Alpes suizos: Matterhorn, 150 años Alpes suizos: Matterhorn, 150 años
FacebookTwitterWhatsAppEmailMasFacebookTwitterWhatsAppEmailMasEl 14 de julio de 1865 siete intrépidos exploradores hollaron por primera vez la montaña más bella del planeta. Ahora, en 2015, se cumplen... Alpes suizos: Matterhorn, 150 años

El 14 de julio de 1865 siete intrépidos exploradores hollaron por primera vez la montaña más bella del planeta. Ahora, en 2015, se cumplen 150 años de aquella ascensión al Matterhorn, una pirámide perfecta de 4.478 metros situada en la frontera entre Suiza e Italia, uno de los grandes destinos moteros de Europa.

El Matterhorn (o Monte Cervino para los italianos) se levanta como un espolón descollante entre Zermatt, en el cantón de Valais, y la aldea Breuil-Cervinia, en el Valle de Aosta, aunque sin ninguna duda el punto referencial está situado en la localidad suiza, donde el gigante ofrece la cara más imponente de toda la orografía alpina. Conviene destacar que esta comuna es un centro vacacional libre de vehículos a motor, por lo que resulta imposible llegar con nuestras motos. Es accesible únicamente a través del ferrocarril, en taxi desde Täsch o en helicóptero…

Lo más recomendable es hacer la carretera que parte de la E-62 a la altura de Visp, en el valle del Ródano, y dejarnos seducir por un trayecto fabuloso que pasa por Stalden, St. Niklaus, Randa y, finalmente, Täsch, donde es posible estacionar la moto en un parking. Las montañas nos escoltan en este formidable trayecto. Desde allí parten trenes hasta Zermatt durante todo el día, y en tan solo 12 minutos estaremos recorriendo sus calles. El billete de ida y vuelta cuesta unos 13 euros por persona. Un apunte: no estamos obligados a caminar todo el tiempo durante nuestra estancia en esta bella localidad suiza; existe una moderna flota de pequeños taxis y autobuses eléctricos que nos facilitarán las cosas. De hecho, para quienes decidan alojarse en Zermatt, la mayoría de hoteles disponen de sus propios taxis a disposición de los clientes.

La historia reciente del Matterhorn está ligada inevitablemente a la escalada… y también a la tragedia. Fue la última de las montañas principales de los Alpes que pudo ser conquistada. Se decía que era imposible subir hasta ella, que las nubes que engullían su cumbre ocultaban dragones y demonios, pero lo cierto es que un joven inglés llamado Edward Whymper rasgó aquel velo de supersticiones y después de cinco largos años de intentos, logró finalmente completar su obsesivo sueño aquel lejano verano de 1865. Pero el sueño rápidamente se tornó en pesadilla. La montaña descargó su furia contra la cordada que había logrado romper la virginidad de la cumbre. En el descenso, cuatro de los siete hombres de la expedición fallecieron. Uno de los integrantes del grupo resbaló, precipitando a sus compañeros hacia una caída de 1.400 metros. El Matterhorn demostraba así que el más mínimo error en sus empinadas y escarpadas paredes resulta letal. Nunca antes se había producido un drama parecido. Un nuevo debate, aún vivo en nuestros días, nacía en paralelo al accidenete: toda esta desgracia por escalar una montaña… ¿acaso podría merecer alguna vez la pena? Horrorizada por el suceso, la reina Victoria de Inglaterra intentó prohibir su escalada. Pero el fatal desenlace de la expedición no hizo más que resaltar aún más la gesta de los supervivientes, y miles de turistas encontraron a Zermatt en el mapa.

Desde este bucólico pueblo son visibles las caras Este y Norte del Matterhorn, esta última de extrema dificultad para los miles de escaladores que acuden a esta pared de indudable magnetismo: hasta 1931 no pudo ser ascendida en su totalidad, y aunque en la actualidad han sido exploradas todas las aristas y caras de la montaña, se trata de uno de los retos más peligrosos del mundo, que mide la fuerza, voluntad y coraje de quienes se atreven a buscar la gloria entre sus afilados colmillos de roca y hielo. Pero también contribuye a engrandecer la leyenda de nombres como el catalán Kilian Jornet (su ascensión desde Cervinia en 2 horas y 52 segundos ha marcado un récord absoluto), Dani Arnold o Ueli Steck, especialistas en combinar velocidad y escalada.

El Matterhorn es el monumento natural más famoso de Suiza. Su situación aislada dibuja de modo aún más sobresaliente su perfil sobre el horizonte. Su imagen ha decorado todo tipo de objetos, desde cajas de cereales y tabletas de chocolate hasta piezas exclusivas de joyería. Zermatt es el punto de partida de muchísimos visitantes, que acuden a la llamada de los innumerables atractivos que ofrece el entorno: rutas de senderismo y BTT, una gran estación de esquí con 360 km de pistas, glaciares, la cascada de Arben, el lago Riffelsee, la aldea Zmutt, el ferrocarril de cremallera que sube por la montaña hasta un mirador a 3.089 metros, el museo Zermattlantis o el Glacier Paradise, el lugar más alto alcanzable con teleférico en Europa (3.883 m).

Con el auge del alpinismo, desde finales del siglo XIX los servicios turísticos ofrecen al visitante una variada y notable oferta de alojamientos y restaurantes de diferentes categorías, desde hoteles de gran lujo a hostales y apartamentos económicos. Otra alternativa son los campings de Täsch o Randa, a los que se puede llegar con la moto. Sea como sea, conviene no olvidar que Suiza es cara. Muy cara. Y aunque la moneda de curso legal es el franco suizo, los amables comerciantes y hosteleros aceptarán sin refunfuñar nuestros euros. En Suiza comprar nunca es un problema, más allá del roto que estemos dispuestos a provocar en nuestros bolsillos.

En días despejados es imposible no dirigir la mirada al Cervino. Es la viva imagen de la montaña que todos dibujamos cuando somos niños. Es especial. Contemplando su silueta parece imposible que aquellos pioneros del alpinismo pudieran triunfar en semejante odisea. Utilizaban el mismo calzado que los granjeros de la época y gruesas sogas con las que asegurar los pasos. Una de estas cuerdas, que se conserva en el museo del Matterhorn, fue la que cedió durante el trágico descenso de Whymper. De no haberse roto, el equipo al completo se hubiera visto arrastrado hacia el abismo. No deja de resultar paradógico que ese recuerdo deshilachado encierre en sí mismo la vida y la muerte, la gloria y el olvido.

Apenas dos siglos atrás, Zermatt no era más que una pequeña aldea de campesinos. Pero con la aparición del ferrocarril los turistas comenzaron a llegar en masa. En la actualidad, un tercio de su población es extranjera y más de un millón de visitantes pasean cada año entre sus elegantes casas de madera. Aunque ha experimentado un obvio crecimiento, nada te hace pensar que existe riesgo de caer en un caos urbanístico y de sobreexplotación de recursos. Al contrario, el hecho de que los helvéticos extremen el cuidado del Medio Ambiente hasta el punto de permitir únicamente el tráfico a los vehículos eléctricos en Zermatt, permite valorar el grado de concienciación y compromiso de una localidad que pertenece a “Best of the Alps”, asociación que reúne a las mejores poblaciones de montaña de los Alpes.

Para quienes incluyan en sus planes estivales una ruta con destino a este auténtico emblema, en agosto tienen lugar en Zermatt el Swiss Food Festival y un gran desfile folclórico por todo el pueblo, además de un festival de arte y música clásica en el que participan solistas e integrantes de la Orquesta Filarmónica de Berlín (agosto/septiembre).

Quique Arenas

Director de Motoviajeros, durante más de 20 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR), embajador de Ruralka on Road y autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

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