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Alicia Sornosa: una motoviajera en Japón Alicia Sornosa: una motoviajera en Japón
Estaba siendo un viaje duro, el último que haría con una moto de trail, aunque entonces no lo sabía. Hacía un mes y medio... Alicia Sornosa: una motoviajera en Japón

Alicia Sornosa.

Estaba siendo un viaje duro, el último que haría con una moto de trail, aunque entonces no lo sabía. Hacía un mes y medio que había salido de Madrid, rumbo a Japón. La motocicleta de 700cc, con sus maletas laterales metálicas y la bolsa del equipaje tras mi espalda, más el equipo de acampada, pesaba 70 kilos por encima de lo habitual. Ya sabía que eso no me favorecería en las pistas de arena del desierto del Gobi… y yo, pese al exceso de equipaje, hasta la frontera norte de Mongolia creí que lo había resistido bastante bien.


La verdad que desde Madrid a Moscú y luego a Kazajistán, hasta llegar a Mongolia, todo había ido perfectamente. Mucha lluvia y tormentas en Europa, tráfico pesado en Rusia y carreteras en malo y peor estado, agujeros, baches, asfalto destruido, en Kazajistán, pero siempre sobre un firme duro.
Ahora que tocaba rodar por Mongolia, tenía claro que todo iba a ser diferente. Cambiaron las desastrosas carreteras llenas de camiones de Rusia y Kazajistán, las desiertas y pequeñas vías del Altai bordeando la frontera China. O los caminos de tierra dura, entre las poblaciones de casitas de madera y cerditos en verde del camino, a las pistas del Gobi. Sus coladas de piedra de río, cuando estaban secos, los valles más eternos y el desierto más duro de Mongolia.
Aquí los caminos de tierra y arena discurrían juntos o en paralelo, tan pronto se separaban centenas de metros para volverse a encontrar más adelante, como se perdían en el horizonte. Pero las piedras y la tierra como pavimento no era todo. Pronto hizo presencia el maldito toulé-ondulé, esas pequeñas ondas en el firme en perpendicular a la marcha, que destrozan toda mecánica que las pase por encima.

Apreté piernas contra el depósito y giré la mano derecha hacia arriba, a más de 50 km/h podría hacer que mi moto sufriera menos… ¡y también mis empastes!
Pero la pesada moto de trail, con sus maletas llenas de herramientas, piezas de repuesto, ropa y comida era como un elefante en el barro. El manillar se movía con fuerza en las zonas de los arenales, la rueda trasera se incrustaba en las roderas de algún coche, o quizás de alguna moto más pequeña…
Me pasé dos días levantando la moto de la arena. Algunas veces los amigos que iban en los dos todo terreno, llegaban donde estaba y me ayudaban. Otras, estaba sola bajo ese abrasador sol y me tocaba, con mucho esfuerzo y sudando como un pollo, levantar la moto con mucha técnica y cada vez, con menos fuerza.
Durante algunos kilómetros la arena del suelo se filtraba entre las piedras, convirtiendo la pista en un suelo duro, entonces aceleraba para recuperar el tiempo perdido y avanzar más deprisa, por encima del maldito suelo arrugado por el paso de camiones cargados…
Estaba deseando llegar a Ulán Bator y separarme unos días de la moto. Me dolían los brazos, las muñecas…y tenía los laterales de mi cuerpo llenos de moretones por tanta caída “tonta”. La arena y yo, nunca hemos sido muy amigas.
Llegué a Ulán Bator y descansé durante una semana, poniendo el mecanismo en marcha para continuar mi viaje hacia Tokio. Debía darme prisa para recorrer la transiberiana antes de que septiembre trajese el mal tiempo y me cayera una nevada.

Alicia Sornosa en Japón: caracterizada como una maiko.

Conseguí llegar en más o menos una semana hasta Vanino desde Ulan Ude, muy cerca del Lago Baikal. Desde allí cogería un ferri militar para llegar a Sakhalim la isla norte de Japón. Era la mejor manera de pasar sin el carnet de pasaje al reino del Sol Naciente, y de paso, utilizar una vía poco conocida por el resto de viajeros para llegar hasta Tokio.
Encontrar el lugar donde sacar el billete del ferri, un hotel y algo de comer podría haber sido más complicado sin la ayuda del club de motoristas de Vanino, una ciudad universitaria en uno de los extremos de la gigantesca Rusia. Llegar hasta allí fue complicado, ya que la transiberiana se cortaba unos mil kilómetros antes de esta localidad, así que estos últimos fueron por pistas de piedra y tierra sencillas, pero con mucho traqueteo.
El ferri salió por la tarde y hasta el día siguiente no atracó en el puerto de Sakhalim, una isla que forma parte del archipiélago nipón, y que los rusos “robaron” a los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. Nada más llegar a la ciudad, en medio de una lluvia fría y persistente, conseguí localizar una oficina de billetes para la isla del país vecino: Hokkaido.
Tras pagar los trámites necesarios para poder pasar con mi moto a Japón y de limpiarla en exceso (una vez fuera del ferri y otra vez dentro, vigilada por unos operarios japoneses de la empresa naviera), viví mi primer contacto con este increíble país.
El ferri no tenía asientos, solo esterillas donde sentarse a pasar el rato, previo descalce antes de entrar en el espacio. Una bandeja de plástico, llamadas bento, con pequeñas porciones de comida japonesa y unos palillos desechables, era lo que te ofrecían con el billete. Bien.
Me descalcé y decidí descansar hasta la llegada.

Alicia Sornosa en Japón

Arquitectura japonesa.
Hokkaido es una isla preciosa, llena de montañas, campos de arroz, aguas termales y lugares donde disfrutarlas, aunque nada en inglés, todo en kanji o japonés…un lío. Tras dos semanas de viaje por esta isla, aprendiendo de los ligeros contactos con el mundo japonés, volví a tomar un ferri para llegar a Honsu, y de allí dirigirme dando un rodeo hacia la capital, Tokio, mi meta.
La moto se estaba portando bastante bien después de todo el tute que le había dado en Mongolia y sus pistas del desierto. Cadena: un poco suelta (en esta moto se afloja con facilidad si vas cargada), aceite, perfecto en su nivel, pastillas de freno aún con kilómetros por delante y el embrague como nuevo.
Con lo que no conté fue con lo siguiente…
A diferencia de la tranquila y verde Hokkaido, recorrí Honsu pasando un montón de pueblecitos, pueblos, ciudades que se unían unas a otras con zonas comerciales donde comprar y comer.
Me recordaba a los americanos y sus ciudades perfectas para el consumismo más atroz. Para hacer 100 kilómetros en línea recta se tardaba más de tres horas debido al atasco generalizado y los millones de semáforos que regulaban el tráfico insoportable de vehículos particulares con personas que no dejaban el móvil sin atención.
La otra opción era la autopista de peaje, un peaje caro, pero que al fin y al cabo, compraba tu tiempo. Si quería llegar a destino antes de que fuese muy tarde, debería usar la odiada autopista. Y allí me metí. Tres carriles casi sin arcén y montones de señales luminosas que indican los carriles abiertos y la velocidad mínima y máxima para circular por cualquiera de ellos.
Los carriles no eran muy anchos, los camiones circulaban muy rápido, a más de esos 90 km/h a los que estamos acostumbrados…o al menos me lo parecía a mí.
De pronto empecé a notar un extraño ruido en la parte trasera de mi moto.

Paseando por Tokio, edificios con publicidad de estilo manga.
Un chirrido metálico en la rueda. Decidí chequear en marcha: para ello desaceleré, notando cómo el ruido se relentizaba a su vez. Si por el contrario, aceleraba, sucedía lo contrario, el ruido cada vez bajaba de frecuencia.
—Es algo de la rueda trasera—me digo— estoy segura. El sonido me recordó a un metal cuándo roza en la llanta, hice un repaso mental de todo lo que pudiera caer y rozar de esa manera: nada.
Reduje mi velocidad un poco más y me fui colocando hacia la izquierda del carril (circulan como los ingleses), por si tuviera que detenerme. Durante esos momentos la moto onduló hacia los lados ella solita, como si estuviera bailando.
—Parece que he pinchado, pero tampoco noto eso en el manillar, no es de las cubiertas…
Mientras, miré el display digital y busqué el menú que me chiva de la presión en mis ruedas. —Presión de los neumáticos, correcta—sentencié.
Y seguir pensando en lo único que llama tu atención durante horas sobre la moto (sus ruidos) fue estresante. Me empecé a rayar con tantas preguntas sobre ruiditos de la moto sin resolver en mi cabeza que decidí detenerme para revisar con la vista lo que pasaba.
¿Pero dónde narices me detengo?, no hay hueco entre el arcén y el guardarraíl. Dos camiones me pasaron casi por encima. Los vi acercarse por el retrovisor, zumbando, soltando litros de agua a presión por los laterales. Encendí las luces de emergencia.
Después del primer chapuzón regalo de los camioneros, con las luces amarillas parpadeando sin descanso, conseguí que otros mamuts de la carretera se alejasen unos metros más de la moto. Casi a salvo.

En el Instituto Cervantes.
A los pocos minutos de analizar la situación, mientras circulaba con la moto como si fuese un bailarín de samba borracho, decidí por vez primera, detenerme por completo. Encontré unos kilómetros más tarde el trazo gordo y perfecto de pintura amarilla brillante del arcén que dibujaba el desvío hasta una zona de asfalto convertida en un pequeño “hueco de salvación” para mi.
Bajé de la moto sin quitarme el casco ni los guantes y entre guantazo húmedo de camión y camión, revisé el tren trasero.
—No he pinchado, no hay ningún cable enganchado que roce la llanta, la carga está en su lugar bien amarrada, las maletas laterales bien sujetas—repetí en alto.
No entendía nada. Nunca me había pasado nada así, pero la moto no iba bien, ondulaba de un lado a otro en la parte trasera y a ese vaivén le acompañaba un chirrido horrible, un ruido metálico muy raro.
Monté de nuevo sobre ella y avancé por la autopista a una velocidad de risa.
Los camiones me pasaban muy cerca.
—¡GRSFRR!— Gritando así, dentro del casco, me quitaba parte de la tensión de encima.
Pero esto se estaba poniendo peligroso y la lluvia no ayudaba. Me detuve por segunda vez en cuanto vi un lugar para ello. El hueco era más grande que el anterior, con sitio para al menos dos coches.
Mientras intentaba poner el caballete de la moto para inspeccionar mejor la rueda trasera, delante de mí aparecieron unos policías, ni había visto que parasen. Son dos cuerpos delgados y no muy altos vestidos con un uniforme azul casi claro; casco, guantes, puños y botas blancas, con una banda que cruza el torso de hombro a cadera, donde sujetan varias cosas. Me recuerdan a los clics de Famobil, versión gigante.
Por señas, ni yo hablo japonés ni ellos inglés, les expliqué lo que creía que le pasaba a mi vehículo. Me ayudaron, con poco tino, a poner el caballete de la pesada moto. Me acerqué hacia la rueda trasera y la moví delante de sus caras para que notasen la holgura de derecha a izquierda. En ese momento caí:
—¡¿Puede ser el rodamiento?!— les pregunté mientras lo pensaba, ante su atónita mirada.
Nunca me había pasado eso, así que seguí sin estar segura.

Japón.
La escena fue muy graciosa: una moto llena de maletas parada en la cuneta, con un coche de policía con todas sus luces y encendidas, delante. Rodeada de conos con luz intermitente incorporada, que ya se habían encargado de colocar los clics japoneses. Me sacaron del maletero de su coche oficial blanco impecable, una llave para para desmontar una rueda…¡de coche!
Expliqué como pude, mediante señas y ruiditos, que no era un pinchazo y que necesitaba una llave especial para quitar la rueda, que por otro lado no pensaba desmontar hasta no llegar a un taller.
Decidí arrancar por tercera vez y continuar hasta la gasolinera más cercana. Los policías me escoltaron hasta ella, pero antes de salir me preguntaron insistentemente por la velocidad a la que iba a circular, cosa que me pareció extraña.
—¡… A ¿60 km/h?—¡ Apunté con mi dedo índice al velocímetro de la moto para hacerme entender. Salí detrás de ellos y de pronto entendí esa pregunta, comprendí por qué era tan importante para ellos que fijase una velocidad.
¡Todos los carteles luminosos de la autopista hasta donde podía alcanzar mi vista a través de la visera ya húmeda, alertaban de la circulación de un vehículo lento por la izquierda. Además indicaba la velocidad de risa de dicho vehículo, o sea, yo.
Cuánta tecnología bien usada, ¡asombroso!
Pero mi velocidad cada vez era más lenta, no me atrevía con ese bailoteo de la rueda trasera a rebasar los 40 km/h. La policía volvió a darme el alto. Me detuve tras su coche blanco oficial.
Con toda la simpatía de la que pude hacer gala un policía vestido de ’click’, me volvió a preguntar por la velocidad a la que circularía, recordándome que estaba en una autopista.
Rectifiqué y señalé el número 40 en el display.
Volvimos a emprender la marcha…

Alicia Sornosa en Japón.
—¡Uff, ni a cuarenta voy segura—¡, empecé a sudar tinta hasta que por fin vi el cartel de la gasolinera. La correctísima policía de tráfico japonesa se despidió saludando con su guante blanco de clic. Y yo, comencé a pensar en mi futuro mientras entraba en la tienda de la gasolinera.
Dioses…cómo explicar a un señor que no habla ningún idioma conocido que necesito llamar a un concesionario de mi marca, para que nos recojan y la arreglen rápido, cómo les explico que debo tener un rodamiento roto o algo…que no puedo circular con ella y…¡¡al ataque!!
El dependiente de la tienda de la gasolinera tenía un ordenador donde me dejó teclear. El buscador se puso en marcha y apareció un mapa en la pantalla. El dependiente señaló una población a unos 100 km. Me miró y pronunció un:
—Too-yoooo-ta-moo-tooo-rrad— mientras ponía el dedo en un punto del mapa, sobre la pantalla del ordenador.
Le miré mientras mentalmente juntaba las sílabas de lo que acababa de pronunciar, lo traduje a “Toyota-Motorrad”.
—¡Noooo!—contestté al segundo.—No, Toyota no, BMW Motorrad— le informé sin éxito.
El simpático y paciente dependiente volvió a mirarme e insistió con su dedo sobre la pantalla, en el mapa, indicándome que mirara bajo él.
Miré, pero no leí nada, ¡estaba todo en japonés.
—Too-yoooo-ta-moo-tooo-rrad— repitió de nuevo.
—Noooo, —digo yo,—Toooyota no, BMW Motorraaaad—. No es tan difícil de entender, continué pensando.
—Too-yoooo-ta-moo-tooo-rrad— repitió una vez más mientras me miraba con sus diminutos ojos rasgados. Presentí que esa conversación de besugos se alargaría un buen rato…

Conversaciones con un policía japonés.
Entre que sí y que no, que mires esta pantalla o que no sé leer japonés, el paciente dependiente, me puso el teléfono en la mano. No supe si dándome las gracias o pidiéndome permiso o mandándome al cuerno en su idioma y de manera muy educada, de pronto el auricular estaba en mis manos.
—No, no…—le dije horrorizada mientras le acercaba el teléfono con media sonrisa—…Too-yoooo-ta-moo-tooo-rrad, asiiiiistance, please…—y poco a poco le devuelvo la patata caliente a su tejado.
Tendrán que venir a por mí, pensé, además, ya me daba igual si la Motorrad era de Toyota, Nissan o lo que fuese, la historia era llegar a algún taller antes de que lo cerraran.

En unos minutos tuve al dependiente mirando en un mapa los teléfonos de asistencia de mi marca. En otros pocos minutos más, una furgoneta blanca inmaculada con un rollo manga tremendo, apareció con su rampa automática. Subí mi moto en la parte trasera. Le dije adiós y gracias al dependiente paciente poniéndome delante, juntando mis tobillos y bajando suavemente la cabeza. Era un “gracias” a lo japonés en toda regla.
Al conductor no le di tiempo de abrir la boca, me subí a su lado en la furgoneta, le di la mano, sonreí, hice el gesto juntando las manos de Namasté, le dije “hola” en mi idioma y le di las gracias en el suyo.
Salimos pitando.
En mi cabeza, seguía el eco del dependiente: “Toyo-taaaa-mo-torraaaad, toyotaaaa-motorraaaad…”, como un maldito mantra.
Continuaba sin entenderlo, ¿por qué me llevan a la Toyota? ¿Acaso aquí, en Japón, venden motos? De cualquier manera tuve que relajarme y disfrutar del camino por la autopista, había dejado de llover. Era como estar dentro de una peli del futuro, en uno de sus vehículos. Mal que bien, llegaría a algún lugar. La verdad que, pensé, había llegado hasta Japón y eso merecía la pena.
A la hora y media de camino, más o menos, me di cuenta de mi estupidez.
Un bonito cartel luminoso nos dio la bienvenida a la localidad donde había un concesionario de mi marca.
El conductor me miró y sonriendo mentalmente me dijo:
—Ya hemos llegado.
Ahora la que sonreía era yo, bueno, solté una carcajada que el conductor no entenderá en su vida. Vi el luminoso cartel, con sus letras en color rojo y un fondo clarito. Luces de led para que incluso de noche se viese bien.
Era un cartel precioso con el “WELCOME TOYOTA” bien clarito.
Al final fue rotura del rodamiento, a los dos días tenía la moto arreglada y lista para seguir camino hacia Tokio. Cada vez que pienso en esta anécdota me acuerdo de la cara del paciente dependiente, señalando en el mapa Toyota City y seguramente, pensando en la estupidez de esa española motorista que no entendía nada.
Gracias a todos los que me ayudaron en este viaje, que fueron unos cuantos. Hoy también vivimos un viaje. Dejad que os ayuden los amigos, familiares… siempre se descubren cosas cuando uno se deja llevar y permites que otros te puedan ayudar.

Texto y fotos: Alicia Sornosa / Relatos moteros contra la pandemia.-

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Quique Arenas

Director de Motoviajeros, durante más de 25 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR), embajador de Ruralka on Road y The Silent Route. Autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

  • EL VIAJERO MOTERO

    19 junio, 2020 #1 Author

    Alicia, Buena amiga y gran persona. Que siga enseñando mundo como realmente es. Gracias Alicia y a rodar muchos kilómetros. No dejes nunca de hacer lo que te gusta y sigue ayudando a los mas necesitados en esas campañas que haces. V´sssssssssss

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