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Cementerio de Riópar Viejo Cementerio de Riópar Viejo
Riópar, en la provincia de Albacete, cuenta con algo más de mil habitantes, y sin embargo, atesora una gran concentración de restaurantes y hoteles;... Cementerio de Riópar Viejo

Riópar, en la provincia de Albacete, cuenta con algo más de mil habitantes, y sin embargo, atesora una gran concentración de restaurantes y hoteles; normal, teniendo en cuenta que, a tiro de piedra, está el nacimiento del río Mundo (un espectáculo de cataratas que, con una ayudita de la abundancia, es precioso contemplar), y el parque Natural de los calares del Mundo y de la Sima, un rudo paisaje kárstico donde flora, fauna, agua y piedras conforman un maridaje singular que compensa el “sacrificio” de aparcar la moto y calzarse unas chirucas.

Pero volvamos a Riópar, parada y fonda para excursionistas amantes de la naturaleza. Quien pase por delante del ayuntamiento, se dará de bruces con la escultura que homenajea a los obreros del latón; lo más normal será echarle una distraída foto, y arreando… Pero aquel monumento simboliza mucho en Riópar, tanto como justificar su propia existencia. Y es que la Revolución Industrial llegó a estos lares con un ímpetu inaudito, gracias a la implantación, en la última parte del siglo XVIII, de las “Reales Fábricas de bronce y latón”, materiales por entonces muy demandados, y de los cuales había abundancia gracias a las cercanas minas de calamina. Fue la segunda fábrica de este tipo en Europa.

La meteórica prosperidad de la fábrica propició que incluso el pueblo más cercano, Riópar, se vaciara para reestablecerse alrededor de la factoría: sólo había cinco kilómetros de distancia, pero el hecho de estar en lo alto de un montículo que penalizaba sobremanera los desplazamientos provocó el éxodo entusiasmado de sus habitantes y el abandono del Riópar original, más tarde conocido como Riópar viejo. El nuevo pueblo se llamó “Fábricas de San Juan de Alcaraz”, posteriormente renombrado “Fábricas de Riópar”, y finalmente Riópar, volviendo al origen.

Los devenires industriales provocaron, durante el siglo XX, el declive en la demanda de cobre y latón. La agonía se prolongó hasta los años 90, cuando las Reales Fábricas cerraron definitivamente… Aquel declive dio tiempo a las gentes de Riópar para marcharse a buscar fortuna en otros lugares, o bien quedarse y reorientarse hacia el pujante turismo de naturaleza. La jugada les salió bien, como puede comprobarse paseando por sus animadas calles.

Tumbas del Cementerio de Riópar Viejo

Riópar viejo no quedó ajeno a este nuevo “boom”, y resucitó de una manera original: reformando la práctica totalidad de sus casas para ofrecerlas como alojamiento rural, o de segunda residencia. Esto le confiere un aspecto cuidado, pero impersonal, siempre transitado por gentes que están de paso. Su ubicación, sobre una colina kárstica muy vertical, regala unas buenas vistas panorámicas del entorno. Solo viven cinco personas de manera estable, y el único local abierto al público es un bar-restaurante de horarios imprecisos.

Nada más llegar al pueblo, edificado en pendiente, es inevitable fijarse en la iglesia del Espíritu Santo, y coronando la cima, los restos de un castillo musulmán; hasta él llegaremos en breve, porque es el protagonista de esta historia.

Tras un paseo por sus empedradas calles, en las afueras encontramos una fuente edificada con filigranas de piedra, y un sendero donde una anacrónica mesa de madera permanece inamovible en el lugar sin que el gilipollas de turno la arroje al barranco o sencillamente la robe.

Volviendo sobre nuestros pasos, entre la iglesia y el castillo musulmán está el cementerio, pulcramente rodeado por una tapia y con nichos pendientes de ocupar, lo que indica que el camposanto, al igual que Riópar viejo, sigue vivo.

Por detrás del cementerio, nace el camino que lleva a los restos del castillo. Únicamente quedan muros y cuatro cascotes que parecen estar muy lejos allá arriba, pero la verdad es que se llega en cinco minutos, o diez si necesitas recuperar el aliento mientras simulas contemplar el paisaje. Una verja siempre abierta da acceso al interior, desde donde es posible obtener las mejores vistas panorámicas del pueblo… Pero eso será más tarde, cuando te recuperes de la sorpresa de contemplar decenas de tumbas, en diferente estado de conservación y orientación, que se desparraman sin ningún tipo de criterio ni orden por el recinto del castillo.

Son unas pocas decenas, con fechas que indican entierros desde finales del siglo XIX hasta la década de los 70, y aunque debería ser fácil encontrar una explicación a este sindiós, nadie ha sabido dármela… Algunos apuntan a que aquí se enterraban suicidas, o excomulgados, pero la verdad es que este desordenado conjunto de tumbas tiene un encanto anárquico, y si no te incomoda, un buen lugar donde los vivos también pueden descansar (un rato) en paz.

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Quique Arenas

Director de Motoviajeros, durante más de 25 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR), embajador de Ruralka on Road y The Silent Route. Autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

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