Michele de Murato; maravilla románica que data del siglo XIII, antes de la llegada a la isla de los genoveses. Vale la pena visitarla por su singular construcción en tono bicolor, combinando la piedra blanca con la oscura.

Llegamos a la parte este de la isla por la N193, que ya no abandonaremos hasta Ponte Leccia, y más allá, la D147 en dirección a las Gorges de l’Asco. Aquí la carretera pierde anchura y se sumerge en el desfiladero del río Asco; sucesivas pozas de agua incitan a darse un baño. Conforme ganamos altura, el bosque mediterráneo se metamorfosea en un entorno de alta montaña. El bosque de Carrozzica ya es plenamente alpino, y tras cinco curvas muy pronunciadas divisamos la estación de esquí del Asco Stagnu (1500m). El entorno es sorprendente, teniendo en cuenta que estamos en una isla mediterránea. Es una estación muy modesta, pero singular y bonita. Comemos allí mismo, en la terraza del hotel Le Chalet, con magníficas vistas al Monte Cinto (techo de la isla, con 2706m sobre el nivel del mar).

Subida estacion esquí Asco Stagnu

Después de una plácida sobremesa, descenso hacia Ponte Leccia atravesando el desfiladero de Scala di Santa Regina. En unos 30 minutos llegamos a la entrada de Corte, antaño capital de la isla durante el “gobierno de la nación corsa” de Pascal Paoli. Presidida por su imponente ciudadela (conocida como “Nido del Aguila”), tiene un aspecto muy auténtico: casas donde aún se conservan las típicas persianas genovesas, la iglesia de la Anunciación del siglo XV, la plaza Gaffori, el museo regional de antropología de Córcega y un sinfín de maravillosos rincones donde parece que la historia se ha congelado. En pleno centro histórico, se encuentra nuestro hotel, “U Passa Tempu”.

Estación de esquí Asco Stagnu.

Tras unas pizzas exquisitas, dimos un paseo, atraídos por la curiosidad de averiguar de dónde venía una música que sonaba en directo. Todo el centro tenía ambiente de fiesta universitaria, y en casi cada local había jóvenes músicos amenizando la velada.

Una jornada más, tras un potente desayuno a base de productos típicos, nos ponemos nuevamente en ruta. Retrocedemos por la N193 hasta Ponte Leccia, para encarar la D71, dirección Piedicroce. Entramos en la región de la Castagniccia, y nuestro camino se convierte en un paseo a través de bosques de castaños centenarios. Durante el siglo XIX, esta fue la zona rural de mayor densidad geográfica de Europa, y está salpicada de numerosas aldeas con techos de pizarra y algunos conventos. De sus productos locales destacan los derivados de la castaña, quesos y el agua de Orezza (gasificada de forma natural y con beneficiosos efectos para el organismo).

Couvent d'Orezza

El Convento de Orezza fue construido en el año 1485 por la orden de los Observantes, y más tarde pasó a manos de los Franciscanos, que lo transformaron en una iglesia con seis capillas. Tuvo un papel destacado en la lucha de Córcega contra la República de Génova. Durante la segunda guerra mundial las tropas italianas lo utilizaron para guardar alimentos y munición, y en 1943 fue bombardeado por el ejército alemán, quedando en el estado que ahora vemos. Nosotros hemos tenido la suerte de visitarlo casi en exclusividad; pero sus actuales “inquilinos” que son dos vacas, se acercan hasta el punto que una de ellas relame el guardabarros de nuestra GSA. Súbitamente, los dos animales arremeten caminando de forma decidida hacia nosotros y hacia algunos “customeros” que también estaban de visita en el lugar… Olvidando que los malotes de la película somos precisamente nosotros, nos refugiamos dentro del convento, y los intentos de espantar aquellas vacas de cuernos gigantescos, son respondidos con profundos mugidos y rascar de pezuñas contra el suelo. Al final, todo acaba con una ridícula huida de los “customeros” por una ventana, en plan sálvese quien pueda, y un cambio de actitud en las vacas nos permite largarnos de allí entre risotadas.

Continuamos por la D71 hacia Cervione. Hay una batida de jabalíes, y durante un rato nos cruzamos con diversos cazadores ataviados con chalecos reflectantes y su correspondiente escopeta. Curiosamente, unos kilómetros más allá nos encontramos con un par de gigantescos jabalíes a la sombra de un castaño.

San Martino

Llegamos a Cervione, y sus espléndidas vistas dan la entrada a la costa oriental. Al llegar al nivel del mar, nos incorporamos dirección sur a la N198. Este tramo hasta Solenzara discurre por una zona llana y agrícola, en la que se van sucediendo diversos estanques que comunican con el mar.

En Solenzara accedemos a la D268 que nos transporta hacia una de las zonas más peculiares de la isla. Tras un pequeño recorrido por diferentes zonas de barrancos y pozas de agua cristalina, empieza la subida hacia el Col de Larone; sorprende la visión de estas esbeltas agujas de diversos tonos de grises, marrones y rosáceos. Nuestro camino no tiene desperdicio hasta el mítico Col de Bavella, imponentes moles de piedra surgen de entre los frondosos bosques sin dejar indiferente a nadie.

Descendemos hasta Zonza, donde un tramo muy divertido nos conduce a Porto Vecchio, deteniéndonos poco antes en un mirador desde el que se puede observar el Golfo de Porto Vecchio y el estrecho de Bonifacio, con la vecina Cerdeña al fondo.

Anochece en el estrecho de Bonifacio.

Al día siguiente, fuimos directos a Bonifacio, y en poco más de 30 minutos ya estábamos en nuestro hotel. Por fin algo de playa, una pequeña calita cerca del Port de Stagnolo nos deleita con arena blanca y agua azul turquesa. Nuestro último ocaso en Córcega nos ha regalado un atardecer de tonalidades ocres que se funden en negro para dar paso a un cielo completamente estrellado. A escasos kilómetros, en Cerdeña, Santa Teresa de Gallura enciende sus luces.

Nuestros dos últimos días de viaje en Cerdeña, los dejamos en manos de la improvisación para sorprendernos por lo que nos brinde el camino.

Cerdeña es una isla muy diferente a Córcega, geográficamente más “aburrida” desde un punto de vista motero, pero ni mucho menos exenta de interés. “Ruteamos” durante dos jornadas por los alrededores de Costa Esmeralda, Costa Paradiso, Castelsardo y Stintino, pero con un nivel de disfrute inferior a lo vivido en Córcega ya que el listón estaba muy alto.

En Isola Rossa, los malos augurios meteorológicos nos hicieron desistir de alquilar una embarcación para navegar por Costa Paradiso. Tuvimos la oportunidad de visitar la fotogénica playa de la Pelosa en Stintino, pero el tráfico y la masificación de turistas enturbiaba parte del encanto que tiene su costa.

Porto Torres ferry

En nuestra última jornada, madrugamos más de lo habitual para ir a Porto Torres, y tomar el ferry de vuelta a Barcelona. Una larga travesía con buena mar, pone el punto y final a esta magnífica experiencia.

Córcega nos deja una grata satisfacción del pequeño paraíso encontrado, en uno de aquellos viajes excepcionales en que las expectativas iniciales han sido ampliamente superadas.

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Texto y fotos: Toni Norfeu.-

 

Quique Arenas

Director de Motoviajeros, durante más de 20 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR), embajador de Ruralka on Road y autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

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