Los puertos del Titanic Los puertos del Titanic
FacebookTwitterWhatsAppEmailMasFacebookTwitterWhatsAppEmailMas A estas alturas, poco o nada queda por descubrir del “Titanic”, el transatlántico más mitificado de la historia. Construido en los astilleros de... Los puertos del Titanic

Cobh-terminal white star line.

A estas alturas, poco o nada queda por descubrir del “Titanic”, el transatlántico más mitificado de la historia. Construido en los astilleros de Belfast, en el momento de su botadura fue el más grande del mundo: sin aviones que surcaran los cielos, cruzar el océano Atlántico en el mínimo tiempo posible y con el mayor lujo imaginable era cuestión capital para las principales compañías navieras, y el “Titanic”, propiedad de la británica White Star Line, había sido expresamente diseñado para pulverizar todos los estándares hasta entonces establecidos.

Todo lo que pasó después es bien sabido: tras zarpar de Inglaterra con rumbo a Nueva York, y mientras navegaba 600 kilómetros al sur de la isla canadiense de Terranova, impactó contra un iceberg y se fue a pique llevándose con él a 1517 personas. Otras 706 sobrevivieron.

Si no incidimos mucho en los pormenores, es fácil pasar por alto que el “Titanic” hizo tres escalas antes de enfilar definitivamente hacia Nueva York, tres puertos de tres ciudades que guardan con esmero la memoria del malogrado gigante de los mares, y que aquí vamos a desvelar avanzando y retrocediendo en el tiempo tantas veces como sea necesario…

Cobh-fragmento del histórico embarcadero del Titanic.

El primer puerto que vio llegar al “Titanic” fue Southampton, al sur de Inglaterra, el único lugar donde el transatlántico pudo arrimarse a tierra firme para extender pasarelas. La medianoche del 3 de abril de 1912, el “Titanic” atracó en el muelle 44, e inmediatamente empezó a proveerse de víveres y todo lo necesario para la travesía; buena parte de la tripulación ya había sido seleccionada y contratada desde la oficina local de la White Star Line, un edificio de ladrillo rojo que todavía se conserva en la calle Canute, y donde días después se agolparon centenares de personas exigiendo información sobre allegados desaparecidos en el naufragio: de los más de 1.600 pasajeros que subieron en Southampton, murieron 549. El 15 de abril de 2002, coincidiendo con el 90 aniversario de la tragedia, se colocó una placa en aquel edificio.

El 10 de abril de 1912, mientras subía el pasaje, los marineros apuraban sus últimas pintas en los pubs de Oxford Street (“The Grapes” es un ilustre superviviente de aquella época), y una vez estuvieron todos embarcados, a las 12 del mediodía, el “Titanic” partió hacia su siguiente escala.

Monumento al Titanic.

Hoy, Southampton es uno de los principales puertos cruceristas de Inglaterra, y Londres está a poco más de 100 kilómetros de allí. Sus calles están plagadas de recuerdos al “Titanic”, como una réplica de su ancla, un memorial a los ingenieros fallecidos –ninguno de los 35 que iban a bordo sobrevivió-, otro a la banda de música, y por supuesto un museo marítimo que reserva una sala completa a nuestro protagonista.

La siguiente escala del “Titanic” estaba justo al otro lado del canal de la Mancha, en el puerto de Cherburgo; eran exactamente las 18:35 cuando el transatlántico rebasó “le grande rade”, muralla artificial de cuatro kilómetros que convierte al puerto francés en el más grande del mundo, permaneciendo fondeado a pocos centenares de metros de tierra firme. El embarque de los 281 nuevos pasajeros corrió a cargo de dos trasbordadores de la White Star Line, así como también de desembarcar a 15 pasajeros que, sin saberlo, fueron de los pocos que subieron y bajaron del “Titanic” por su propio pie.

No solo subieron personas en Cherburgo: exquisitas delicatesen locales como queso, vinos o champagne fueron embarcadas para deleite de los pasajeros de primera clase.

En una hora y media lo tuvieron todo listo, y a las 20:10 el “Titanic” abandonó su única visita a la Europa continental para ponerse camino del último puerto…

Recreación de un camarote de primera clase del Titanic.

Cherburgo es, pese a la grandiosa terminal marítima, una apacible ciudad costera francesa no exenta de edificios históricos, aunque mi peculiar criterio solo permite recomendar el Museo de la Liberación, en lo alto de la montaña de la Roule (las vistas panorámicas son gratuitas, el museo no), y por supuesto el museo de “La Cité de la Mer”, alojado en la preciosa terminal marítima estilo art deco; como era previsible, hay un gran espacio dedicado al “Titanic”, con exposiciones interactivas y recreación de camarotes. Y no puedo dejar de mencionar lo que creía iba a ser un entretenimiento secundario, y acabó siendo el plato principal: la posibilidad de visitar el primer submarino nuclear francés, Le Redoutable, botado en 1967 y jubilado en 1991.

Dieciséis horas después de partir de Cherburgo, el “Titanic” llegó a su última escala, la ciudad de Cobh, en el sur de Irlanda, solo que en aquel tiempo no se llamaba así, y ni siquiera Irlanda era un estado libre, ya que aún estaba colonizada por el imperio británico.

La antigua ciudad de Cove fue rebautizada como Queenstown para conmemorar la visita de la reina Victoria de Inglaterra en 1849, y no recuperó su denominación actual hasta la independencia del país, en 1922. Queenstown fue el puerto de salida para millones de irlandeses que huían de la terrible hambruna de mediados del siglo XIX, que dejó millones de muertos por inanición, y que forzaba el éxodo masivo a América no ya para prosperar, sino sencillamente para sobrevivir.

Fastnet rock, la lágrima de irlanda

Cuando llegó el “Titanic”, sesenta años después de la pandemia humanitaria, ya no había hambre pero el flujo de emigrantes hacia Nueva York continuaba, y con esa intención embarcaron la práctica totalidad de los 113 nuevos pasajeros de tercera clase, más siete de segunda. Otros siete pasajeros se apearon aquí, entre ellos el padre jesuita Francis Browne, aficionado a la fotografía y autor de muchas de las únicas instantáneas captadas a bordo del “Titanic”.

Al igual que en Cherburgo, el transatlántico fondeó en la bahía, y dos remolcadores se encargaron de transportar a los pasajeros que esperaban en la oficina de billetes de la White Star Line (hoy continúa allí, reciclada en centro de interpretación, y además conserva frente a ella una sección del antiguo embarcadero).

Cobh ahora, como Queenstown entonces, presenta una deliciosa perspectiva, ya sea vista desde el mar o llegando por tierra: tremendamente abrupta justo antes de la línea del mar, la catedral destaca claramente por encima del resto de construcciones, en su mayoría casitas multicolores que, en calles de vertiginosa pendiente, abocan al puerto. Por supuesto, no puede faltar un gran monumento memorial junto a la oficina de la White Star Line, y en un extremo de la ciudad, el “Titanic Memorial Garden” es un recogido espacio con vistas a la bahía donde fondeó el malogrado transatlántico.

Poco después de la medianoche del 11 de abril de 1912, el “Titanic” volvió a poner en marcha sus calderas, enfiló la salida de Queenstown, y a toda máquina puso rumbo a América.
La última porción de tierra que vieron los pasajeros fue el faro de Fastnet Rock, retrepado en un pedrusco a pocas millas de Cape Clear, y apodado “la lágrima de Irlanda” porque era la última porción de país que veían los emigrantes…

Fundido a negro.

Texto y fotos: Manel Kaizen.

Quique Arenas

Director de Motoviajeros, durante más de 25 años, en sus viajes por España, Europa y Sudamérica acumula miles de kilómetros e infinidad de vivencias en moto. Primer socio de honor de la Asociación Española de Mototurismo (AEMOTUR), embajador de Ruralka on Road y autor del libro 'Amazigh, en moto hasta el desierto' (Ed. Celya, 2016) // Ver libro

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